PARANORMAL ACTIVITY: la clave es el público

Miguel Juan Payán Noviembre 27, 2009

Todas las películas, buenas o malas, pero con mayor facilidad las buenas, suelen contar con una escena que resume todo su contenido, que reúne en un solo fragmento todo aquello que las constituye. En el caso de Paranormal Activity esa escena es el momento en el que los protagonistas salen de la casa dejando la cámara encendida para que el público vea lo que ocurre en su ausencia. Y es que en esta película, que es todo un ejemplo de astucia narrativa dentro del campo del audiovisual, todo está servido en pantalla buscando la implicación inmediata de los espectadores, una implicación total y sin condiciones. La clave es por tanto la participación del público. Los artífices de Actividad paranormal (¿qué les parece si desde aquí empiezo a denominarla en castellano y nos dejamos de historias, aunque todos sabemos que algunos títulos extranjeros parecen tener más gancho en la taquilla?), bucean en los miedos del público partiendo de una pregunta: ¿qué ocurre cuando estamos dormidos?

Todos dormimos, todos tenemos pesadillas, todos tenemos miedos. Actividad paranormal se toma mucho trabajo en introducirnos en la vida cotidiana de esa pareja de novios que vive una experiencia de encuentro con lo sobrenatural, lo inexplicable, pero, como siempre ha ocurrido en el cine de terror, la clave está en llevarnos al terreno de lo anormal, lo extraño, lo desconocido, desde el terreno de lo normal, lo previsible, lo cotidiano. El caos debe romper el orden, el monstruo de lo extraordinario debe manifestarse en todo su poder entre las ruinas de la monotonía de la vida diaria. Y ese aspecto está muy bien abordado en esta película, que además recoge el guante que le lanza la realidad de nuestro tiempo, cuando las cámaras de vídeo han pasado a convertirse en objetos de nuestra vida cotidiana y de algún modo abren una puerta a un universo paralelo a la realidad que conocemos. Me explico: hoy existe la vida real y existe la vida real que nos empeñamos en grabar continuamente con nuestras cámaras de vídeo. ¿Quién no tiene un cuñado u otro cualquier pariente que se pierde los viajes y las fiestas a las que acude porque se pasa todo el rato con el ojo pegado a la pantalla de la cámara de vídeo, en lugar de mirar la realidad cara a cara?

A eso alude el momento en el que el protagonista habla con la cámara y le pregunta si está cómoda, si tiene baterías suficientes… Es su juguete tecnológico, y su novia de carne y hueso le pregunta con sorna: “Se supone que estás enamorado de mí, no de la máquina”.

El gran acierto de Actividad paranormal es ejercer como testimonio de esa videodesnaturalización de nuestras vidas. Incluso podría decirse que el verdadero monstruo es la cámara de vídeo que registra aquello que nunca habíamos registrado antes. Al menos la película deja claro que como mínimo es un puente para que el ente se manifieste de manera más activa y virulenta. Recuerden la pregunta clave de la promoción de la película: ¿Qué ocurre mientras dormimos? Quizá simplemente no deberíamos saberlo, pero como actualmente nuestra tecnología nos proporciona armas para correr el velo y mirar detrás de cortinas que antes nunca habríamos pensado siquiera que estaban ahí, descubrimos lo que ya nos había advertido en el título de una de sus mejores novelas negras Jim Thompson: Más allá hay monstruos.

O quizá simplemente los verdaderos monstruos somos nosotros. Es curioso que otra novela de Thompson se titule El asesino dentro de mí, y que por otra parte una de las claves que me empeño siempre en explicar sobre el terror en mis cursos sobre géneros es que como ya nos demostró Alfred Hitchcock con su Psicosis, los monstruos posiblemente están en nuestro propio interior. Recuerden esa mirada final de Norman Bates a cámara, directamente lanzada contra el espectador, como si se estuviera mirándose en un espejo…

Actividad paranormal recoge con habilidad, astucia y humor contagioso esa otra realidad que nos rodea, esa manía de grabarlo todo, sin darnos cuenta de que esa vida que grabamos no es la vida real propiamente dicha, sino otra realidad que se ha separado de la que vivimos desde el mismo momento en que encendemos la cámara de vídeo y empezamos a mirarla por una pantalla. En un tiempo como el nuestro, en el que hay quien llega a sustituir el sexo por el falseado cibersexo, en el que la pornografía tiene como principales estrellas a los amateur, en el que las charlas cara a cara tomando unas cañas o un café están siendo sustituidas por el intercambio de opiniones en los foros de Internet, esta película adquiere un significado muy especial, que así ha sabido recoger el público, quizá subconscientemente, arropándola en su estreno estadounidense y convirtiéndola en el sleeper del año, es decir, en el éxito inesperado y arrollador del momento en la cartelera, cocinado con una cantidad ridícula para los estándares que se manejan en el cine norteamericano: 11 millones de dólares, dos personajes principales, pocos decorados… Roger Corman, maestro entre los productores de serie B americanos,  habría tenido un orgasmo viendo lo poco que ha costado esta producción y los resultados que consigue prácticamente limitándose a mover una puerta, utilizar el sonido de lo pasos a la carrera por la madera, con gruñidos y gritos escuchados en el momento justo…

Si La maldición de la bruja de Blair, que claramente es la inspiración para esta película, tomaba prestado el mundo de Internet para poner en pie su proyecto de rodaje presentándose como un documental (un falso documental) y utilizaba la red de redes para promocionarse con arrolladora eficacia, Actividad paranormal es el homenaje definitivo a los vídeos amateur que se multiplican a millones en la Internet, el rendido homenaje a una nueva forma de mirar la realidad y contar las cosas. Es el amateurismo lo que marca la puesta en escena de esta película para meternos en el terror, de la misma forma que el reporterismo televisivo estilo Madrid directo, España directo o Mi cámara y yo era la clave perseguida con el mismo objetivo por REC y los vídeos amateur de los soldados americanos construían la verdadera pesadilla bélica de Redacted, de Brian De Palma, o la película rodada por un puñado de cineastas edificaba la quinta entrega de los zombis de George A. Romero en El diario de los muertos vivientes, o el ataque de un monstruo gigante era contemplado por primera vez a pie de calle según una ocurrencia de J. J. Abrams en Monstruoso.

Entramos en la trama de cabeza porque sus protagonistas son como nosotros, incluso tienen sentido del humor y gastan bromas como la de George W. Bush y el estado de Texas. Incluso la introducción del psíquico experto en fenómenos paranormales, rama fantasmas, busca la verosimilitud de lo cotidiano y no tiene nada que ver con esos personajes-fenómeno, esos frikis investigadores de lo oculto que pueblan peripecias como Poltergeist o El orfanato cuando llega el momento de comunicarse con los espíritus. Ocurrirá lo mismo cuando se introduce la ouija, esperamos la típica escena de sesión espiritista, pero nos llevan por otro camino esquivando lo previsible, que es la mejor forma de pillar desprevenido al espectador (por eso el cine de terror funciona tan mal en la mayoría de ocasiones en nuestros días, porque vemos venir de lejos lo que va a ocurrir, y nos hurtan la sorpresa, que es la antesala del susto y la madre de todo los terrores que llegan a nosotros por el camino de lo imprevisto, esto es, aquello que escapa a nuestro control: lo que podemos controlar y lo que podemos prever puede inquietarnos, pero nunca nos producirá terror).

El terror llega aquí rasgando el velo de la normalidad cotidiana, llega desde el sentido de lo familiar que está representado por el amateurismo de la filmación en vídeo, aparece después de una escena de broma cotidiana cuando el marido hace flexiones o cuando la esposa bromea sobre la falta de madurez del marido. Incluso el psíquico explica inicialmente que muchos de los fenómenos extraños pueden tener causas perfectamente explicables.

La estructura de explotación de las principales claves del terror de Actividad paranormal trae de retorno los miedos infantiles al monstruo en el armario con gran habilidad y se construye sobre la repetición de lo familiar. Cada vez que la pantalla funde a negro para dar paso a la filmación de lo que ocurre durante la noche, el espectador empieza a construir su propio terror por anticipación precisamente porque se encuentra en un territorio familia: a la derecha la cama y en el extremo inferior derecho de la pantalla la hora; a la izquierda la puerta abierta desde la que siempre llega el terror…

Pero eso no significa que todo se limite a una fórmula de conjugación de elementos más o menos sencilla o evidente. Lo que posiblemente vaya a pasar desapercibido por parte del público, engullido por el espectáculo de terror, es que ese fenómeno de empatía con los personajes que ha convertido la película en un éxito parte de un guión milimétricamente construido, de un muy buen guión que funciona como un reloj de precisión y saca el máximo partido a la modestia de la panoplia de elementos y presupuestos que puede manejar. Junto al terror lo que se nos cuenta es el deterioro de las relaciones de la pareja protagonista, la destrucción del sueño americano, que es un tema recurrente en el género tal y como se practica en el cine estadounidense.

Desde la modestia, Actividad paranormal es toda una lección de cine de terror, aunque su final sea menos impactante de lo que esperábamos a la vista de la astuta siembra de tensión creciente que se va practicando durante casi todo el metraje.

Miguel Juan Payán

Modificado por última vez en Viernes, 27 Noviembre 2009 16:46