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Crítica de la película La casa de Jack de Lars von Trier

Lars von Trier narra, con brillantez y un exceso de simbolismo visual, los pensamientos y acciones de un asesino en serie.

El nuevo trabajo del cineasta danés de Rompiendo las olas viene a ser como una bofetada contra la indiferencia, justo como la mayor parte de los títulos que conforman su solvente y radical filmografía. A largo de las más de dos horas que dura el metraje de La casa de Jack es imposible esconderse de la bestialidad con la que el protagonista ejecuta a cada de sus víctimas, seleccionadas para que cuadren en la estructura teatralizada del argumento; número de asesinatos que también se explica por la confesión que el serial killer hace ante alguien llamado Verge (alter ego supuesto del Virgilio de La Eneida, y del guía a los infiernos de La divina comedia, de Dante).

Las persistentes y gratuitas escenas de fría y brutal violencia conforman un ejercicio más existencialista que meramente psicoanalítico, donde Jack (el ingeniero homicida que sueña con elevar una casa en una parcela desnuda) describe con todo lujo de detalles sus más recónditas obsesiones. Y lo que surge es un tapiz macabro de imágenes y palabras, que el personaje despliega a través de la muerte de una mujer con el gato de su coche; el estrangulamiento de una pensionista en su propia casa; o el tiroteo con un rifle de mira telescópica contra dos niños y su madre. Una simple muestra de las numerosas personas a las que el protagonista aniquila, sin el más mínimo sentido de la compasión o de la conciencia moral; solo porque se considera un tigre destinado a alimentar su naturaleza como cazador de presas inocentes.

Dividida en “incidentes” (término con que el guion describe cada uno de los crímenes), la cinta sigue una senda agresiva y directa hacia un desenlace simbólico y etéreo, muy en la línea de Fausto, de Goethe, y de la ya citada La divina comedia. En esa espiral discursiva, Von Trier aprovecha para encadenar opiniones individualizadas y cuestionables sobre los asuntos más diversos, que van del Arte a la religión, del Nazismo al Fascismo italiano, del sentido del Gótico a la inspiración de la arquitectura del Tercer Reich. Sin olvidar un apartado dedicado a la violencia presente en las películas, para lo que exhibe una serie de escenas sacadas de algunas de sus propias obras; tales como Anticristo, Dogville y Melancolía. Sin embargo, el director danés efectúa ese análisis desde la óptica del desquiciado personaje de Jack; lo que mediatiza cada una de las reflexiones que este hombre discute con el interlocutor denominado Verge (voz de la inexistente conciencia del serial killer).

Ante semejante material malsano y paródico, Matt Dillon consigue una interpretación más que meritoria, en la piel del hierático y sanguinario protagonista. Una caracterización que obtiene su justo equilibrio con la serenidad asumida por el papel de Bruno Ganz, dentro del frágil cuerpo del perseverante Verge. Este planteamiento hace que la construcción del engranaje dramático e interpretativo sea quizá el elemento más efectivo de la película; ya que los demás ingredientes dejan constancia de estar ante un filme que pierde intensidad, debido a su ambición por llevar al espectador demasiado lejos a nivel espiritual y metafísico.

Resulta casi inevitable comparar La casa de Jack con El fotógrafo del pánico, El estrangulador de Boston y Frenesí; pero en esos clásicos del Séptimo Arte, la posibilidad de escapar de la barbarie era un punto a favor en el momento de restar tenebrismo al mensaje final. Una vía de reconciliación con la humanidad que Lars von Trier elimina sin contemplaciones, para sumir la historia en una oscuridad asfixiante e incómoda.

Jesús Martín

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©accioncine 

Modificado por última vez en Jueves, 03 Enero 2019 21:58
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Jesús Martín

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