La tragedia de Peterloo ★★★

Crítica de la película La tragedia de Peterloo

Mike Leigh devorado por los discursos en la primera parte de la película, remonta en la segunda.

Interesante reconstrucción histórica de la masacre de Peterloo, o lo que los periódicos británicos de la época denominaron “Waterloo en casa”, una cadena de despropósitos que desembocó en la represión brutal de una pacífica reunión de trabajadores de Manchester que se habían congregado para reclamar el voto.

El tema encaja en los intereses de cine social, reivindicativo y de denuncia del director, y en general es una recreación de los acontecimientos ocurridos en 1819, pero peca de un exceso de discurseo y declamación en su primera parte que si bien puede estar inspirada o en consonancia con las propuestas de Eisenstein en La huelga, carece de la fuerza visual que el maestro soviético imprimiera a su cine a través del montaje, el ritmo, la experimentación vanguardista con las imágenes. Mike Leigh prefiere trabajar sobre la fotografía, en lugar de sobre el montaje, proporcionándole a su película algunos planos de poderosa evocación pictórica, por ejemplo los que definen visualmente el personaje más interesante de todo el relato, la madre que recibe a su hijo superviviente de la batalla de Waterloo.

El tratamiento de la luz define mejor, hace más interesantes y humaniza a los trabajadores y sus familias. Pero eso no es suficiente para equilibrar el encadenado de discursos de la primera mitad de la película que arrolla y devora las imágenes, produciendo incluso cierto sopor, por previsible y repetitivo, en el arranque de la trama.

Otro asunto que desconcierta bastante es ese interés, empeño absoluto del director, por otorgarle un papel de hilo conductor al papel del joven soldado que vuelve de la guerra, para hacerlo desaparecer posteriormente durante la mayor parte de la trama, para recuperarlo en última instancia, en las escenas de masacre que dan título a la película, haciéndole servir como cierre del relato. Esa desaparición del soldado Jonathan, que en otras circunstancias bien podría haber servido como puente entre el espectador y los acontecimientos históricos, como nuestros oídos y nuestros ojos dentro de la trama, desde una mirada de perplejidad ante el duelo entre la violencia y la razón que es epicentro de la historia, acaba siendo víctima de una mala organización de protagonismos en conflicto, siendo barrido ese personaje por la entrada de Rory Kinnear en el papel de Henry Hunt.

De manera que en su arranque, con tanto discurso, tanto diálogo metiendo ideas con cucharón, le queda a Leigh una primera parte de su película muy de busto televisivo parlante, salpicada no obstante con algunos planos generales de inclinación más pictórica y con la parte más interesante que rodea a esa madre y su familia.

Y otro problema es la obviedad en la manera de exponer el discurso de lucha de clases, que roza lo panfletario, con ese montaje en paralelo de las bucólicas imágenes del soldado que regresa a casa con síndrome postraumático, solo, arrastrándose, enfrentado a las que muestran cómo en el parlamento premian a Wellington por haber vencido a Napoleón con una paga que contrasta doblemente con el mundo de pobreza a que se dirige el joven corneta de regreso a su hogar.

En la obviedad peca también la película al describir los personajes antagonistas, que no obstante tienen más papel y presencia en pantalla que los obreros. Son pura caricatura, tanto en su verbo como en su apariencia, todo ello reforzado por las interpretaciones. Son puro exceso, y así pierden solidez por la vía de lo maniqueo. El máximo exponente sería el personaje del príncipe regente interpretado por Tim McKinnerny.

Pero con la entrada de Kinnear como Henry Hunt, la cosa se anima. Entra la película en una fase más activa a medida que se van dando los pasos que acercan la tragedia, con Leigh describiendo los enfrentamientos internos entre los manifestantes, la situación de las mujeres frente al sindicato de los hombres, la porfías entre Hunt y el resto de reformistas de Manchester que pretenden subirse, literalmente, a su carroza en una absurda lucha por el protagonismo en el movimiento democrático. Es en ese momento cuando la película empieza a merecer la pena y finalmente engancha. Lástima que para entonces estemos ya agotados de tanto discurso.

Miguel Juan Payán

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Revista ACCION

Modificado por última vez en Martes, 07 Mayo 2019 18:08
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Miguel Juan Payán

Profesor de Historia del cine, Géneros cinematográficos y Literatura dramática

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