Perdida *****

Miguel Juan Payán Octubre 03, 2014
David Fincher reescribe las claves de la intriga con un argumento repleto de giros inesperados.

Fiel a su estilo y sus planteamientos tanto narrativos como visuales, David Fincher nos propone un nuevo ejercicio de mezcla de géneros en el que nuevamente tira de la mejor característica de su cine: la capacidad para implicar al espectador desde el primer momento en la lectura y relectura de su puzle argumental. Por ejemplo en Seven jugó al despiste con nosotros haciéndonos creer que estábamos viendo una película policíaca con estética de cine negro (esa lluvia incesante que tanto recuerda al arranque de Blade Runner…), asociada a enigmas por resolver propios de las novelas-problema de cuarto cerrado y con estrategia argumental propia de las películas policíacas de procedimiento (procedural). Pero como se revelaba finalmente en la relectura de la película siguiendo las pistas sembradas en la película, lo que realmente habíamos visto era una historia de terror en la que el verdadero protagonista era el monstruo, el asesino, del que se habla continuamente y cuyo monólogo se expresa no verbalmente, sino a través de los cadáveres que va dejando a su paso. Así hasta el final en el que finalmente el asesino se revela brutalmente, despejando de la ecuación lo propiamente policíaco para cerrar la historia con un desenlace de terror, el mismo terror anticipado en el tono claramente gore de los cadáveres que van descubriendo los dos policías y con la entrada en la guarida del monstruo. La música sería una de las claves de ese paseo por la variopinta colección de paisajes y géneros incluidos en la película. Piensen en cualquier otra de las películas de Fincher, y descubrirán que esa clave con el juego del espectador, ese empeño en mantenernos alerta, sorprendernos y llevarnos a la desorientación absoluta antes de darnos la solución final de sus enigmas, forma parte de la manera que tiene este director de entender el cine. Esas mismas claves están presentes, a un nivel superlativo, en Perdida, que está a la altura de sus mejores películas y como las mismas tiene ese juego con el espectador como consigna esencial para su funcionamiento. Lo que comienza como una historia romántica pronto se troca en historia dramática de intriga con desaparición incluida, pero cuando creemos estar en el territorio Hitchcock del falso culpable, el director introduce una pareja de policías que investigan el caso y nos hacen pensar que va tirar por el camino del procedural, antes de dar un nuevo giro para convertir la película en una crítica a los medios de comunicación y los linchamientos públicos que propician, otorgándole a lo que en principio era un enigma el carácter y el nervio de un drama de crítica social, antes de dar un nuevo y sorprendente volantazo genérico para meternos en una trama de cine negro reivindicando brillantemente la figura de la mujer fatal.

Hay muchas cosas que sorprenden positivamente en esta grata sorpresa para la cartelera que es Perdida. En primer lugar el trabajo de Rosamund Pike, que en algunos momentos me ha recordado a Kathleen Turner en Fuego en el cuerpo, con un papel que está en continua evolución y no deja de sorprendernos. Como ocurriera con el asesino de Seven, ella se revela como la verdadera protagonista de esta historia en la que el resto de los personajes no dejan de hablar de la desaparecida Amy. Todo gira en torno a su presencia, que además está reforzada con el equilibrado y elegante juego con el monólogo de voz en off y el flashback que ha organizado Fincher para ir desplegando las claves de la trama. Puro encaje de bolillos, ingeniería de guión y montaje de altos vuelos, ejemplo de cómo utilizar la fragmentación, repetición, el efecto eco y la mediación formal y temática para crear su propia reflexión sobre el género de intriga, llevando al espectador a una constante relectura y decodificación del lenguaje clásico del cine de suspense, al tiempo que él mismo reflexiona sobre el cine como medio de expresión, acercándose al territorio del discurso autoconsciente.

Para ello organiza un discurso narrativo a varios niveles en una fábula que en su principio recuerda The Game y en otros momentos, con su relevo de protagonistas, pasea por un territorio más cercano a Zodiac, acercándose también con su despliegue de personajes y subtramas a la naturaleza caleidoscópica de El club de la lucha.

El resultado de todo ello son ciento veintitantos minutos de cine de altísima calidad, impecable construcción argumental, notable guión, en el que además, sobre todo en su tercer acto, se manifiesta una saludable corriente de humor negro que viene a equilibrar su parte más terrible e inquietante, además de algunos guiños que son pistas sobre el tipo de relato que nos está proponiendo el director, por ejemplo esos juegos que la hermana del protagonista acumula en el bar que responde por el nombre de… Bar, la esposa desaparecida que se siente desaparecer en su matrimonio… Fincher nos recuerda con notable elegancia y pulso firme para controlar el ritmo, el verdadero objetivo del relato de intriga, que no es otro que el juego del emisor con el receptor del mensaje. El juego es de tal nivel que llega un momento en el que no sabemos a qué personaje debemos creer, en quién tenemos que confiar, con quién debemos simpatizar. Fincher se convierte en un titiritero que maneja los hilos del espectador a través de las trampas y preguntas que siembra en torno a sus personajes, el marido, que habita la historia en un flashback y la mujer hablando a través de su diario. Y entre ambos, a modo de vínculo de unión, ese juego de pistas que va dejando como miguitas para orientar al marido la esposa en el día del aniversario, que de paso sirven para hacer avanzar la historia e introducir los sorprendentes giros que se van acumulando en la misma. Un ejemplo es la tercera pista, asociada al flashback y pasando del tema del romance a la intriga y de ahí al drama, que modifica el papel de marido y mujer en la trama principal introduciendo además el tema del deterioro del matrimonio…

Fincher nos regala así un festival de intriga en el que nada es lo que parece y podemos recorrer el laberinto de su película como una especie de atracción que reescribe las reglas del suspense en un ejercicio de más difícil todavía ejecutado como un triple salto mortal.

Miguel Juan Payán

COMENTA CON TU CUENTA DE FACEBOOK

©accioncine

Modificado por última vez en Lunes, 03 Noviembre 2014 16:48