El veredicto ****

Miguel Juan Payán Septiembre 27, 2014
El veredicto. Cine de juicios muy bien narrado y sin caer en el maniqueísmo fácil. Película para reflexionar.

Habitualmente tendemos a pensar o que nuestro país es mejor que otros o que es el más desastrosos, depende de cómo nos hayamos levantado de la cama ese día, pero seguramente muchos de los espectadores que acudan a ver esta película salgan de la sala algo espantados por comprobar que algunas cosas están todavía mucho peor por ahí fuera.

El veredicto es una producción belga que se convirtió en el gran éxito de cine flamenco de 2013 y después de ganar varios premios en distintos festivales internacionales parte como favorita para los premios nacionales del cine en Bélgica. Es además un buen ejemplo del cine de temática judicial que se inicia como relato criminal pero posteriormente acaba convirtiéndose en un drama psicológico. Su brutal arranque nos deja casi sin resuello emocional y sirve como punto de partida a un drama legal sobrio pero contundente que hace un repaso crítico del discutido papel jugado por la justicia belga ante el tratamiento del crimen, abordando la ineficacia de las instituciones y saltando del drama personal del protagonista a la trama más política de su argumento. Un trabajo meticuloso en la dirección y un planteamiento visual que rinde homenaje a los grandes clásicos del cine de ambiente legal, se asocia con una intriga creciente a medida que se acerca el veredicto que da título al largometraje. Pero lo mejor es su asociación de drama personal con la peripecia en los tribunales, lo cual permite a la política zambullirnos desde las brutales imágenes del principio en un doble viaje de carácter ético que pone a prueba nuestras convicciones en todo momento. Por un lado estamos de parte del protagonista, Luc Segers, marido y padre que lo ha perdido todo y al que además el sistema legal parece darle la espalda a la hora de castigar a quien se lo quitó. A partir de ahí iniciamos con él un viaje complejo hacia la venganza con numerosas aristas éticas que el director utiliza con astucia para mantenernos en una posición ambigua, simpatizando y al mismo tiempo poniendo en cuestión los actos del protagonista y de unos políticos, jueces y abogados que debaten sobre su caso, que poniendo en entredicho el sistema legal pone también en cuestión la propia letra de la constitución y por extensión el sistema democrático. Nos encontramos así divididos en nuestra simpatía, errantes en una tierra de nadie emocional que por un lado nos lleva a respaldar al protagonista pero al mismo tiempo nos hace reflexionar sobre las consecuencias de exculparle. La película actualiza así con notable elegancia y gran personalidad visual el tema clásico del cine de juicios:  el enfrentamiento entre la justicia tribal y el sometimiento a la justicia reglamentada, planteado ya por Esquilo en su Orestíada, que trata un similar ciclo de asesinato, venganza, juicio y regeneración del protagonista inspirándose en la saga de los Atridas y la muerte de Agamenón. En Esquilo encontramos ya esa ambivalencia moral del héroe que también define al protagonista de El veredicto, así como las reflexiones sobre el ciclo de la violencia. Orestes, como el maltratado personaje de esta película, se debate entre la ley de la sangre que le obliga a vengarse y el remordimiento sobre la responsabilidad individual frente a las leyes comunitarias, o lo que es lo mismo, el paso de lo tribal a la legalidad.

Miguel Juan Payán

COMENTA CON TU CUENTA DE FACEBOOK

©accioncine

Modificado por última vez en Miércoles, 22 Octubre 2014 17:14