Los milagros del cielo **

Abril 20, 2016
Extraña película de inspiración religiosa y espiritual, con la que Patricia Riggen pretende catequizar al personal. En este intento de tibia propaganda, ni Jennifer Garner resulta creíble como madre que encuentra la fe.

Los filmes estadounidenses parecen cobrar enteros cuando, como añadido a lo que se proyecta en la pantalla, aparece el rótulo de “historia basada en hechos reales”. Sin embargo, por mucho que los responsables se empeñen en identificar documentalmente los acontecimientos, en la mayoría de las ocasiones este tipo de filmes son percibidos con mayor incredulidad que los que apuestan directamente por la ficción. Un error de estructura narrativa que acusa en grado sumo esta movie, grabada por la responsable de Los 33.

El homónimo libro escrito por Christy Beam sirve al guionista Randy Brown para contar la agonía de la autora del texto, cuando a su hija mediana le detectan una enfermedad incurable de intestino. Un drama que corre parejo a la poco efectiva diatriba de la protagonista por acercarse a Dios, al que había dado la espalda nada más enterarse del fatal diagnóstico.

Patricia Riggen toma la terrible vivencia de esa señora -antes miembro activo de una comunidad eclesiástica- para confeccionar una cinta en la que la relación de amor-odio con la Iglesia está presente desde el principio hasta el final, como si se tratara de un tema trascendental para comprender el significado del largometraje. Opción que despierta más confusión que certezas, y que pierde al personaje principal (el de Christy Beam) en un mar de sentimientos contrapuestos, que no ayudan a dotar de veracidad su trágico sufrimiento.

Ante tal papeleta, Jennifer Garner intenta dibujar su papel de Christy como una dama cargada de excesos nerviosos, como ejercitada a partir de un histrionismo que no favorece para nada las obvias implicaciones maternales que arrastra su personaje. Un incierto laberinto de extravagancia teológica que -afortunadamente- no salpica mucho a la caracterización de la joven Kylie Rogers, quien realiza un trabajo más que notable en la piel de la cría hospitalizada.

La directora mexicana plantea el problema de los Beam como si fuera un díptico con vasos comunicantes. Por un lado, la creadora se acerca a la enfermedad de Anna con los elementos de interés humano necesarios, como para conseguir el afecto de los espectadores hacia los atormentados personajes. Mientras que, por otra parte, la cineasta monta un entramado de consecuencias milagrosas en el que la pequeña consigue comunicarse directamente con Dios a través de un árbol centenario.

Sin embargo, por muy raro que parezca, no es el citado componente divino lo que enciende la desconexión con el filme, sino la artificial asociación que establece la protagonista entre la experiencia de su hija y la obligación de abrazar la religión sin reserva alguna, como mensaje concluyente.

Como si fuera consciente de esa falta de verosimilitud, Riggen aprovecha los títulos de crédito para presentar vídeos y fotos de los auténticos Beam: baza que sirve para atisbar los rostros de los verdaderos protagonistas de la historia, y que enfatiza lo de “película basada en hechos reales”. Elemento apreciable y nada gratuito, que -no obstante - sigue dejando sin sentido la correlación entre la curación divina y la asistencia a Misa todos los domingos.

Jesús Martín

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Modificado por última vez en Lunes, 16 Mayo 2016 08:45
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