Expediente Warren: El caso Enfield ****

Junio 14, 2016
Mejor que la primera entrega. Un auténtico festival de sustos y momentos inquietantes bien construidos.

James Wan se supera a sí mismo, o por lo menos a sus películas anteriores, demostrando por qué, independiente de lo mucho o poco que asusten sus películas de terror, o de lo mucho o poco originales que nos parezcan, es incuestionablemente uno de los mejores narradores del género y uno de los directores que mejor sabe manejar la cámara y sacarle el máximo partido a los espacios cerrados. Desde que Polanski nos metiera la inquietud en el cuerpo con películas como Repulsión, La semilla del diablo o El quimérico inquilino, ningún otro director dedicado a esto de sembrar las semillas de la inquietud en el espectador se las había ingeniado tan bien para sacar el máximo jugo a un pasillo, la esquina oscura de una habitación, una lámpara que parpadea, un armario o un sótano inundado.

Wan le ha dado un soplo de calidad visual, frescura y competencia narrativa al cine de terror con el resto de sus películas, pero con Expediente Warren: el caso Enfield, ha rodado su mejor trabajo hasta el momento, una película perfecta en su género, competente en lo referido a intriga y además reforzada con esa nota de exotismo que le aporta su localización en Londres y su cambio de ambiente respecto a la película anterior. Inevitablemente la primera película de Expediente Warren me recordó a una competente y bien dirigida, pero inevitablemente reiterativa, mezcla de elementos presentes previamente en películas como El exorcista o Terror en Amityville, pero en esta segunda película de la saga, Wan consigue aportarle a su versión de este tipo de historias una personalidad propia, vigorosa, que tomando las claves visuales y argumentales de sus antecedentes más ilustres, las actualiza y mejora ganándose a pulso cierto grado de independencia de las mismas para convocar sus propias maneras de explotar la fórmula. Película que puede servir como escuela para fabricar lo inquietante en la pantalla, sorprende gratamente que Wan sea capaz de hacer saltar al espectador incluso en las secuencias en las que somos perfectamente conscientes de que va a haber un susto. No importa lo mucho que podamos prever lo que va a ocurrir: la película consigue esa especie de pepita de oro que es la inquietud seguida de sobresalto que es oro puro para los directores del cine de terror. El ritmo, la manera de utilizar el sonido, la luz, los movimientos de cámara… todos los elementos de la panoplia de recursos que domina Wan se ponen a punto en perfecta coordinación para hacer de este largometraje una especie de divertida montaña rusa de “cine de miedo” mucho más eficaz y completa que su predecesora, mejor construida en los personajes de los Warren, mejor equilibrada en las dos historias paralelas de protagonismo doble –los Warren por un lado, la familia inglesa por otro-, y por lo tanto mucho mejor. James Wan nos demuestra una vez más que se puede pasar muy bien y muy divertido viendo y participando activamente como espectadores en el cine de terror. Espero que haga taquilla, porque me apetece mucho ver más entregas si mantienen este mismo equipo y esta línea de trabajo.

Miguel Juan Payán

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