Código fuente ****

Miguel Juan Payán 07 Abr 2011

Después de disfrutar la propuesta de Duncan Jones en Moon, estaba muy interesado en ver cómo volvía al género de ciencia ficción en Código fuente, y no me ha defraudado. Al contrario. Me atrevo a decir que es la mejor propuesta del género que hemos tenido en pantalla en las últimas semanas, un ejercicio a medio camino entre las intrigas de Alfred Hitchcock, las paranoias de Phillip K. Dick, el mesianismo del “salvador del día” como el que practica la serie de televisión 24 y algunos planteamientos de la serie Fringe, que no me canso de recomendarle a todo el mundo, incluido al propio Duncan Jones, que dice que no la ha visto, en la entrevista que hemos publicado en esta misma página web (bueno, eso además de charlar sobre la extensión de mi bigote, lo cual fue bastante chusco, la verdad, porque el tal Jones es un tío sanote y con pinta de llano, sin aristas raras, a pesar o posiblemente a consecuencia del talento que le adorna).

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El caso es que Código fuente puede parecer en primer término una especie de traducción de Atrapado en el tiempo, aquella comedia protagonizada por Bill Murray viviendo una y otra vez la misma jornada, el Día de la Marmota, concretamente. Pero en la película de Duncan Jones, que por cierto ha cambiado de registro radicalmente en esta segunda incursión de ciencia ficción, el asunto adquiere rápidamente un tinte siniestro más en la línea de El protegido, de M. Night Shyamalan, y progresa luego hasta convertirse en todo un ejercicio de estilo en torno a la idea de Hitchcock sobre cómo crear suspense con una bomba de la que sabemos que va a estallar y exactamente cuándo va a estallar.

Duncan Jones se tiene bien aprendida la lección de contar con la colaboración activa del espectador para añadir y participar de la tensión de sus historias, como ya demostró en Moon, otra fábula sobre la idea del doble, que tanto y tan bien suele funcionar en la narrativa fantástica, aunque al contrario de lo que mantenían algunos de mis colegas jugando a ser filósofos en la rueda de prensa, creo que las películas de Jones no van tanto sobre la idea de que vivimos en una realidad falsa de la que ansiamos escapar, sino más bien de la pérdida de identidad. Así su protagonistas están más en el camino existencialista, buscando su propio puente de conexión entre el pensamiento abstracto y al experiencia concreta de sí mismos y del mundo que les rodea, por lo cual esa toma de conciencia del yo suelen consumarla en situaciones límite, ante el peligro, presas de la culpa (en este caso la culpa del superviviente a un atentado con numerosas víctimas) y en relación con la muerte. Además, tanto el protagonista de Moon como el de Código fuente comparten cierta inclinación mesiánica de redentoristas, y en el caso del personaje encarnado por Gyllenhaal en esta ocasión se mueve además por cierto utilitarismo que busca conseguir “la mayor felicidad posible para el mayor número posible de personas” (el numerito final del cómico), además de querer crear su propio mundo, su propia realidad, partiendo de cero.

Toda esa tormenta de ideas cubre a Código fuente de una capa de interés suplementario porque como digo Duncan Jones, que no en vano estudió filosofía e incluso se preparaba para ejercer como profesor de dicha materia, sabe estimular al espectador con sus películas para que se ponga a pensar. Apoyado en el McGuffin hitchockiano que es la bomba, consigue hacer que participemos plenamente en su juego de repetición, cuyo ritmo marca como una especie de percusión continuada las distintas fases del relato. Saca así el máximo partido al juego de información y no información al espectador que tan bien practicaba el maestro del suspense Hitchcock. Empatizamos con facilidad con el protagonista porque, como él, tenemos más información sobre lo que está ocurriendo y lo que va a ocurrir que el resto de los viajeros del tren. En ese sentido, es como si la película hubiera sacado de entre el público a un espectador que resulta ser el protagonista, para que viva esa situación una y otra vez sometiéndose a un juego de investigación hasta encontrar la clave de toda la intriga y encontrar respuestas. Gyllenhaal es uno de nosotros, y eso hace que vivamos con él más intensamente el relato desde el interior de la propia fábula, de manera que prácticamente estamos sentados a su lado y le acompañamos en sus pesquisas, así como en el abrupto final que sazona las mismas.

Esa magia de la intriga se ve reforzada por las características oníricas que presiden la propia experiencia del protagonista, encerrado en una pesadilla cuyo paisaje se nos va desvelando poco a poco a medida que avanza la trama, hasta llegar a la escena impresionante en la que se nos desvela totalmente su situación real en el interior de esa cabina.

Conste además que el ejercicio de intriga es más complejo en su estructura y mucho más astuto de lo que se pueda pensar, porque se mueve entre dos realidades paralelas, las peripecias en el tren y las charlas desde la cabina con la controladora de la misión. En ambas va progresando la trama con igual ritmo desvelando datos y pistas sobre los dos suspenses paralelos que acompañan al protagonista: la misión y su situación actual. Jones se las ingenia para el ritmo y la emoción tengan una progresión en paralelo con una exactitud casi matemática,  de manera que nos dan dos suspenses por el precio de uno, con el cruce final entre ambos y la correspondiente sorpresa, con un desenlace que recuerda aquellas historias de fantasía inquietante y menos de media hora de duración que nos proponía la serie televisiva Twlight Zone (En los límites de la realidad), en las que era un maestro indiscutible Richard Matheson, el autor de El increíble hombre menguante y Soy leyenda.

Resumiendo: buena ciencia ficción, plenamente recomendable, para todo tipo de públicos, con un toque clásico que además nos hace mirar con optimismo el nuevo proyecto del director para completar en un futuro inmediato su trilogía de ciencia ficción.

Por cierto, hay quien me ha preguntado si se parece a Deja Vu, de Tony Scott. Sin duda ésta es mejor, con diferencia, menos previsible y más estimulante para el espectador.

Miguel Juan Payán

Modificado por última vez en Miércoles, 20 Abril 2011 20:54
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