Toro ***

Abril 19, 2016
Vertiginosa película de acción, en la que Kike Maíllo muestra su habilidad para elaborar un producto cargado de adrenalina e interpretaciones al límite.

Al estilo de los filmes norteamericanos, en los que los ajustes de cuentas más sangrientos son el leitmotiv de lo que sucede en la pantalla, Toro es como una versión española y malagueña de los tiroteos vistos antes en sagas de violencia programada, como la de Venganza. Eso sin hablar de las peleas al borde de lo imposible protagonizadas por Jean-Claude Van Damme y Chuck Norris, en sus adictivas cintas ochenteras.

Maíllo juega con los ingredientes clásicos y habituales de este subgénero especialmente agradecido en las taquillas, y los combina para cocinar un filme excesivo y carente de momentos de tregua, en el que las atmósferas enrarecidas y mafiosas copan la totalidad del metraje.

En ese universo de mezquindades colectivas, los personajes adquieren la faz de los tipos de dureza metálica, siempre pendientes de no dar demasiadas pistas sobre sus sentimientos. Así se percibe a Toro, el papel al que pone físico el esforzado Mario Casas: un joven que, tras pasar un tiempo en la cárcel, decide cambiar de vida para ganarse los garbanzos conduciendo un taxi. Actividad que queda bruscamente interrumpida por la aparición de su hermano López (Luis Tosar), quien obliga al expresidiario a regresar momentáneamente a su antigua ocupación como delincuente.

Este boceto de drama familiar se convierte pronto en una aventura cercana a la neurosis generalizada, donde Toro, su brother y la hija de éste intentan mantenerse indemnes de las balas que surcan los planos, a la vez que plantan cara al capo llamado Romano (José Sacristán).

Un guion ligero en pretensiones y sorpresivo en su desarrollo ayuda a que la movie mantenga el interés y la tensión, sin apenas mostrar el más mínimo cansancio en su ritmo acelerado. Tal apuesta por la simplicidad contribuye a que la historia esté adornada con un conjunto de tópicos efectivos y previsibles, lo que provoca la sensación de déjà vu cinematográfico en no pocas de sus escenas.

En este sentido, y debido a su fidelidad hacia los productos de similares trazas discursivas, el personaje protagonista resulta demasiado pétreo, como esculpido en función de su disponibilidad para repartir golpes y disparar armas de fuego. Aunque, pese a asumir semejante retrato por coherencia con la historia, Maíllo también dota a Toro de una pizca de vulnerabilidad, representada por la inocente maestra de la que éste se enamora (rol que efectúa con eficacia la bella Ingrid García Jonsson).

Dentro del descrito escenario de sombríos comportamientos, los que mejor se adaptan al medio son Luis Tosar y José Sacristán. Tosar realiza una caracterización de altura, en la piel del desquiciado y embaucador hermano del héroe que da título al largo. Elocuente y mentiroso, el trabajo del actor gallego es de los que impactan por la multitud de capas que arropan al tramposo individuo al que éste presta físico.

Por su parte, Sacristán lleva a cabo un impoluto acercamiento al psicópata nominado Romano: un jefe devenido en falsa figura paternal para Toro, el cual es capaz de matar con la misma facilidad con la que confecciona las lágrimas de una talla sacra.

Jesús Martín

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Modificado por última vez en Lunes, 09 Mayo 2016 15:51
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