El arte de la amistad ***

Stanley Tucci filma una respetuosa película respecto a la relación amistosa mantenida entre el creador Alberto Giacometti y el crítico de arte James Lord.

Las personalidades de los genios del Arte suelen ser huidizas, y difíciles de trasladar a la pantalla grande en todo su rigor psicológico. Cualquier pintor o escultor suele afrontar la aventura de vivir a través de su trabajo, mientras que su comportamiento en la realidad está mediado por las máscaras que habitualmente asume cualquier individuo frente a la sociedad.

Alberto Giacometti no fue una excepción a esa regla común a los dotados con el don de la plástica inmortal. Por ello, ¿quién puede estar seguro de que las percepciones que creyó atisbar James Lord, durante las sesiones en las que el artista suizo compuso el famoso retrato del crítico de arte en 1964, eran suficientes para imaginar el interior de un hombre tan complejo y opaco como AG?

La respuesta a esta pregunta queda en el aire de las reflexiones incontestables, pero a Stanley Tucci le ha valido con empaparse del texto de James Lord para concebir un Giacometti escurridizo, inseguro, neurótico, acelerado, perfeccionista y excelso: un tipo emulsionado por su entrega hacia las figuras que poblaban su estudio de escondrijos insondables, y de materiales corpóreos.

Tucci se acerca a la personalidad del maestro helvético con una especie de recelo a ser demasiado arriesgado en su propuesta, y se contenta con permanecer en el envoltorio de un ser laberíntico e irreductible. Para esa asfixiante tarea de dotar de vida al inolvidable surrealista y expresionista, el director entrega los honores absolutos del filme a la esforzada caracterización de Geoffrey Rush, quien pone físico y palabras a un papel tocado por un halo de bohemia forzada, que parece algo artificiosa.

El oscarizado intérprete de Piratas del Caribe se deja inspirar por las impresiones descritas en el libro de Lord sobre el comportamiento del maestro de la plástica, y asume su actuación como si se tratara de un espejo en el que está prohibido salirse de las imágenes y de los documentos audiovisuales más difundidos respecto a la personalidad de Alberto Giacometti.

Ante la imposibilidad de introducir el bisturí de la cámara más allá de las meras apariencias dentro del artista suizo, Stanley Tucci acierta al presentar el contrapunto del papel de Rush: centrado en la desconcertante colaboración de Armie Hammer, en la piel de James Lord.

Sin embargo, la sensación de que el guion se queda en el mero esbozo vuelve a surgir en el diseño del crítico de arte. El libreto no da más pistas sobre el personaje de Hammer de las que se obtienen a través de los múltiples encuentros del experto con el pintor, y que resultan escasos para construir el rol de un individuo de carne y hueso.

Pese a las dificultades para concebir un retrato más singular de los protagonistas, en lo que acierta Tucci es en narrar la película con un ritmo cansino y reiterativo: una solución que reproduce a la perfección las interminables sesiones que Lord tuvo que soportar durante semanas, solo para contentar el ansia creativa de Giacometti.

Jesús Martín

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Modificado por última vez en Martes, 26 Diciembre 2017 13:01
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