Underworld: Guerras de sangre ***

Enero 12, 2017
Recupera algo del tono de las dos primeras entregas y es mejor que Underworld: el Despertar.

La guerra de los licántropos contra los vampiros alcanza un nuevo episodio en esta quinta entrega de la saga que es más entretenida que su precedente, aunque no consiga alcanzar la que sigue siendo la mejor entrega de toda la franquicia, la tercera película, en clave de precuela, Underworld: la rebelión de los licántropos.

Cierto es que Selene no tiene nada realmente nuevo que ofrecer como personaje. De hecho, en esta entrega está totalmente superada por la antagonista, Semira, interpretada por Lara Pulver, que es donde realmente se encuentra lo interesante de esta película. Sorprende lo poco que se curran los guionistas el papel de Kate Beckinsale, que en definitiva es el emblema de la franquicia, para que pueda dar la idea de evolucionar de un largometraje a otro. Por el contrario, Selene siempre es la misma, no ha cambiado desde el primer largometraje. Y eso es un lastre para la saga. Los mismos monólogos que se hacen cada vez más cansinos, las mismas escenas de acción en las que se ve poco o nada –me refiero a las del principio-, el mismo tema de las acrobacias con cable que se repiten de una película a otra… Selene está estancada en el mismo boceto de heroína de acción desde el primer largometraje.

Pero estas guerras de sangre tienen a favor a Lara Pulver, la actriz que interpretara una de las mejores, sino la mejor versión del personaje de Irene Adler en la serie Sherlock. Su encarnación de la antagonista, Semira, hace interesante y moderadamente solvente todo el entramado de intriga y conspiración que es el punto fuerte sobre el que se sujeta la trama de esta entrega. Su encuentro con el personaje del viejo vampiro Thomas interpretado por Charles Dance es más interesante y prometedor de lo que finalmente son capaces de advertir los responsables de esta película. Una lástima. Dance desaparece demasiado pronto y de forma demasiado previsible, cuando podrían haberlo aprovechado mucho más y mejor. En parte eso es consecuencia y pone de manifiesto una de las características de esta franquicia: el carácter episódico de cada entrega. Cada una de las películas de Underworld parece el capítulo de un serial, en lugar de un largometraje independiente, y todas ellas suelen contar con guiones que son poco más que un esbozo de situaciones y conflictos dramáticos muy ligeros utilizados como excusa para encadenar una frenética sucesión de secuencias de acción.

Pero incluso teniendo eso en cuenta, Guerras de sangre es más entretenida que El Despertar, y me ha recordado en algunos momentos la capacidad para funcionar como simple entretenimiento de acción que tenía esta saga en sus dos primeras entregas, aunque la novedad y la sorpresa de las mismas se haya extinguiendo. Los vampiros del norte, por ejemplo, son una aportación divertida que añade color al conjunto y al menos incorpora un elemento nuevo a la galería de personajes de la saga. Tampoco le sacan todo el jugo, y de hecho, la propia mutación o cambio de Selene pasa casi desapercibida.

El acierto que han tenido es que han asumido lo que no asumieron en El despertar, que lo más curioso e interesante de la serie es la propia guerra entre licántropos y vampiros. Aunque aquí tampoco acaben sacándole todo el partido que tiene, al menos recuperan ese conflicto como centro de la trama, en lugar de enredarse con subtramas románticas que no vienen al caso y aquí están escrupulosamente eliminadas o despejadas hacia ligeros flashbacks de episodios anteriores.

Es una lástima que en el final, en su intento por ser sugerentes e intrigantes, acaben por caer en una resolución confusa. Y es también un error que en su intento por contar muchas cosas a la vez, se vayan dejando por el camino personajes y tramas a medio desarrollar, o resueltas con una rapidez que las priva de su solidez, como por ejemplo en el caso del dúo entre vampira y licántropo que se solventa de manera precipitada. El que mucho abarca, poco aprieta, como suele decirse.

Funciona como pasarratos sin mayores aspiraciones. Evasión pura y dura y sin mucha reflexión. A veces eso también tiene su gracia.

Miguel Juan Payán

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