El ingenioso Adam Wingard (The Guest) rescata la esencia subjetiva de El proyecto de la bruja de Blair, y orquesta con ella una secuela que supera en suspense y terror psicológico a su precedente cinematográfico.

Hace veintisiete años, El proyecto de la bruja de Blair marcó un hito en el género del terror con su propuesta rompedora, a base de mucho efectismo visual y poco contenido realmente explícito. Daniel Myrick y Eduardo Miguel Sánchez-Quirós consiguieron levantar con esos ingredientes una cinta de limitado presupuesto, que funcionó en las salas por su capacidad para crear estados de histeria colectiva, padecidos voluntariamente por hordas de espectadores dispuestos -desde el comienzo de la desenfocada historia- a sentir los escalofríos un tanto incoherentes de los protagonistas.

Transcurrido el tiempo, Adam Wingard recupera el aliento pretérito del celebrado largometraje, e introduce nuevamente a una partida de jóvenes incautos, en medio de las telúricas Colinas Negras: situadas en Burkittsville, Maryland.

En esta ocasión, la trama arranca con un vídeo de Internet, en el que se ve lo que parece el rostro de un espíritu. Las imágenes son publicitadas como las últimas recogidas por Heather Donohue y sus amigos, momentos antes de desaparecer hace algo más de un par de décadas. Tal hallazgo anima a James, el hermano pequeño de Heather, a promover una operación de rescate, con el fin de aclarar lo sucedido a su pariente.

Acompañado de su amigo de la infancia, la novia de éste y una documentalista obsesionada con el caso, los chicos se adentran en el bosque al lado de la pareja que localizó el mencionado vídeo. Mientras el equipo recorre los bosques durante el día, el guion se encarga de potenciar el posterior clímax terrorífico, con un sinfín de leyendas sobre los asesinos que poblaron el siniestro lugar en el pasado. Todo un caldo de cultivo que sirve para prologar argumentalmente la pesadilla nocturna que se avecina.

Wingard acierta a la hora de construir un cuadro de personajes mucho más completo que el elaborado por Myrick y Sánchez para El proyecto de la bruja de Blair. Esto le da pie para empatizar con los espectadores, quienes sienten la vorágine sobrenatural mucho más cercana que en el filme de 1999.

Sin embargo, el cineasta y su equipo también son conscientes de que deben ir más allá que la movie de los noventa. Y por ello no dudan en potenciar audiovisualemente el ecosistema desplegado para generar los escalofríos, centrado sobre todo en el desconcertante decorado donde transcurre el argumento. El uso de cámaras subjetivas, dispuestas en multitud de ángulos, y de una banda sonora que se limita a gritos, gruñidos, respiraciones aceleradas y golpes conforman el eje que soporta la evolución narrativa.

A través de esos dispositivos de manipulación, el responsable de la interesante Tú eres el siguiente consigue no traicionar la norma de mostrar sólo lo esencial, sin por ello perjudicar la percepción individual de la audiencia en el patio de butacas. Aunque en esta secuela, por lo menos queda constancia de que un ser se lleva los cuerpos de los protagonistas; aparte de ciertas apariciones reflejadas en espejos enmohecidos.

Jesús Martín

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Modificado por última vez en Lunes, 28 Noviembre 2016 17:00
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