Nuestros amantes ***

Mayo 31, 2016
Comedia romántica con demasiado diálogo que rescatan los actores.

Navega entre Ópera prima de Fernando Trueba –Noriega sería el equivalente a Oscar Ladoire y Fele Martínez el equivalente de Antonio Resines-, y las peripecias románticofestivas del cine británico protagonizado por Hugh Grant, por ejemplo Notting Hill y tal. Nuestros amantes es rescatada por su reparto de ser una jaula adornada con un diálogo excesivo y hormonado con invocaciones forzadas cuando no oportunistas a Bukowski y Truman Capote, localizaciones exteriores de postal propagandística que nos recuerdan lo bonita que es Zaragoza –que lo es -, y que Teruel también existe, e interiores de decoración excesivamente autoconsciente de su función decorativa. El ángel que tiene Michelle Jenner ante la cámara y la química que consigue establecer con Eduardo Noriega son los mejores aliados con que cuenta la película para mantenernos atentos a una trama romántica que difícilmente puede atraparnos de otro modo. No es que hablen demasiado, sino que lo que dicen circula peligrosamente cerca de los arrecifes del tópico o se estrangula como una hernia en el esquema de un guión que parece trazado con tiralíneas convertido en afilado bisturí capaz de cercenar todo atisbo de esa falsa espontaneidad que suelen requerir este tipo de historias. Afortunadamente el director es suficientemente inteligente para exorcizar la falsa espontaneidad abrumadoramente verbal de su propio guión entrando con decisión en el cuerpo a cuerpo con los actores, asumiendo el riesgo de zambullirse sin complejos en el plano contra plano. Es un gesto de confianza justificada en su mejor recurso, el reparto, y la jugada le sale bien. Todo atisbo de estatismo en ese recurso del plano contra plano queda superado por el trabajo de Jenner, Noriega y compañía, que hasta consiguen algún que otro momento estilo Dos en la carretera de Stanley Donen.

Un caso curioso es por ejemplo el de Fele Martínez, cuyo personaje empieza acartonado por guión, y en franca desventaja con el de Noriega, que a base de perplejidad regada con chupitos de coñac es mucho más interesante desde el principio. A medida que va progresando la trama las esporádicas intervenciones del personaje de Fele Martínez mejoran, siendo el punto de inflexión de las mismas esa especie de pulso con los siluros en el río, escopeta en mano y con monólogo divulgativo sobre las relaciones hombre-mujer. A partir de ese momento, ese personaje que inicialmente se mostrara tan ortopédico y artificioso, es un tipo al que echamos de menos en el resto del metraje. Al final llega uno a pensar si este tipo disparatado no merece su propio largometraje por el camino de lo atroz, asociado a Mema y Lerda. Da la sensación de que en algún momento el propio guionista y director quisiera escapar por ese camino y perderse en un videoclip salvaje tras la pista de Asesinos natos, de Oliver Stone…

La artificiosidad y el esquematismo del guión posiblemente cumpla los requisitos para brillar a nivel de un máster de guión, pero en mi opinión le falta mayor dosis de esa frescura que se filtra en algunos momentos a la trama. Le falta soltarse el pelo, le falta más ración de esos momentos de mandar a freír puñetas al siluro, o más momentos como el de “dame el móvil, hijo de puta” de Amaia Salamanca al otro lado del escaparate en el último tramo del relato, o darle más cuerda al personaje de Gabino Diego, que está pidiendo a gritos ser algo más leñero como galán rompefamilias y desenfundar esa vena disparatada que puede dar el actor, quizá desbaratando la imagen donjuanesca de los tipos ligones de corte galo-existencialista al estilo Yves Montand…

Quizá lo que le falta a la película es que en el infierno que imagina su protagonista Charles Bukowski, el tipo que dijo “El amor es para la gente real”, se tropiece con Henry Miller y los dos acaben contando chistes rijosos con Anaïs Nin, mientras miran cómo Truman Capote se lía a tortas con Ernest Hemingway.

Miguel Juan Payán

Miguel Juan Payán

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