Corazón rebelde ****

Jesús Usero 07 Mar 2010

Hay películas pequeñas, sencillas, tranquilas, pero a la vez terriblemente poderosas al final. Sin que te des cuenta se te quedan dentro durante un largo tiempo, como una espina clavada, como algo propio. Son ese tipo de cine que, al final, casi nadie ve, pero es nominado en casi cada competición de premios, y gana varios de ellos de hecho. A veces sin merecimiento, otras como en este caso, con todo el derecho del mundo. Porque puede que sea una pequeña película, pero posee una gran historia, y de eso trata el cine, de contar historias, buenas historias. Corazón Rebelde tiene una de esas y la cuenta. Y la cuenta Jeff Bridges. Y hay razones para que la película se te quede dentro.

Hay razones que van más allá de la película y otras que se quedan dentro de la misma. Pero la principal de todas es su protagonista, un impresionante Jeff Bridges, en una de las interpretaciones de la década, cargada de fuerza, de patetismo, de orgullo, de tristeza... Ante nuestros ojos el personaje de Bad Blake deja de ser un personaje para convertirse en una persona de carne y hueso, algo que logra Bridges con una naturalidad pasmosa, como si fuese lo más fácil del mundo. Su forma de acercarse al personaje está lejos de aspavientos, de sobreactuaciones, de hacer excesivo al personaje como tantos otros habrían hecho. Es una manera de actuar honesta y sincera que en determinados momentos te deja sin habla, maravillado, hipnotizado. Su nominación al Oscar no sorprende a nadie, como tampoco lo hará si gana este domingo, porque, si realmente se requiere una interpretación auténticamente memorable para ser considerado un grande (algo que parece ser la gente ha olvidado de este grandísimo actor), aquí da un recital que debería ser estudiado en las escuelas de arte dramático. Su transformación física, sobre todo en versión original donde se puede disfrutar de su voz y su acento sureño, de su desgarradora forma de interpretar la música como vive la vida, su modo de caminar y su presencia en pantalla, tan diferente cuando está en un cuartucho de motel de cuando se sube a un escenario... Pero sobre todo sus silencios. Hay momentos mágicos en los que una sola mirada de Bridges valen por toda una película. Sobre todo en el descenso a los infiernos del personaje, en su caída en el olvido y la desesperación.

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Porque, a fin de cuentas, de eso es de lo que trata Corazón Rebelde, una historia clásica de descenso a los infiernos, de personaje sumido en una espiral de autodestrucción dispuesto a acabar, sin casi saberlo, consigo mismo, con todo lo que es y lo que puede ser. Bad Blake, ese viejo músico de country (¿existe una música mejor para narrar la historia de un perdedor?), al que las oportunidades se le agotan y que solo encuentra consuelo en el fondo de una botella de bourbon. El cine ha sabido dar cabida de forma magistral a los perdedores, y en este caso vuelve a hacerlo con elegancia y solvencia. Sobre los hombros de un actor en estado de gracia que nos hace sentir como este perdedor en esa carretera solitaria que parece tener una sola dirección. Todo queda resumido en una de las primeras frases de Bridges cuando entra en el siguiente sitio donde debe actuar y se da cuenta de que es una bolera y, mezcla de cansancio, resignación, tristeza y homenaje a El Gran Lebowski (otra de las grandes interpretaciones del actor), se queja sobre estar en otra maldita bolera de nuevo. O la llamada telefónica a su hijo, simplemente sobrecogedora.

Claro que no está solo, y aunque la historia se centra por completo en él, la visita de otros personajes en el camino nos hacen comprenderle y aceptarle mejor. Destacan tres nombres entre la multitud, aunque algunos personajes y actores casi desconocidos están magníficos también (el pianista de una noche, el dueño de una tienda de licores, la mujer que intenta ligar con Blake en el descanso de una actuación). Pero es en Colin Farrell como el alumno que ha superado al maestro y ahora disfruta del éxito, pero con un gran cariño hacia aquél, pese a la amargura que Blake parece tener en su contra. Sus escenas juntos son una delicia y recuerdan la relación con el hijo adulto de Blake al que no llegará a conocer. Robert Duvall casi roba la película en un par de secuencias. Dechado de sabiduría y de inteligencia como actor, su mirada llena la pantalla tanto como la de su compañero. Y Maggie Gyllenhall está impresionante como el interés romántico del protagonista, como su oportunidad de redención (además, con perdón, pero qué bien llena esa mujer unos vaqueros). Esa madre soltera está en otra encrucijada de su vida que deberá resolver con o sin Blake. Quizá el problema es que la química entre ambos, entre los dos personajes o los dos actores, no llega a ser evidente, no parece del todo creíble. No es que individualmente no estén geniales, es que juntos no hay una chispa evidente de lo que surge entre ellos.

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El casi desconocido Scott Cooper sirve como hombre orquesta, director, guionista, productor... Y lo hace con elegancia, con conocimiento de causa, con un enorme gusto por el paisaje y por sus personajes, dejándoles fluir y sin perder el ritmo de la cinta en ningún momento. Con un buen gusto exquisito y una iluminación crepuscular que acompaña el camino a todas horas. Quizá el mayor punto negro de la película es que no existe ninguna sorpresa, todo sigue el patrón de lo previsible, aunque perfectamente narrado. No hay sorpresas. Sí algún cabo suelto, pero así es la vida, no todas las historias se cierran, algunas continúan a lo largo del tiempo. Sin finales ni felices ni tristes, simplemente abriendo puertas. Lo que importa no es le final, sino el camino recorrido. Y es un camino que hemos visto muchas veces.

Eso sí, que nadie se sorprenda si Bridges gana el Oscar. Sería lo más lógico.

Modificado por última vez en Lunes, 08 Marzo 2010 07:43
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