Macbeth ****

Miguel Juan Payán Diciembre 19, 2015
Macbeth. Una de las mejores adaptaciones de Shakespeare al cine. Hábil mezcla de lo visual y lo interpretativo.

Lo que nos propone Justin Kurzel en su visión de la tragedia de Shakespeare es un acercamiento de la misma al público actual, utilizando referentes visuales que sobre todo en su arranque y en su desenlace caminan por una senda que los acerca a las ficciones de ocio televisivo y cinematográfico más recientes, tirando de lo visual al principio y al final como anzuelo para introducirnos más fluidamente en el abordaje de la trama principal de la obra original, contemplado como relato de intriga y asesinatos protagonizado por los propios asesinos. Lo que en el lenguaje de la serie negra podría ser calificado como crook story. Michael Fassbender y Marion Cotillard sirven los personajes principales apuntalando ese acercamiento al público actual –ojo, que no es en modo alguno banalización o prostitución de la propuesta original de la obra- con la eficacia y el carisma que se les supone. Pero además la Lady Macbeth de Cotillard y el Macbeth de Fassbender le dan más sentido a una trama de amor envenenado por la tragedia del hijo perdido que no está siempre tan presente como debiera en otras versiones cinematográficas de esta misma obra.

Lógicamente Fassbender y Cotillard están bien respaldados por un reparto de secundarios que vuelve a poner de manifiesto la reiteradamente probada excelencias del cine y la televisión británicos (aunque la película es coproducción entre Reino Unido, Francia y Estados Unidos su tono es marcadamente británico). De manera que el ejercicio de acercamiento al público actual que persigue y consigue esta adaptación de Macbeth está trabajando sobre un acercamiento en lo visual a series como Vikings, The Bastard Executioner, Juego de tronos, Los Tudor, y otros productos televisivos de predicamento probado entre el público actual, pero al mismo tiempo rescata las claves de interpretación y trabajo en interiores con los actores como clave esencial que dieron como resultado los mejores momentos de un clásico de la pequeña pantalla de los años setenta, la adaptación en formato de miniserie de la obra de Robert Graves Yo, Claudio. Esa alianza de un juego en exteriores que le da todo el protagonismo a los paisajes en una clave de espectacularidad visual cuya plástica es eminentemente cinematográfica con un trabajo en interiores que recuerda las mejores producciones de ficción televisiva. Los mejores recursos del lenguaje cinematográfico se alían así con las claves esenciales del lenguaje televisivo encontrándose en esa especie de tierra de nadie entre ambos medios que es este Macbeth convertido en ejemplo de una buena alianza entre lo mejor de dos mundos. Nadie le negará a la película su identidad como cine mirando los majestuosos planos de cabalgada y encuentro en la playa, al mismo tiempo que en las secuencias de interior saca el mejor partido a la traducción de las claves teatrales al cine que hiciera en su momento Yo, Claudio. La asociación entre ambas parcelas es un buen ejemplo de hibridación entre ambos mundos que espero proporcione resultados tan positivos como en esta película al próximo proyecto del director, la adaptación del videojuego Assassin´s Creed que llegará a la cartelera en 2016 y puede ser interesante según la manera en que Justin Kurzel añada al binomio de cine y tele que trabaja en Macbeth esa tercera pata de hibridación con el lenguaje del videojuego que puede convertir la película en un brillante campo de encuentro entre el lenguaje de las tres opciones de ocio audiovisual esenciales en nuestro tiempo. El recurso de la cámara lenta que llega casi a congelar la imagen, aplicado en las escenas de acción de arranque de Macbeth, que le proporcionan a la película un tono de obertura operística de la propuesta similar al que aplicara Lars Von Trier al principio de Melancholia, congelando el tiempo para mostrar y propiciar en el espectador la reflexión sobre la brutalidad y la violencia del mundo y la historia en la que vamos a sumergirnos, al mismo tiempo que le permite interiorizar en la propia percepción de esos momentos de violencia del propi protagonista, es una buena muestra de la predisposición del director a jugar con todas las posibilidades para enriquecer visualmente su propuesta y darle un verdadero sentido al término de “adaptación” de un medio a otro.

He dicho que es una de las mejores adaptaciones de las obras de Shakespeare y de hecho es la que me parece más sólida de las que nos han llegado en los últimos tiempos a la cartelera. Por ejemplo es mucho mejor que la propuesta que hizo Ralph Fiennes en Coriolanus en 2011, un intento de adaptación y modernización que hacía más hincapié en lo cronológico que en el lenguaje, al contrario de lo que hace este Macbeth. Creo que es también superior a la propuesta de adaptación de Tito Andrónico, que dirigiera en 1999 con el título de Titus la realizadora Julie Taymor, porque al contrario que aquella se mantiene más fiel a las claves reales de la obra de Shakespeare sin intentar acondicionarlas a un ejercicio tan personal y pictórico, pero al mismo tiempo tan críptico como el que hiciera aquella otra película protagonizada por Anthony Hopkins y Jessica Lange.

Respecto a las adaptaciones anteriores de Macbeth, creo que merece estar en el mismo grupo, y casi al nivel, de la que hicieran Orson Welles en 1948 y Roman Polanski en 1971, si bien mi favorita, que la supera bastante, sigue siendo la de Akira Kurosawa en Trono de sangre, de 1957.

Miguel Juan Payán

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