Crítica Dersu Uzala ★★★★★

Julio 06, 2020

Crítica de la película Dersu Uzala

Imprescindible. Vuelve en toda su grandeza una obra maestra de Akira Kurosawa.

     Ahora más que nunca hay que aprovechar toda oportunidad de reencontrarse con las obras maestras del cine de los grandes clásicos en pantalla grande, y la cartelera nos trae una de esas oportunidades únicas con el reestreno de una de las mejores películas de Akira Kurosawa.

     Dersu Uzala es por otra parte una de las películas más curiosas dentro del siempre apasionante e interesante cine del maestro Kurosawa. Si en sus líneas generales de lenguaje responde sin duda con prontitud a las claves esenciales del maestro, preserva una identidad propia y singular que la convierte en una propuesta única dentro de la misma.

     Por ejemplo, no es la única que trata el tema de la amistad en las propuestas argumentales de Kurosawa, y es fácil recordar la desesperación con la que el personaje de Toshiro Mifune intenta incorporarse al grupo de mercenarios de Los siete samuráis, o el vínculo inquebrantable que une a los dos pícaros de La fortaleza escondida, o la relación de intrínseca lealtad que anima al policía veterano a ayudar a su compañero más joven en la búsqueda del arma que ha perdido, más allá de lo que le exige el oficio, en El perro rabioso. Hay más casos, pero  frente a todos ellos, Dersu Uzala brilla como la gran película de amistad de Kurosawa expresada además en una clave épica que integra al hombre en un paisaje reforzado por la pictórica inquietud de un Kurosawa en proceso de ampliación de las fronteras visuales de su cine con la incorporación del color, siendo esta película su segunda zambullida en ese territorio tras su debut de fiesta cromática y pictórica en Dodes´ka-den.

     Siendo influido, como él mismo reconocía, por los westerns estadounidenses y más concretamente por las películas de John Ford, es inevitable que el paisaje jugara un papel fundamental en las películas de Kurosawa. Basta pensar en el arranque visual premonitoriamente tremendista de su versión de Macbeth, Trono de sangre, o en el inquietante papel del bosque en Rashomon para reparar en ello.

     Encontramos un eco de esas visiones en el momento en el que el capitán Arseniev escribe y reflexiona sobre esa naturaleza a veces amistosa y a veces hostil que los recibe, escribiendo a la luz de la fogata su diario de viaje e imaginando entre las sombras el bosque convertido en escenario para el aquelarre de brujas de la Noche de Walpurgis. Es el momento en que Kurosawa puede jugar con la música tanto como con el color infernal de las llamas reflejándose en las ramas de los árboles, componiendo una imagen de pesadilla, para materializar el equipaje de miedos que el hombre civilizado arrastra hasta la naturaleza, vistiéndola con el traje de sus propias obsesiones.

     Es el paso previo a la aparición de Dersu, casi como un espíritu del bosque, acudiendo a sanar esa visión torcida de la naturaleza y de la vida y presentándose con una frase que bien merece ser recordada como una de las más icónicas del cine de aventuras: “No disparéis, yo soy gente”.

     En este trabajo encontramos el paisaje ocupando el papel de tercer protagonista del relato desde esos primeros planos que el director dedica a los árboles, dando entrada a la presentación de la Taiga, a la que escuchamos con la voz de la naturaleza a través del sonido.

     Esa voz pronto la oímos mezclarse con el ruido de las labores humanas cortando los árboles. He hablado del color, pero el sonido es elemento igualmente esencial de la película desde el primer momento en este principio que no dudo en calificar como uno de los mejores arranques de película de la historia del cine. Tras el título veremos esa misma situación de choque del sonido del hombre -la canción de los soldados- con la voz de la naturaleza. Pero en ese pasado los hombres están visualmente rodeados de una naturaleza viva que los envuelve y junto a ellos nos envuelve a nosotros.

     Entran así en la ecuación de la historia los hombres, con una panorámica vertical que nos revela la invasión del hombre de ese paisaje. Y rápidamente veremos a Arseniev como una figura que prolonga esa verticalidad del movimiento de cámara mostrándose como un pez fuera del agua mientras busca el lugar en el que enterró a su amigo, pues el relato está construido como un flashback marcando un punto nostálgico del pasado perdido desde sus primeros compases. Significativamente, Kurosawa construye el plano rodeando a Arseniev de árboles cortados que son como cadáveres de esa misma naturaleza.

     El sentido de la pérdida se impone en el relato desde el primero momento cuando Arseniev es incapaz de localizar el lugar en el que enterró el cadáver de su amigo. Ha sido borrado por la incursión humana en la naturaleza que el director hábilmente presenta con un plano en cuyo centro domina, como un trazo de fealdad en la belleza mostrada inicialmente, la ropa sucia tendida, con Arseniev a la izquierda en equilibrio de choque casi emocional con el tocón del árbol mutilado que ocupa la derecha del plano. Solo le queda al pupilo pronunciar el nombre de su maestro mirando al suelo, poniendo fin al prólogo y dando paso al título de la película con el que arranca la historia.

     La poesía visual de Kurosawa nos conduce por ese resumen del tema y el tono de toda su historia en apenas dos minutos de metraje. Tras el mismo, en un viaje al pasado que encaja e impone la personalidad de hombre de otro tiempo de Dersu frente al joven Arseniev, Kurosawa puede retomar el reinado de la naturaleza que nos propuso inicialmente y regresa en una sinfonía de colores imponiendo su pulso en el latido de la película. El propio Dersu hará evolucionar la visión del mundo como regalo y legado a su compañero/pupilo ruso, espejo del propio espectador.

     El viaje de Arseniev es el mismo que hacemos los espectadores: una inmersión total en la naturaleza. La primera mañana en la que Dersu empieza su trabajo como guía por el bosque y encuentra la huella de la sandalia china, ya somos un integrante más de ese destacamento. Aprenderemos con los miembros del mismo, que en algunos momentos son como niños que juegan, que el Sol, el fuego y el agua son gente, gente importante y fuerte que da miedo cuando se enfada, en una visión de la vida en equilibrio que domina todo el largometraje.  

     La reposición que ahora se nos ofrece en las salas desde el 10 de julio nos permite volver a zambullirnos con el maestro y sus criaturas en esa misma naturaleza que ganó el Oscar a la mejor película en lengua no inglesa.

Miguel Juan Payán

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Modificado por última vez en Jueves, 09 Julio 2020 17:25
Miguel Juan Payán

Profesor de Historia del cine, Géneros cinematográficos y Literatura dramática