Mr. Holmes ****

Miguel Juan Payán Agosto 18, 2015
Un gran Ian McKellen aporta una visión humanizadora del personaje de Conan Doyle.

Más que cualquier otra cosa, Mr. Holmes es una buena película. Entrañable visión de un personaje icónico al que se desnuda de todo el artificio de la mitificación para reinventarlo en una clave humanizadora y crepuscular que está en las antípodas del planteamiento aplicado al mismo por Guy Ritchie en sus películas con Robert Downey Jr. De hecho, esta película está en algunos momentos más cerca de Cinema Paradiso, pero eso no impide que desarrolle su propia versión de una trama de intriga y aproveche para homenajear desde la misma al genial personaje creado por Arthur Conan Doyle desde un punto de vista más crepuscular y desmitificador que acerca temáticamente esta propuesta al tono de otras desmitificaciones de Holmes como La vida privada de Sherlock Holmes y Sin pistas.

La película arranca con un plano de cine puro que impone un tono de película clásica, con el tren que traza una línea de poder visual en la pantalla estableciendo la naturaleza eminentemente cinematográfica de la propuesta, y a continuación establece claramente las reglas del juego. Un juego que va a ser eminentemente un espectáculo de pleno lucimiento del talento de su protagonista, un Ian McKellen que aprovecha la oportunidad de apartarse de la épica de sus personajes más célebres y taquilleros, el Magneto de las películas de X-Men y el Gandalf de El señor de los anillos y El Hobbit, para respirar profesionalmente el reto de construir justo lo opuesto a esos trabajos, convirtiendo a Holmes en un anciano enfrentado a la deriva de sus facultades deductivas hacia el tenebroso territorio de las confusiones de la senectud. Incapaz de recordar por qué la resolución de su último caso le llevó a apartarse de las tareas detectivescas, privado del apoyo emocional y práctico que fuera el Doctor Watson, ausente del relato, Holmes lucha contra la pérdida de la memoria persiguiendo la panacea de un remedio milagroso que cree haber encontrado en Japón, pero en el fondo sigue  buscando lo que siempre ha buscado: respuestas. Respuestas para salir de la bruma de información confusa en la que se siente atrapado, privado de su capacidad de deducción. En ese viaje de búsqueda de respuestas se cruza con un eco del pasado que está muy bien dosificado en flashbacks capaces de aportar a la narración principal una de sus las dos subtramas de intriga que acompañan a esa historia crepuscular de vejez del personaje. Así el relato queda aún más unido a la figura de Holmes desde tres puntos de vista: el de la memoria borrosa del último caso, los últimos tiempos de gloria, que aporta el enigma mitificador; el del viaje a Japón, que aporta no sólo una visión de la devastación de la Segunda Guerra Mundial, sino una asociación de las ruinas creadas por la misma con las ruinas  creadas por la edad en la mente de Holmes, incorporando su propia clave de intriga de carácter histórico, y finalmente la actualidad que se desenvuelve en una clave de costumbrismo cotidiano, la parte que me recuerda a Cinema Paradiso, con la relación entrañable de Holmes, el niño huérfano y su madre y las abejas, un relato de épica intimista capaz de emocionarnos hasta el punto de dejar en segundo plano las dos intrigas de acompañamiento.

McKellen lidia con estos tres niveles del relato armado con un talento como actor que brilla en la pantalla recordándonos por qué es uno de los grandes actores de nuestros días. Suya es por completo esa cuarta estrella que le pongo a la película.

Eso sí, por favor, no acudan a verla si lo que quieren es ver una versión envejecida de Robert Downey Jr. o a un Gandalf cambiando la espada por una pipa o los poderes de Magneto por los poderes deductivos de Holmes. La cosa no va por ahí. Pero es de las mejores películas que he visto este año. Y también es de las que más me ha emocionado.

Miguel Juan Payán

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Modificado por última vez en Viernes, 18 Septiembre 2015 12:49