De padres a hijas ***

Miguel Juan Payán Diciembre 27, 2015
De padres a hijas, una película recomendable para acercarse al melodrama sin caer en la lágrima fácil.

Lo que nos propone De padres a hijas es una interesante mezcla de drama y melodrama. El melodrama no es mi género favorito, por distintos motivos –su énfasis en arrancarle emociones debilitadoras, simplonas y lloronas al público, su obviedad, su machismo y paternalismo, la artificiosidad de su supuesto humanismo, etcétera-, pero entiendo que es un género que inevitablemente es uno de los géneros que más complace al público desde que el mundo es mundo y el cine es cine, o lo que es lo mismo, desde que empezaron a funcionar las raíces del melodrama en los escenarios teatrales de Alemania y Francia a finales del siglo XIII y cuando posteriormente se extendió a Inglaterra y Estados Unidos en el siglo XIX. Además, entiendo que toda historia, novela, película o serie de televisión incluye elementos melodramáticos como complemento de su dieta. De manera que podríamos decir que es un género que contamina, pero al mismo tiempo nutre, a todos los géneros. Lo que me ocurre con el melodrama es lo mismo que me ocurre con el amor en el cine: creo que las más de las veces está mal tratado y al mismo tiempo maltratado, es decir que es víctima de una mala praxis narrativa que tiende a simplificar sus claves en exceso y precisamente por esto último es víctima de un trato vejatorio por parte de un tanto por ciento elevado de producciones audiovisuales que trabajan en las sendas más exploradas de lo obvio, esto es, del tópico. Frecuentemente esa simplificación, esa obviedad, esa explotación del tópico no es otra cosa que una falta de respeto al espectador en general y al aficionado al melodrama y a las historias de romance en particular. De manera que melodrama sí, pero bien hecho. Por ejemplo les recomiendo que se regalen las córneas con cualquier película de uno de los grandes maestros europeos del asunto, Luchino Visconti, y cuando se hayan pateado su filmografía del derecho y del revés pueden empezar con Max Ophüls, del cual, entre otras muchas, La mujer de todos es una auténtica maravilla estrenada en 1934.

Volviendo a De padres a hijas, es una película muy recomendable sustentada en su parte más de drama por un sólido Russell Crowe bien respaldado por una igualmente sólida Diane Kruger. Ambos sacan el mejor partido posible a sus personajes. Pero además ella tiene un plus de peligrosidad, por decirlo así, ya que transita por la cuerda floja tendida entre el drama y el melodrama, más aún, se acerca en algunos momentos a la trampa de la telenovela, sin llegar a caer en esa trampa merced a una interpretación que me temo no sea suficientemente valorada por confundir al espectador pensando que está en el territorio del tópico. No es así en absoluto. Además esa propuesta está respaldada por un trabajo de dirección notable en la planificación de secuencias y movimientos de cámara. La fluida escritura cinematográfica de Gabriele Muccino brilla especialmente en su definición de los vínculos que se establecen entre el padre y la hija, esquivando en los momentos más duros de la historia la obviedad del melodrama, el tópico y la lágrima fácil. En lugar de todo eso nos encontramos una contención que refuerza el diagrama de las claves más dramáticas de la historia sin caer en la trampa del exceso y la verborrea emocional, al mismo tiempo que dibuja con pincel sutil y elegante la compleja situación vivida por el padre y la niña, con esos movimientos de cámara acercándose y alejándose a la mesa de la cocina, epicentro de esa historia como lo es también la mesa de trabajo del padre, y que al mismo tiempo sirven para enlazar el pasado con el presente de la niña ya adulta interpretada por Amanda Seyfried.

Y con Amanda, y no por culpa suya, llegamos a la parte más floja y vulnerable de la película. Lo que podríamos calificar como la panza del cocodrilo. En la misma el director parece dejarse arrastrar por un efectismo que ha controlado en los fragmentos de pasado. Aunque a decir verdad emplear los términos pasado y presente no es muy justo con la película, porque entre sus virtudes incluye una notable fluidez en el paso de los distintos tiempos que se fusionan muy bien en el relato, tanto visual como dramáticamente. Pero lo cierto es que cuando el drama del ayer desaparece para dejar paso a la otra parte de la historia situada en la actualidad, ésta se expresa de una manera más obvia, pierde la sobriedad y se deja arrastrar hacia cierto efectismo de marcado talante comercial que nos sitúa en el territorio del melodrama romántico más tópico, negándose a propiciar una solidez similar a la que tiene toda la parte en la que reinan Crowe y Kruger junto a las mejores resoluciones visuales del director. Un ejemplo: el plano secuencia en el que Muccino se entrega al efectismo para dibujar el momento de ruptura entre los amantes, un innecesario ejercicio de virtuosismo que marca la tensión al espectador por lo visual en lugar de por lo dramático, sustituyendo la escritura más sobria y la pincelada final y elegante del ayer por los brochazos más furiosos no sólo de movimiento de cámara y de planificación, sino también de uso del color y la música, por ejemplo en el caso del bar. Por otra parte no es menos cierto que ese cambio de abordaje del ayer al hoy puede justificarse como reflejo y materialización del conflicto interior que vive la protagonista adulta, muy bien servida en la interpretación por Amanda Seyfried, pero quiero subrayar que curiosamente las escenas que mejor funcionan en esa parte actual no son las del romance con el maromo de turno –la panza débil del cocodrilo-, sino precisamente las que enlazan con el planteamiento visual de la parte del ayer, esto es: las que abordan la relación de la protagonista con la niña a la que atiende como psicóloga.

En cualquier caso, creo que el drama y el melodrama, que no deben confundirse, necesitan buenas películas como De padres a hijas para sanear el género y volver a llevarlo a sus mejores logros.

Miguel Juan Payán

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