Alicia en el pais de las maravillas ****

Miguel Juan Payán 15 Abr 2010

Tim Burton nos propone la posibilidad de perseguir al conejo blanco con una nueva Alicia en muchos aspectos más madura e interesante que sus predecesoras.

Siempre que pienso en los cuentos adaptados por Disney me acuerdo de algo que me dijo Guillermo Del Toro hablando sobre El laberinto del fauno: que tienen un puntito siniestro francamente inquietante. De hecho, por eso a él le gustan más que los dibujos de la Warner Bros., que son mis favoritos, no obstante lo cual reconozco que tanto el largo en dibujos animados de Pinocho como Alicia en el país de las maravillas siempre se me han antojado como dos buenas muestras principalmente de fábulas de terror.

Por eso ahora que Burton le ha hincado el diente al personaje y los paisajes de la obra de Lewis Carroll me alegro de que por fin alguien muestre los tintes más siniestros de la misma en una mezcla de imagen real y animación que además consigue meternos de cabeza en ese inframundo de pesadilla francamente inquietante al que la interpretación del Sombrero loco de Depp otorga si cabe tintes aún más oscuros, en tanto que la supuesta villana de la función, la Reina Roja interpretada por Helena Bonham Carter está tejida con astucia para aportar algunos de los momentos más hilarantes de la película, a poco que uno sea aficionado al humor negro.

Bonham Carter me parece por otra parte uno de los grandes aciertos de esta versión, campeona absoluta en esta ocasión del duelo de bizarría que mantiene con Depp en el ejercicio de ambos como actor y actriz fetiches del director. Su trabajo tiene además el mérito añadido de ser un híbrido de interpretación del actor de carne y hueso y modificación o manipulación informática, un hándicap, más que una muleta de apoyo, si bien algunos poco versados en el arte de la interpretación pueden caer en la trampa de pensar que a  la actriz le dan un  empujoncito tecnológico incrementándole el tamaño de la cabeza. Nada más lejos. Depp lo tiene más fácil maquillándose y ataviándose estilo pintura de acuarela que ella llevando a cuestas la parafernalia de los efectos visuales.

Otros dos aspectos que me han gustado de la película son las representaciones de la Reina Blanca y la Sota de Corazones. En ambos casos, como en el resto de los elementos presentes en la película, porque tocan una fibra siniestra muy interesante. En el caso de la Reina Blanca el director nos propone una sátira de las princesas, hadas y demás fauna femenina estilo Disney que está a la altura de sus mejores y más desternillantes logros en Marte Ataca. A Anne Hathaway, la “cenicienta” moderna que se las vio con la “madrastra”  Glenn Close en El diablo viste de Prada y acabó convertida en una de las estrellas más pijas de la comedia romántica de hoy en día le viene muy bien este paseo por el lado oscuro en el que Burton no ahorra vitriolo para ponerla en su sitio. Si la actriz es lista (y seguro que lo es mucho más que los babosos personajes de fémina a la espera del macho alfa que suele interpretar en el cine), le estará tremendamente agradecida por la oportunidad.

Lo mismo podría decirse de Crispin Glover, que con su versión de la Sota de Corazones elabora uno de los villanos más completos del cine reciente, al que reconocemos en sus debilidades humanas, que resulta más patético que temible, en la línea de la galería habitual de monstruos y criaturas siniestras que suele manejar el director, pero con quien no podemos evitar identificarnos cuando finalmente se enfrenta a un destino ciertamente poco apetecible…

El alto octanaje del combustible aportado a esta versión burtoniana de la obra de Lewis Carroll  por estos actores y personaje tiene sin embargo un efecto adverso en lo referido al trabajo de Mia Wasikowska, que ante tal despliegue queda un tanto sosa en su papel de Alicia (aunque yo más bien creo que, como en el caso de El mago de Oz, lo que pasa es que la criaturita siempre fue sosa ya como personaje, aunque Alicia siempre me pareciera menos mema que Dorothy dando zapatazos con los chapines colorados por el camino de baldosas amarillas).

El caso es que Wasikowska es una buena actriz, pero los “monstruitos” se la devoran con patatas sin despeinarse, y, claro, hay cierto desequilibrio acentuado con ese arrebato épico final que le da a Burton con una batallita exigida por lo comercial pero prescindible por todo lo demás, y anodina, porque ni estamos en El señor de los anillos, ni a esas alturas del cuento queríamos estar en El señor de los anillos.

El desenlace de esta Alicia es, precisamente por esa épica un tanto forzada y fuera de juego, algo parecido a lo que era la batalla en el desenlace de El planeta de los simios. Parece como si se la hubieran impuesto (o se la hubiera impuesto el propio Burton).

En cuanto a la manera en la que Burton se monta su propia microversión de Orgullo y Prejuicio, es un guiño astuto para otorgarle a la trama de Alicia un valor añadido de corte histórico y social mostrando, siquiera brevemente, cómo se las gastaba la sociedad británica con las féminas en la Era Victoriana, y de paso reitera el mensaje que Burton lleva lanzando en su filmografía desde hace años: los verdaderos monstruos son aquellos que presumen de ser normales y alardean de ser civilizados.

Miguel Juan Payán

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Modificado por última vez en Miércoles, 05 Mayo 2010 09:06
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