Donde viven los monstruos. critica

Diciembre 17, 2009
DONDE VIVEN LOS MONSTRUOS

Cuando un director tan peculiar como Spike Jonze se lanza sobre un proyecto como Donde Viven los Monstruos, lo mínimo que puede despertar entre los aficionados al cine, es curiosidad. Un director de cine independiente, con películas a veces inclasificables y que destaca por su originalidad, trabajando en una película basada en un relato infantil y dirigida, más o menos a toda, la familia... Es algo a lo que, por lo menos, debemos echar un vistazo.

No me cansaré de decir que la primera impresión que me llevé de la película de Jonze es que se trata de un film sorprendente. Nunca he sido un gran seguidor de Spike Jonze. Su cine siempre me ha parecido muy original y con unos puntos de partida excelentes, pero la resolución final nunca acababa de convencerme, ni en Cómo ser John Malkovich ni en El Ladrón de Orquídeas. En ese sentido, su amigo y compañero Michael Gondry siempre me ha dejado mejor sabor de boca. De ahí surge parte de la sorpresa de Donde Viven los Monstruos, una película redonda y que deja, como en los mejores casos, un agridulce sabor de boca cuando termina la proyección. Un viaje fantástico, único y emocionalmente inteligente, que sabe qué teclas pulsar para pasar de la aventura trepidante a la melancolía con tan sólo un par de instantes de diferencia. Aunque no es la única sorpresa de la película.

No había leído el cuento de Maurice Sedark hasta haber visto la película, pero, la verdad, no tiene mucha importancia. Aunque todo lo que sucede en el cuento está en la película, porque al contrario que con una novela no se trata de qué quitar para la versión en pantalla, sino de qué añadir, para completar los poco más de 90 minutos de duración de Donde Viven los Monstruos. La película cabalga por un prado completamente distinto, dejando de lado los matices del cuento, para convertirse en una historia mucho más adulta, oscura y, a veces, terrorífica. Como siempre, la clave está en un sólido guión, que nos presenta a su protagonista, Max, como un niño real, de carne y hueso, y no una de esas repelentes versiones de la infancia que los guionistas de Hollywood suelen crear. Max es un niño solitario, aunque en el colegio parezca jugar con todo el mundo. Es un chico que tiene miedo de todo y no se da cuenta. De que su hermana ya no quiera jugar con él, de que su madre deje de hacerle caso, de crecer, de no comprender por lo que está pasando.... Y es un niño que se aferra a su infancia con desesperación, casi, disfrazándose de lobo y reaccionando con ira y profunda tristeza. Su rabieta cuando siente que su hermana le traiciona o cuando siente su hogar ocupado por el nuevo novio de su madre son buena prueba de su situación. Todo ello se refleja desde el principio en un guión que atrapa por su sencillez y su verosimilitud, aunque aparezcan monstruos en la pantalla.

El viaje de Max, su escapada de casa tras su último enfado, al país de las Cosas Salvajes, nos revela otra de las sorpresas. La acertada elección de Max Records como protagonista principal. Uno de esos niños prodigio que dan miedo de lo buenos que son delante de una cámara y que, con solo una mirada, es capaz de pasar del pavor a la nostalgia, de la comprensión a la ternura, del enfado a la tristeza. A través de los ojos de Max descubrimos a los monstruos de la película y nos dejamos llevar por sus emociones porque son emociones reales que el espectador comprende. Luego están las Cosas salvajes, que viven en una isla alejados de todo el mundo. Perfectamente elaborados mezclando efectos por ordenador y trajes a la antigua usanza, son personajes de reales, en tanto que se convierten en las propias emociones con las que tiene que lidiar Max, que descubre una gran verdad. Ser rey de las Cosas Salvajes no implica que puedas controlarlas o imponerte a ellas. Las voces del reparto son impresionantes y en este caso, es muy recomendable ver la película en versión original.

La cámara de Jonze tiene la virtud de introducir al espectador dentro de la historia, como si él mismo la viviese. El uso de cámara al hombro, continuado durante todo el metraje, ayuda a dar esa sensación de que uno es un integrante más de ese grupo magnífico y sus aventuras. La secuencia de la guerra de bolas de polvo o las persecuciones por el bosque son buena prueba de ello. Pero es un truco engañoso, porque, a veces, tanto vaivén de la cámara logra marear al espectador y consigue el efecto contrario, sacarnos de la película. Hay cosas de las que no conviene abusar.

Sería muy fácil emparentar Donde Viven los Monstruos con las películas familiares de la década de los ochenta. Títulos como La Historia Interminable, Dentro del Laberinto o Cristal oscuro, se ven claramente como referencia de esta película que, aún así, va más allá. No es una película para los más pequeños de la casa, porque hay secuencias que pueden resultar aterradoras (el viaje en barca a la isla, los enfados de Carol...), pero sí es una película para niños de cierta edad en adelante, es decir, para todos nosotros . Un canto a la amistad de gran belleza. Un cuento sobre la infancia y lo que supone crecer y lidiar con nuestro peores monstruos, y también con los mejores. Un viaje fantástico lleno de aventura, buen humor, magia y personajes entrañables, con algunas imágenes de una belleza perturbadora (la construcción del poblado de los Monstruos, la aparición de la isla en el mar...). Una película que logra emocionar al espectador con su sencillez y con el verismo de sus emociones, con esa sensación que deja sentir que uno no puede huir de uno mismo ni esconderse para siempre. Tierna, valiente y emocionante. Imperfecta pero nada condescendiente. Con la sensación que deja haber visto muy buen cine, aunque no sea del gusto de todo el mundo. Algo sorprendente en los tiempos que corren.