Crítica de la película Aladdin

Buen entretenimiento familiar. Guy Ritchie dirige una actualización sólida de la película de animación.

Quienes, a tenor de alguna que otra campaña en internet, anunciaban catástrofe para esta película, se han colado. O al menos esa es la impresión de quien esto escribe.

Visto el resultado del trabajo de Guy Ritchie con la adaptación en imagen real de la película de animación Aladino,  e independientemente del afecto, teñido de nostalgia o no, que cada cual pueda tener por aquella otra producción, la propuesta de comedia musical que nos hace ahora la versión en imagen real funciona bien, cumple sus objetivos, y consigue puntuar positivamente en los aspectos más cuestionados a priori.

Primero: Will Smith versus Robin Williams en el papel del genio. No hay “versus”, y eso es lo acertado. Smith elabora su propia versión del Genio ajustándolo a unas condiciones como actor de comedia que tenía algo abandonadas en los últimos tiempos en casi todos sus proyectos, a la caza de la medalla de “nuevo astro del cine de acción” o tras la pista de un Oscar viajando por el sendero de lo dramático. Smith ha sabido leer desde el primer momento con inteligencia lo que podía aportarle él al personaje y lo que el personaje podía aportarle a él. Y ha entendido, como el propio director, que no se trataba de intentar emular a Williams porque, para empezar, los dos están trabajando con materia prima diferente.

Seamos serios: nunca hubo competencia entre Smith y Williams. Porque para empezar, Williams trabajó al genio como criatura de animación, y en las exigencias de tal circunstancia puso todo su talento y empeño. Smith ha trabajado con una forma de desarrollar y entender que su interpretación no era la de un dibujo animado, sino que debía servir a un concepto distinto de la animación en simbiosis con la imagen real, lo que claramente le permitía imponer su propio estilo. Y lo hace con éxito. Es lo mejor de la película. Y sin que en ningún momento sea justo, o lógico, intentar establecer comparaciones con el trabajo de Williams, porque simplemente, por decirlo de una manera sencilla, están jugando a deportes distintos.

Otro punto de posible cuestionamiento de esta versión en imagen real, los personajes de Jasmine y Aladdin, está bien resuelta por los actores encargados de convertir en carne y hueso a los populares personajes de animación. Además la película en imagen real ejecuta un curioso giro estableciendo un mayor protagonismo de planos y tratamiento visual para Jasmine, e incluyendo un tema musical nuevo en la línea de “empoderamiento” femenino que aunque resulte demasiado obvio y poco sutil, incida en un subrayado excesivo de un tema que ya está expresado en toda la película y no parece necesitar tal refuerzo, porque “es” el “tema” de la película, me parece que es el mejor de toda la propuesta musical de esta comedia con canciones y bailes. Naomi Scott puede lucirse y demuestra con ese tema por qué merece la pena ir a ver esta película en su versión original. Guy Ritchie pone todo el énfasis en la figura de Jasmin en lo visual, aunque en lo argumental, y siguiendo el título del largometraje, sea finalmente Aladdin el que resuelva el conflicto al final, en un desenlace que me hace pensar que podrían haber sido más sinceros y titular la película Jasmine, reconociendo ese giro hacia el protagonismo femenino que hace que sea incluso más destacado el trabajo de Mena Massoud en el papel de Aladdin, empeño nada fácil porque argumentalmente y de nombre, es el protagonista, pero no de facto. Y Massoud resuelve bien el empeño.

En lo negativo, no se puede decir lo mismo del personaje de Jaffar. Tópico. Esquemático. Muy lejano de lo esperado. Un antagonista para salir del paso que solo tiene una escena, la que comparte con el Aladdin secuestrado en el desierto, donde realmente parece que podría alcanzar algo de solidez como personaje, si bien pronto se desvanece el espejismo y queda sometido al uso más previsible de amenaza anodina, desdibujándose a medida que avanza la trama.

El otro punto negativo es que se demuestra una vez más esa especie de fórmula repetitiva de argumento para transmitir una serie de ideas y valores de manera simplista que anidó en las producciones Disney años ha y empieza a ser demasiado obvia y previsible para que realmente las historias puedan tener algo de vida y personalidad, en lugar de ser una copia de copia de copia de lo ya narrado.

Las motivaciones de los personajes, los aliados reclutados como grupo de apoyo social sustitutivo de la familia, los padres amorosos y temerosos que sobre-protegen a sus hijos, los héroes y heroínas que tienen que encontrar su camino en el mundo, las amenazas de rechazo social, la búsqueda de la amistad y el amor verdadero… Son temas recurrentes de todo argumento universal, pero en las producciones Disney cambian tan poco en su presentación de una película a otra que empieza a ser difícil no   ser asaltado durante la proyección por imágenes de otras propuestas, de manera que es fácil poner al padre de La Sirenita en el papel del padre de Jasmine, al dragón parlanchín de Mulan en el papel del simio ladrón o del Genio, alternativamente, dependiendo del momento,  o hacerse un combo y resumirlos todos ellos con cualquiera de los personajes del Rey León…

Es la misma rueda, girando siempre por el mismo camino previsible de acontecimientos y sin arriesgarse lo más mínimo a cambiar la fórmula.

 

Miguel Juan Payán

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Modificado por última vez en Miércoles, 29 Mayo 2019 07:42
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Miguel Juan Payán

Profesor de Historia del cine, Géneros cinematográficos y Literatura dramática

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