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Mejor que el anterior trabajo de Wooy Allen, Irrational Man.

Homenaje y sátira de una etapa de Hollywood, pero también de una manera de entender el cine del propio Woody Allen, que se parodia a sí mismo con elegancia en esta aparentemente sencilla pero en realidad muy elaborada fábula romántica.

El zoom in sobre el representante interpretado por Steve Carell al principio del relato es ya toda una declaración de principios del director sobre el tono dinámico de parodia desinhibida que piensa aplicar a esta peripecia sentimental donde, como veremos, anida también una mirada sobre su propio pasado como director no exenta de nostalgia pero teñida con el sarcasmo de la edad y la experiencia. Además el director nos invita claramente a ser testigos de esa especie de ajuste de cuentas consigo mismo, con su cine, con su manera de entender y contar el romance cinematográfico a través de esos testigos mudos pero muy presentes en el plano en dos encuentros clave de la pareja protagonista, el primero con un tipo bebiendo en el que se centra de pasada en la primera cita, el segundo en el reencuentro, años después, con un tipo sentado en una mesa y comiendo al fondo del plano, ocupando una posición central en el plano que ejerce casi como nuestro propio reflejo dentro de la pantalla, como si miráramos a un espejo. Curiosa manera de meternos como testigos ene l centro de esos momentos privados de comienzo y recomienzo del romance, resuelta con zoom in y zoom out y con montaje rápido y contundente como el diálogo y la atropellada y nerviosa forma de hablar del protagonista.

Dicho sea de paso, Jesse Eisenberg cae en la misma trampa que todos los alter-ego de Woody Allen delante de las cámaras, la aparentemente inevitable tentación de imitar al director cuanto ejercía también funciones de actor.

El ritmo que le aplica Allena esta película coincide con el de la manera de narrar en el Hollywood de la época que retrata, del mismo modo que coincide con ese estilo del cine clásico americano los movimientos de cámara, esa luz de las velas, el guiño a las escenas playeras tipo De aquí a la eternidad o el musical Melodías de Broadway 1953 con el paseo por Central Park, con los protagonistas llegando a lugar en coche de caballos como una especie de eco de Fred Astaire y Cyd Charissse en la película de Vincente Minnelli, a lo que hay que añadir el encuadre de ese plano de captura del guardia de seguridad por la banda del hermano del protagonista que recuerda un momento de El abrazo de la muerte de Robert Siodmak, clásico del cine negro. Pero al mismo tiempo me parece muy interesante cómo Allen, astutamente, convierte esos homenajes en motivos de carácter diegético que le permiten hacer un guiño dentro del guiño sobre la mentira fantástica que es el cine. Un ejemplo de ello es la secuencia de las velas en el apartamento del protagonista, cuando se va la luz.

Es interesante reparar en cómo entra y cómo sale Allen de cada secuencia siguiendo cuidadosamente la situación emocional y el momento en que se encuentra cada personaje en su propia subtrama. Un buen ejemplo de ello es el personaje de Steve Carell, al que al principio siempre muestra escondido y conspirador, o el tratamiento que le aplica al personaje de Kristen Stewart como “la” mujer, y al protagonista, Eissenberg, como eco y alter-ego del propio Allen… Ella me hace pensar en Diane Keaton como ideal de Allen.

Todo lo anterior plantea una pregunta ante esta película: ¿Es Allen un nostálgico que mira un pasado del cine que es al mismo tiempo su primer encuentro juvenil con el cine, y por tanto su propia juventud a través de la manera en que veía y disfrutaba de su descubrimiento del cine clásico? ¿Es además la película una especie de sardónico ajuste de cuentas de Nueva York con Los Ángeles? Creo que hay una buena ración de ambas cosas en la película. Creo que Woody Allen se ríe de sí mismo y de los apuntes filosóficos de su filmografía a través del personaje del cuñado del protagonista y cierra ese chiste con la lapidaria frase que la hermana le escribe al joven empredededor: “La vida hay que vivirla como si fuera el último día. Y algún día lo será”.

Posiblemente esa frase sea la clave de toda la película y del emotivo tono de paródica reflexión sobre la memoria y el pasado que la preside. Y creo que ese “encuentro” no físico, sino mental, de los dos amantes al final es un homenaje al encuentro del propio Allen con sus películas, y posiblemente con aquella musa que en mi opinión sigue reinando sobre todas las que le han acompañado a lo largo de su carrera, Diane Keaton, porque sospecho que hay mucha autoparodia relacionada también con la ajetreada vida sentimental del propio Allen, con ese chiste sobre Errol Flynn y la edad de su última “conquista”…

Veo a Woody Alen mucho más cómodo y jugando en el terreno que mejor domina en Café Society.

Miguel Juan Payán

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©accioncine

Modificado por última vez en Lunes, 05 Septiembre 2016 09:44
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