Crítica Mi vida con Amanda ★★★

Crítica de la película Mi vida con Amanda

Emotivo y accidentalmente muy oportuno viaje de reflexión ante la pérdida.

    “Cuando en el plato hay algo que no te gusta ¿Lo comes al principio o al final?”. Es lo que le pregunta Amanda, la niña de la película, a su tío, encargado de cuidarla, en uno de esos momentos en que, ya para empezar, la película formula la clave argumental del asunto que se nos propones, esto es: los adultos-niños frente a los niños que enseñan a los adultos. O dicho de otro modo, lo que los adultos pueden llegar a aprender de los niños, especialmente si sus vidas no son precisamente organizadas, y necesitan un toque de responsabilidad.

     La infalible asociación niño-adulto suele funcionar bien en el cine casi siempre, el 95 por ciento de las veces. En el peor de los casos resulta en una historia entretenida por ese choque de mundos distintos y porque los viajes de quienes los representan puestos en paralelo da casi siempre buen juego argumental. Pero en este caso el dúo formado por David y Amanda, un adulto aniñado y una niña obligada quizá a crecer demasiado pronto desde la inocencia demoledora de sus siete años, consigue ser además un buen cebo de arranque para plantearnos un puñado de cuestiones interesantes.

     Inicialmente la preocupación principal de Amanda es si los dos adultos que la cuidan, su madre y su tío, están enfadados, y desde ahí pasa a plantearle no solo a los adultos que la acompañan en la ficción sino también a los propios espectadores una serie de retos así filosóficos desde esa mirada infantil a lo que nos rodea. 

     Ejemplo: la pregunta a su madre sobre el significado de la frase: “Elvis has left the builiding”, que la madre traduce como “No merece la pena esperar, no hay nada que hacer. Se acabó”. 

     Lo que Amanda plantea es si debemos replantearnos nuestro derrotismo, esa dejadez que nos invade a veces a la hora de afrontar lo cotidiano mirándolo como lo anodino y monótono de nuestras vidas. La película es de 2018, llega algo tarde a nuestro país, pero en todo caso la realidad ha revalorizado esa reflexión por la vía dura con algo que era sin duda impensable para quienes la crearon: la pandemia provocada por el COVID-19. 

     Evidentemente esa “nueva normalidad” de la que tanto se habla en estos días, aporta una lectura diferente a algunas de las cosas que nos plantea la película, pero lejos de quedar superada por tan radicales circunstancias, podríamos decir incluso que Mi vida con Amanda jugó en su momento muy bien sus cartas para poder pasar por encima de estos cambios drásticos en la sociedad a nivel global y seguir conservando no solo su sentido, sino también su oportunidad y eficacia como propuesta de reflexión. Las dos frases señaladas anteriormente en este texto y sacadas del diálogo de la película siguen siendo plenamente válidas. No podemos entregarnos al sentimiento expresado por “Elvis has left the building”. 

     Nominado al César como mejor actor, Vincent Lacoste suele ser señalado como lo mejor de la película, y realmente hace un gran trabajo (esa salida del hospital expresa sin una sola palabra de dialogo muchas cosas que podemos haber sentido en las últimas semanas). Pero lo que realmente nos desarma como espectadores, tal como suele suceder en esas alianzas de adultos y niños, es la eficacia y madurez ante la cámara de su joven compañera de reparto cuyo personaje presta su nombre al título, Isaure Multrier. El cincuenta por ciento del interés de la película le corresponde a ella. Y también se debe a Isaure Multrier que la película adquiera brillo en algunos momentos en los que claramente entra más en el territorio de lo previsible. 

     Un ejemplo: la discusión entre los hermanos por la carta, que introduce ese asunto del pasado a modo de intriga para darle algo más de vida a la propuesta argumental y un reto que superar al protagonista, queda marcada por la mirada de la niña. Sin esa mirada, quedaría más en la clave del artificio de guión, la siembra en el argumento para recoger luego. 

     Igualmente evita que la precipitación hacia el drama derivado del acontecimiento que marca y define el cambio de rumbo en la vida de los protagonistas tras un primer acto en el que se impone una visión de lo cotidiano, con los planos de edificios de barrio y las escenas de diálogo entre los personajes, preparada para un mayor choque ante esa escena de caos en el parque. La música de la “normalidad” casi inocente que acompaña el paseo en bicicleta del protagonista se interrumpe premonitoriamente al mismo tiempo que se multiplican los planos que subrayan la paulatina soledad en la que va entrando el personaje en unas calles sin gente, antes de tropezar con la catástrofe. 

     Accidentalmente, de forma imprevista, esas imágenes concebidas desde el miedo a la amenaza de la violencia se han convertido, a la sombra de la pandemia del COVID-19, en premonitorias de nuestro más reciente choque contra lo impensable vivido en los últimos meses. Y esas calles vacías adquieren un nuevo significado en nuestros días. 

     La secuencia de David y Amanda en el barco y atravesando las calles significativamente vacías de la ciudad después de la pérdida son demoledoras desde su sencillez. 

     Es accidental, cierto, pero igualmente revaloriza el jugo que podemos sacarle a la propuesta casi filosófica que nos propone este interesante largometraje. 

 

Miguel Juan Payán

MI VIDA CON AMANDA se podrá ver en la salavirtualdecine.com a precio de entrada normal de cine: 6,95 euros.

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Modificado por última vez en Jueves, 28 Mayo 2020 22:43
Miguel Juan Payán

Profesor de Historia del cine, Géneros cinematográficos y Literatura dramática