La correspondencia ***

Julio 20, 2016
Una película de emociones que no consigue emocionar.

Fallido intento de Tornatore actualizando la fórmula epistolar a una historia de amor algo repetitiva. Historia de dos amantes a los que no les separa ni su diferencia de edad ni su procedencia de mundos distintos, sino finalmente la muerte, que no parece sin embargo capaz de impedir que prosiga su relación intensa y constante a través de las nuevas tecnologías, correos electrónicos, videoconferencias, dvd… La parte más interesante del relato, si bien no la más desarrollada por el director, aunque tanto él como el espectador acabe siendo plenamente consciente de ella, es ese esfuerzo casi épico del personaje de Jeremy Irons por mantener el contacto con su amada, una Olga Kurylenko que ejerce fiel y eficazmente como un poderoso cebo para que el espectador pique con esta historia de amor imposible. Tornatore elabora además una sucesión de planos de composición casi exquisita, que está por encima del empeño narrativo de este nuevo trabajo, por encima del guión, por encima de sus diálogos, con frecuencia pedantes, desprovistos de la necesaria frescura y de un sentido del humor que humanice a los personajes y propicie una mayor comunión del espectador con lo que se le cuenta.

La impresión general que produce la película es la de la maquinaria de un reloj que funciona y da la hora, cuyas manecillas se mueven con eficacia prusiana en un circuito de propuestas visuales cuidadosamente encuadradas, asentadas sobre una alternancia de simetría (en la ciudad) y paisajismo pictórico (en la isla), que nos atraen más que la propia historia de sus personajes, lastrada por su limitado recorrido como trama más propicia para el recorrido dramático de un cortometraje que para desplegarse en el formato de un largometraje que además es demasiado largo, porque se le va de tiempo a fuerza de insistir en el mismo tema con pertinaz sequía de acontecimientos que aporten algo nuevo al asunto central.

Resultado de todo lo anterior es que en algunos momentos la narración se hace muy pesada y a ratos acaba incluso cayendo en la trampa de lo poco creíble. Es también repetitiva. En su intento de mostrarnos el laberinto emocional y sentimental en el que vive la protagonista, acaba por perderse en un huerto de reiterados encuentros y desencuentros que pueden estar bellamente “pintados” con la cámara a través de la luz y la composición, pero no llegan a emocionar al espectador y nos dejan bastante fríos respecto a los sentimientos del personaje interpretado por Kurylenko.

Debo confesar que en algún momento de la proyección me plantee que si volvía a escuchar a Jeremy Irons decirle a Kurylenko “Darling” iba a empezar a darme cabezazos contra la pared para salir del bucle en el que me había metido Tornatore.

Entiendo, y valoro, el intento del director por jugar en la liga de la propuesta del amor contemplativo y escapar de la visceralidad obvia y melodramática de su aplaudido final de Cinema Paradiso para acercarse a una propuesta romántica más sobria, quizá más en la línea de esa obra maestra del asunto que nos ocupa que es Hiroshima mon amour, dirigida por Alain Resnais en 1959, pero se queda muy lejos de ello y tampoco alcanza a otro intento similar más resolutivo e interesante, sin alardes, Demolición, de Jean-Marc Vallée. El intento lleva a Tornatore al territorio de lo pedante.

Miguel Juan Payán

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