Babadook ****

Miguel Juan Payán 11 Ene 2015
El mejor y el más inquietante ejercicio de terror de los últimos meses. Muy recomendable.

Terror maduro, sólido e inteligente que no nos insulta intelectualmente. Es algo cada vez más raro de vez, y por eso Babadook me parece cita obligada para los aficionados al buen cine en general, y no sólo para los seguidores incondicionales del cine de terror. Es terror de calidad, y tiene calidad como película al margen del género de terror.

Esa calidad deriva, en mi opinión, de varios puntos que voy a repasar en esta crítica y que el lector, si decide seguir mi consejo e ir al cine a ver la película, podrá comprobar por sí mismo. Aprovecho para aclarar que el cine de terror, el buen cine de terror como éste, debe disfrutarse sobre todo en sala, porque resulta imposible recrear la sensación de inquietud colectiva e intriga común que se produce en un cine, con la pantalla grande, rodeados de extraños en la oscuridad. Esa sensación que es esencial para sacarle el máximo partido a las buenas películas de terror que, como Babadook, construyen su inquietud cuidadosamente y en tono ascendente, levantando su edificio de miedo plano a plano y respaldadas por la reacción de tensión colectiva que se genera en la sala.

Una vez aclarado lo que nos perdemos renunciando al disfrute de las buenas películas en las salas de cine, paso a enumerar esos puntos fuertes de Babadook que comentaba anteriormente.

El primer punto es su talento para manipular al espectador desde el primer fotograma, metiéndonos de lleno en la historia de ese encierro o aislamiento del resto del mundo en el que viven los dos protagonistas, la madre y el niño, desde hace siete años. Babadook es una película que nos hace compartir esa sensación de encierro y aislamiento de los dos personajes, en primer lugar merced al excepcional trabajo de sus dos protagonistas. El establecimento del reinado y el protagonismo absoluto de los actores sobre los trucos visuales en una película de terror es siempre señal de una mayor calidad de la propuesta. No falla. Si hay actores, hay historia, drama bien construido, madurez y solidez en el argumento. En este caso los actores son lo mejor y lo más inquietante. La madre y el niño reinan sobre los sustos, los trucos y cualquier otro recurso para producir el miedo. Ellos son el miedo. En segundo lugar la sensación de aislamiento y exilio del mundo está bien explicada y expresada visualmente por esos planos de tono enajenado que miran al cielo, los árboles y marcan el paso del tiempo como una especie de fundido que separa las distintas fases de la pesadilla, aislando más a sus personajes. Hago notar aquí que esos planos de mirada al cielo y los árboles están perfectamente equilibrados con el otro recurso visual de aislamiento que marca la película, los cuidadosamente administrados flashback en clave de pesadilla del accidente propiamente dicho. Podríamos decir que esos dos elementos so el hilo o el ovillo con el que la directora teje ese dibujo del aislamiento como tema central de la fábula que alcanza su estadios finales cuando la madre contempla en la pantalla las películas fantásticas de George Méliès, en las que la directora nos descubre además un punto particularmente inquietante haciendo gala de una elegancia visual notable para introducir el vínculo de las mismas con su propia trama. Dicho sea de paso esas secuencias ante la tele son el mismo recurso aplicado por Darren Aronofsky en las secuencias de “madre-tele” de Réquiem por un sueño.

Lo cual me permite ir a otro punto fuerte de Babadook: la inteligente administración de sus referentes, influencias y fuentes de inspiración de manera que son más que un simple homenaje y sirven no sólo para respaldar y darle mayor entidad a la fábula, sino también para suscitar nuestra reflexión. Es una tradición en el cine de terror introducir guiños y homenajes a modo de eco que tiende un puente hacia el espectador estableciendo un saludable y autorreflexivo de ejercicio de intertextualidad y metaficción.  Babadook saca el máximo partido ganándose no sólo la complicidad del espectador en ese juego, sino avanzando cosas muy interesantes a través del mismo. Por ejemplo tanto en el caso del libro que desata la amenaza como en los dibujos animados de lobos, los documentales de magia y las películas de Méliès nos hace reparar, por un camino similar al análisis de la morfología de los cuentos de Vladimir Propp en esa segunda piel de lo temible, lo violento y lo terrible que se asoma tras la supuesta inocencia de las fábulas infantiles, o lo que es lo mismo: revela el rostro más inquietante de la falsa inocencia. La propia trama, con la invitación de Babadook a dejarle entrar, es toda una reflexión sobre cómo nos dejamos contaminar por todo tipo de miedos que al final acaban convirtiéndonos en monstruos, lo cual me parece un discurso esencial que accidentalmente encaja a la perfección con los tiempos de inquietud que estamos viviendo tras los atentados en Francia. Hoy el miedo al lobo feroz que nos propone esa metaficción y esa interextualidad de Babadook me parece muy oportuna.

Además la película recorre las claves maestras del terror con pericia. Por un lado viaja de la mano de un puñado de guiños menores a producciones como Paranormal Activity, con ese “momento perro-puerta” tan inquietante, o esa construcción de su amenaza que es un eco del sonámbulo de El gabinete del Doctor Caligari, emblema del cine expresionista, tanto como una materialización de los homenajes y copias del mismo en el cine de Tim Burton con Eduardo Manostijeras. Por otro lado recorre caminos que la emparentan con películas como la brillante Suspense (Jack Clayton, 1961), Los otros (Alejandro Amenábar, 2001), El orfanato (J.A. Bayona, 2007) o Mamá (Andrés Muschietti, 2013), peros sobre todo se emparenta con dos obras maestras del cine de terror que están entre lo más recomendable e inquietante del género: Repulsión, dirigida por Roman Polanski en 1965, y en su tercer acto es interna en el territorio de la parte final de El resplandor que Stanley Kubrick pusiera en pantalla en 1980. Y lo mejor es que todo ello no la convierte en un mero catálogo de referencias y guiños al género, porque en ningún momento pierde un ápice de personalidad, y su acierto es incorporar todas esas referencias que la película comparte con el espectador a su propio discurso.

Un punto final de acierto: en su desarrollo consigue que nuestras simpatías por los personajes vayan evolucionando de forma sutil a medida que lo hace la propia historia. Es algo que requiere muy buena construcción de guión, un buen pulso, y que se asienta sobre la notable capacidad de la película para ganar verosimilitud, en lugar de perderla, a medida que va desarrollando su trama. No es algo habitual en el cine de terror, y eso la convierte, para quien esto escribe, en una joya del género.

Miguel Juan Payán  

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Modificado por última vez en Martes, 27 Enero 2015 17:40
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