Crítica Asamblea ★★★★

Abril 17, 2020

Crítica de la película Asamblea

Comedia sencilla pero demoledora en su sátira, lúcida y muy oportuna.

         Se necesitan trabajos como este en el cine. Necesitamos que el cine aborde, en este caso adaptando la obra de teatro La gent, de Juli Disla, este tipo de producto en el que la comedia recupera su identidad original como herramienta para tomarle el pulso a una sociedad y tirar de la sátira para convertirse en un espejo en el que los espectadores se ven obligados a mirarse y reconocerse en su faceta menos grata, más ridícula y disparatada.

         Asamblea hace todo esto con gran habilidad y buenos resultados, tirando de las mejores armas que puede esgrimir una película en este tipo de fórmula: actores y sencillez. Pero sobre todo actores.

         Lo que nos propone la película lo hemos vivido todos en uno u otro momento y foro, en una u otra oportunidad, ya sea una comunidad de vecinos, una reunión sindical, una asamblea de un foro cultural, cualquier reunión o mesa redonda del trabajo como compañeros. Es muy cercano. Los tipos humanos que maneja el argumento son perfectamente reconocibles, para muchos espectadores se llamarán de otro modo en la vida real, pero son los mismos. Y eso es lo que hace que nos mantengamos, desde la imagen de esa gente que conocemos que aparece en nuestra memoria, en un permanente gesto de media sonrisa.

         Los personajes se llaman de otro modo, pero son los mismos. El mismo tipo de gente que acude a una reunión y lucha por poner en evidencia sus carencias afectivas, su necesidad de protagonismo, su obsesión por dejar bien claro que les mueven unos valores que aparentemente piensan que les convierten en gente especial, su instinto gregario, siempre tan peligroso en política, que les lleva a seguir a cualquiera que ponga sobre la mesa la mínima estrategia de liderato, por flojo o tímido que éste sea, por muy poco razonado que esté.

         Si somos serios, maduros, incluso encontramos la oportunidad de reconocer esos u otros de nuestros defectos en esos personajes.

         Y sufrimos con el más sensato. No podemos señalarle como protagonista, porque aquí, como en la vida, los protagonistas son todos, pero sí como epicentro. El organizador de la reunión, que se ha comido ya muchas reuniones, que sabe la facilidad con la que el personal se va por los cerros de Úbeda y se despista en este tipo de encuentros, que conoce al dedillo el peligro de la dispersión y la ideas poco maduradas pero igualmente expresadas con más o menos vehemencia populista, las obviedades y los mensajes de pancarta.

         Ese personaje sufridor al que da vida Francesc Garrido, que se muestra escéptico y tiene también su propio saco de inseguridades, desde la primera escena con su compañera dentro del coche en adelante, hasta el final. Es el punto de arranque de la humanidad que muestran todos los personajes en una situación y con unos diálogos cotidianos que nos meten de cabeza en la situación desde el primer momento.

         Asamblea es una escuela de ritmo narrativo, plano por plano, y diálogo por diálogo, habitada por un puñado de personajes que hablan durante todo el metraje de un concierto pero no concretan nunca -lo que permite la universalización de la propuesta a la hora de identificarla con cualquier tipo de colectivo al que pertenezcamos-, de manera que acaba la película sin que realmente sepamos qué ha unido a gente tan distinta.

         Buen trabajo de todo el reparto, e inevitable que me hayan recordado otro gran ejercicio de fórmula cercana en algunos aspectos que son palabras mayores del cine, así que por favor tome el lector de estas líneas con todas las reservas oportunas y la distancia requerida entre una cosa y otra lo que voy a escribir a continuación. Me refiero a Doce hombres sin piedad, la película dirigida por Sidney Lumet en 1957. Insisto, salvando todas las distancias que marcan distintos géneros objetivos diferentes o el lenguaje visual propio de cada película (me encanta el juego que hace de esa pantalla partida, pero también cómo desbarata, desde la comedia visual apoyada en lo verbal, la cruzada de huelga de hambre de Oscar (Jordi Aguilar), o la manera en que finalmente, en el momento de hostilidad del inquietante personaje radical de Abdelatif Hwidar, el ligón superficial y algo tontorrón, inevitable en toda reunión, Sergio, al que da vida Nacho Fresneda, se reivindica. Y eso justo después de las risas a su costa de las dos jóvenes en la cocina. Porque en el fondo, todos los personajes, desde sus fallos y rarezas, consiguen que empaticemos en un momento u otro con ellos. En ese sentido, ojo al cambio rápido del humor en la charla sobre las propuestas de acción, saltando del desnudo a la experiencia personal de uno de los personajes en una manifestación, que nos conduce a un tono completamente distinto.

         Una buena comedia, inteligente y desprovista de todo exceso o artificio, asentada sobre el talento de sus actores para retratar los tipos humanos que podemos encontrarnos a la vuelta de cualquier esquina.

Miguel Juan Payán

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Modificado por última vez en Viernes, 17 Abril 2020 08:49
Miguel Juan Payán

Profesor de Historia del cine, Géneros cinematográficos y Literatura dramática