The D-Train **

Septiembre 25, 2015
Andrew Mogel y Jarrad Paul montan esta película para que Jack Black se luzca. Con ello, el intérprete de King Kong pretende demostrar que también es capaz de salir adelante en las costuras de un hombre reprimido.

Ni los tintes caprianos de una historia son capaces de apagar el triunfalismo de un cómico con ganas de hacer ruido. Jack Black ha erigido su carrera a base de tics y gestos más o menos estridentes, al tiempo que saca partido mediático de su oronda figura. Y así lo vuelve a exteriorizar en este filme, que bien podría haberse quedado en una reflexión romántica sobre homosexualidad latente, encerrada en el armario de las convenciones sociales.

El humorista de Escuela de Rock da vida en la cinta a un taimado agente de negocios a pequeña escala llamado Dan Landsman que, para mayor gloria de su rutina, trabaja como voluntario en el comité fiestero para rememorar la promoción de 1994 (a la que el pertenece). Sin embargo, ninguno de sus antiguos colegas de instituto parece decidido a reencontrarse con el resto de la clase. Desesperado, el hombre ve un día en la televisión un anuncio de crema solar protagonizado por Oliver Lawless: uno de los estudiantes que compartió el bachillerato con Dan. Loco por atraer a sus otrora camaradas de pupitre, D Train viaja a Los Ángeles para convencer a Oliver de que asista a conmemorar los veinte años de su graduación. Todo parece ir sobre ruedas cuando ambos quedan en la ciudad de la Meca del Cine, pero el asunto se complica tras una noche de drogas y alcohol.

Este argumento sustenta una movie en la que los momentos de humor o de simple chascarrillo brillan por su ausencia, y donde prima el histrionismo de Black.

El D Train del título se percibe en la pantalla como un individuo bastante atacado por sus obsesiones con el pasado adolescente, al que se le viene encima un periodo de indefinición sexual pese a estar casado y con dos hijos. Sin embargo, tales elementos quedan amortiguados por un guion bastante rutinario, incapaz de crear un ambiente adecuado en el que las situaciones gocen de la necesaria fuerza escénica.

Por su parte, James Marsden anda algo desorientado en la piel de Oliver Lawless. El protagonista de X-Men se deja querer por la cámara e intenta adoptar una pose convincente, pero su personaje está solo esbozado; y la única cosa que realmente funciona en él es el sentimiento de fracaso que marca su currículo profesional.

No obstante, e independiente de los obstáculos para lubricar el engranaje de esta supuesta comedia generacional, Mogel y Paul naufragan sin ningún género de duda en la elección del casting. Los directores juntan a intérpretes de edades demasiado dispares (al menos desde el punto de vista físico) para que compartieran año de graduación. Una de dos: o las cremas antiarrugas no han hecho el mismo efecto en todos los rostros, o lo de repetir curso era norma en el instituto al que asistía Dan Landsman.

Jesús Martín

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Modificado por última vez en Martes, 20 Octubre 2015 12:02
Jesús Martín

Soy un auténtico apasionado de las películas que despiertan la imaginación