Biutiful ***

Tienen los universos de Alejandro González Iñarritu (o el universo, porque al final todo cae siempre en el mismo saco), a mi modesto modo de ver, algo que los hace ciertamente incómodos de ver. No porque me estén revelando verdades terribles que no quiera admitir. Sino porque a veces de puro traumáticos resultan excesivos. Abrumadores pero no en el buen sentido de la expresión. Cargantes, pesados, cansinos si lo prefieren. Todo es tan negro, que muchas veces uno acaba por no ver nada.

Porque en el mundo del director mejicano, las cosas siempre pueden ir a peor. A mucho peor. Cuando piensas que los personajes han tocado fondo y que el mundo se ha despedazado hasta el límite, el director te muestra que aún se puede caer más abajo. Que aún se pude sufrir más. Y es esa pasión por el sufrimiento ajeno, por estudiarlo como si se tratase de un experimento científico, lo que me saca de una película. En Biutiful, además, parece llevar este teorema hasta el extremo.

La historia de la película es la de un padre en la parte más humilde y depresiva de Barcelona, esa que no sale en los anuncios porque nadie quiere que pensemos que las grandes urbes tienen barrios así, que un día descubre que tiene cáncer y va a morir. No es que el personaje vea la luz e intente cambiar su vida (es un golfo que vive de lo que venden los inmigrantes por la calle), simplemente vemos cómo intenta tristemente despedirse y dejar un futuro a sus hijos.

Pero, claro, si aquí todo el mundo es opresor brutal u oprimido sin respuesta, en la versión más canalla y salvaje que se pueda experimentar, si no hay grises ni términos medios, si todo es extremo (excepto el personaje protagonista) y sólo quedan locos, enfermos o abusadores en el mundo, mejor que alguien apague las luces y nos vayamos todos al cuerno. No se trata de optimismo, sólo de ver que en la calle hay mucho desgraciado, pero también mucha gente corriente que lucha y trabaja y sueña, con vidas grises en este triste mundo gris. No todo el mundo se muere, literalmente, de cáncer.

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Porque, por supuesto, el protagonista tiene una enfermedad completamente incurable, los policías todos son corruptos, todos los inmigrantes viven en comunas y venden su alma por cuatro perras, y si encima eres opresor, tranquilo, que seguro te cae la desgracia de ser homosexual oculto en el armario en una sociedad que te colgaría si descubriese la verdad… Todo está llevado un punto más allá de lo elegante (a la hora de narrar) hasta el exceso, lo que en muchos casos lleva a desconectar y olvidar lo que estás viendo.

Hay una subtrama en la película, la de los inmigrantes chinos en el taller ilegal, que es perfecta para entender a qué me refiero. Cuando crees que lo peor ya ha pasado, Iñarritu te demuestra que aún se puede pasar peor, incluso los muertos no llegan a descansar nunca. Creo que hasta en las peores de las miserias, la gente busca motivos para sonreír, hasta con los detalles más nimios. Y de eso nunca hay, o hay bien poco, en Biutiful y en el cine en general de este director. No sé si será sadismo o masoquismo, si es que se siente ejecutor o partícipe de tanto dolor, pero algo nunca termina de encajar.

Y mira que Biutiful tiene mimbres de gran película. Entre ellos un Javier Bardem colosal, único, magistral, dando vida a un padre que vive de trapicheos varios, con dos hijos al cargo, una ex mujer depresiva y a la que aún ama y un hermano que tiene más peligro que él. Y él se empapa de ese papel, de ese héroe de novela en busca de redimir algunos de sus pecados, incapaz y enfermo. En cierta medida recuerda al magistral papel al que el actor dio vida en la no menos magistral Días Contados. Un tipo de la calle quizá no muy inteligente, pero listo, honesto y con su propio código del honor. Capaz de todo por sus hijos. Luchador a pesar de sí mismo.

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En sus gestos se diluye todo lo malo del guión, que por otro lado tiene la virtud de no enseñarnos una Barcelona de postal y turistas, sino real, viva, sucia muchas veces, gris, metálica, opresiva, enorme, única. Bella incluso donde la fealdad hace su reino. Se agradece que un director que no es oriundo de la ciudad, se empape tanto de la misma para hacerla reconocible y real al mismo tiempo. Un lujo de mundo en el que mover a tus personajes.

Porque si algo sabe hacer Iñarritu es mover a los suyos y adentrarlos en esa maraña de sentimientos cada vez más lúgubre e insana. Su cámara es como un bisturí que se adentra en la carne y disecciona, a veces apasionada, a veces con distante frialdad, a veces cara a cara, a veces desde la distancia. Y disecciona con precisión e inteligencia. Haciéndonos sentir. Mostrándonos la verdad y la poesía de cada instante.

Pero, claro, para llegar a ese término, hemos tenido que soportar muchas penurias. Y dos horas y medias de metraje que, lo cojamos por donde lo cojamos, es excesivo hasta decir basta. Hay historias que sobran y no llevan a ninguna parte, momentos que no sirven para nada. Lastre narrativo y emocional que cargan la película. A veces haciéndola insufrible.

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No está nada mal el primer vuelo en solitario de Alejandro González Iñarritu, ya sin los guiones de Guillermo Arriaga. Pero el director necesita controlar un poco algunos de sus instintos más bajos. La película queda lejos de 21 Gramos o Amores Perros, le falta fuerza y le sobra sufrimiento y metraje. Sus muchos defensores a lo mejor me ponen a caldo, pero ellos mismos, en el fondo lo saben. Ni Babel era una obra maestra, ni Biutiful, pese a su belleza, su poder y sus ganas, es el paso definitivo en una nueva dirección. Pero es un comienzo. Y una buena película.

Jesús Usero

 

Modificado por última vez en Martes, 07 Diciembre 2010 11:16
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