Mi amigo el gigante ***

Julio 05, 2016
Spielberg intenta repetir la fórmula de E.T. pero no le saca partido al libro de Roald Dahl.

Demasiado previsible. Ese sería el resumen de Mi amigo el gigante, una película cuya falta de tono y ritmo sorprende por venir de las manos de un director como Steven Spielberg y por ser su siguiente trabajo después de la brillante El puente de los espías.

Mi amigo el gigante tiene el aire de historia ya contada antes y desperdicia la oportunidad de sacarle todo el jugo al doble sentido que encierran todos los cuentos infantiles, las fábulas fantásticas sobre la pérdida de la inocencia. Spielberg opta por seguir un camino visual brillante como el de toda su filmografía, pero en el que se observan reiteraciones de contenido visual y narrativo que ya ha explorado con mayor acierto y pasión en ocasiones anteriores.

Creo que el caudal del propio director está ya agotado como referente del cine con niños y por eso cada vez que incursiona en temas más oscuros y de adulto, alejándose del territorio que ya ha transitado tantas veces, los resultados de su trabajo son mucho mejores. En esta ocasión le ocurre algo parecido a lo que ya le ocurrió en otro encuentro con una icónica fábula de la literatura infantil y juvenil, Hook (El Capitán Garfio): los resultados de su versión cinematográfica están bien servidos en lo visual, pero se resienten de una falta de ritmo: las imágenes están como deslavazadas, funcionan a nivel individual, pero no a nivel colectivo. Por ejemplo la caza de los sueños en Mi amigo el gigante es un auténtico pantano en lo que se refiere a ritmo, frena la historia, además de mostrar que a veces ese sentido visual de la maravilla que tiene Spielberg se va quedando anticuado, especialmente cuando se deja arrastrar por una arrebolada ingenuidad que no encaja con los tiempos actuales, ni siquiera con los espectadores infantiles de la actualidad. Me parece significativo que vista hoy, E.T. filmada a principios de los años ochenta del siglo pasado, resulte mucho más moderna y actual que Mi amigo el gigante.

Es una lástima, porque en algunos momentos de la película –todo lo referido a los sueños y el vínculo de la niña y el gigante, el canibalismo de los gigantes, el rapto de la niña, la soledad del gigante, etcétera-, Spielberg parece estar rozando la frontera de inmersión en una mayor madurez para su relato sobre la pérdida de la inocencia y la búsqueda de la forma de recuperarla, temas interesantes, recurrentes en todos los cuentos infantiles, y que podrían haber dado muy buen resultado en esta ocasión caso de que hubiera querido desarrollarlos por ese camino en lugar de dejarse enredar en una fábula que parece hilvanada sobre el patrón de las producciones de Disney… pero sin ese lado oscuro que tienen los grandes clásicos de Disney. Parece que Spielberg sólo quisiera tomar de esa fuente de inspiración lo más ingenuo y menos perturbador, esquivando lo más complejo y oscuro, que obviamente es lo más interesante de clásicos Disney como Blancanieves y los siete enanitos, Pinocho, Peter Pan, Alicia en el país de las maravillas, etcétera.

Algunos de mis compañeros críticos opinan que la película remonta cuando aparece la reina, pero yo discrepo. En realidad, esa salida por la vía del humor es la fuga definitiva hacia lo superficial de la historia tomando referencia de los aportes más ligeros de Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift, en lugar de abundar y sacar partido a la parte más siniestra e interesante del encuentro de la niña y el gigante, el país de los gigantes, los sueños y las pesadillas, que está en la primera parte de la película, donde, dicho sea de paso, la escena de la niña y la ducha suena a acto fallido freudiano de Spielberg haciendo un guiño a la versión de King Kong dirigida por John Guillermin en 1976, con el gorila gigante “duchando” a Jessica Lange. Si añadimos a esa secuencia el encuentro privado del gigante y la niña en el país de los sueños, un territorio de lo prohibido, y la frase del guión sobre el sueño jorobanoches que acusa: “Mira lo que habéis hecho, no habrá perdón posible”, estamos en el mejor territorio para explorar los otros significados de las fábulas que estudió Vladimir Propp en sus estudios sobre los cuentos populares.

De manera que lo más interesante, si bien que también lo peor aprovechado por Spielberg en esta película, está en la primera parte, la parte que nos acerca a las fábulas tipo Blancanieves –sustituyan enanos por gigantes si les place-, Peter Pan –recuerden, el secuestro de la infancia y el miedo a la pérdida de la inocencia-, y Alicia en el país de las maravillas –el viaje al otro lado del espejo o de la realidad con ecos psicotrópicos como las persecuciones de “sueños” de la protagonista-, y no en la fase final más propia de esa fábula política a modo de distopía que es Los viajes de Gulliver, por mucho que ésta contribuya a darle más ritmo a la falta de ritmo, tono y tensión de la primera parte.

Miguel Juan Payán

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