Madre oscura ★★★

Julio 13, 2020

Crítica de la película Madre oscura

Sencilla pero divertida y eficaz. Saca brillo a los tópicos del género.

     El paisaje de infancias rotas representadas por los juguetes en el barro con el que comienza la película que marca el tema de la película desde la primera imagen. El empeño por poner la cámara en el suelo en el plano del triciclo frente a la casa y en la entrada de la niña en la casa. La música no diegética de las primeras imágenes se convierte en diegética en el momento en que aparece la niña con sus cascos y de ese modo, compartiendo la escucha de la misma música, ese personaje se convierte en puerta de entrada del espectador en la trama. Todo ello propone una dirección con personalidad que el género de terror siempre necesita para resultar sólido desde su arranque antes de enfrentarse con la inevitable ola de lugares comunes que van a marcar el posterior desarrollo de la historia.

     Es un buen arranque. Eficaz. Visualmente bien pensado. Y las elecciones de trabajo con la cámara también son eficaces para darle peso a ese prólogo, formando espejo entre la mirada del espectador y la de la muchacha con el movimiento de la cámara hacia el teléfono y el posterior paso a cámara al hombro para movimiento de tensión.

     Toda esa articulación del prólogo es sólida, y manejan bien el juego con las expectativas del espectador, por ejemplo con ese plano en picado de parte de la puerta que centra nuestra atención en la misma, y rompe lo esperado con la entrada por la derecha del plano de la muchacha, de manera que la amenaza pasa a estar en el sótano, en la parte inferior de la casa, mientras el rostro de la protagonista de este prólogo se muestra en una indecisa frontera entre la sombra y la luz, antes de entrar premonitoriamente en la sombra.

     Curiosamente ese prólogo de arranque 35 años antes me resulta más cercano al terror de nuestros días mientras que el resto de la película me remonta más a claves del terror ochentero de serie B. En cualquier caso, ese tratamiento de esos los lugares comunes del género de los que hablaba anteriormente, consiguiendo mantener nuestro interés con personalidad y buen planteamiento visual revela un buen trabajo de los directores con el género en el que trabajan. Y nos conduce de manera eficaz a ese momento en que estalla la burbuja del terror con una buena presentación de la amenaza y un remate final del prólogo que plantea incógnitas en el argumento respecto a la misma.

     De manera que sí, cierto, todo es lugar común del género, pero está tratado con una eficacia, un afecto y un conocimiento del género que además se cruza con las ganas de explorarlo y sacarle el máximo rendimiento, y esa buena energía se transmite al público positivamente.

     Los directores no buscan la originalidad, ni renovar el género, pero saben cómo hacer que cada aspecto del mismo, cada lugar común, cada característica, brille con una renovada energía. Eso es lo que hace de esta película una muy buena propuesta de género de terror en la que tanto ellos como nosotros podemos disfrutar de un festival de terror bien planteado.

     Por eso no me extraña que en plena crisis del coronavirus la película haya sido líder de taquilla durante seis semanas, igualando con su modesto de 60.000 dólares, el récord que hasta ese momento ostentaban Titanic, Avatar, Black Panther o El sexto sentido.

     Lo que reivindican los hermanos Pierce es el retorno al cine de batalla, de trinchera, de ir al grano del género sin filtro y echarse unas risas. Es cine de aficionados al terror haciendo terror de manera más eficaz de lo que algunos críticos parecen querer valorar o reconocer. No nos van a cambiar el género, ni nuestro sentido de la vida, obviamente. Pero el rato entretenido no te lo quita nadie.

     Y el público de la pandemia ha premiado todo eso. Ha premiado el poder del cine sencillo para entretener de manera sencilla. Creo que están infravalorados estos tipos. Hacen un cine muy pragmático de corto presupuesto reivindicando una serie B efectiva que sobre elementos recurrentes del género y sin aspiraciones de revolución, lo que confunde a algunos a la hora de valorar su eficaz trabajo visual de pico y pala a la hora de contar con imágenes su cuento de terror. Ya les pasó con su anterior trabajo, la disparatada comedia de terror Deadheads.

     Ejemplo de ello, sin que el terror intervenga: momento de padre regalándole al hijo la bicicleta de segunda mano con cesta (elemento muy E.T., muy de no querer enterarse que su hijo ya ha crecido para exorcizar el fantasma de su propia madurez), y revelación del hijo de que su madre va a regalarle su coche cuando se compre uno nuevo. La sangrienta broma sobre la pesadilla del divorcio y cómo afecta a los hijos está servida de manera sencilla enlazando con los juguetes del principio, completando la oferta una explotación de los aspectos más grotescos de los cuentos infantiles mezclados con la peripecia de adolescentes. Ojo a esa especie de reflejo que se produce entre el adolescente protagonista y el niño vecino, que arrastra la primero a una especie de vuelta al pasado infantil entrando en la pesadilla de cuento de hadas truculento que vive el niño. La bicicleta que le ofreció el padre, y no el coche que le iba a dar su madre, será su vehículo para desplazarse a medida que progresa en esa pesadilla como si estuviera retornando a su propia infancia.

     No se puede pedir más para engancharse a una película de terror que además, para el espectador atento, está repleta de guiños, incluyendo La ventana indiscreta. Estos tipos disfrutan del cine y eso se transmite al público.

Miguel Juan Payán

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Modificado por última vez en Viernes, 17 Julio 2020 11:07
Miguel Juan Payán

Profesor de Historia del cine, Géneros cinematográficos y Literatura dramática