El inocente ***

Miguel Juan Payán Mayo 10, 2011

Despejemos dudas desde el principio: a pesar de haber co-escrito un libro sobre el tema, el cine que podríamos denominar “de abogados y juicios” no me apasiona especialmente, salvo en contadas y muy señaladas ocasiones/títulos (el libro era sobre las cien mejores películas del asunto, pero lo cierto es que no encontré más de 25 títulos que me quisiera llevar al huerto, si me permiten el lenguaje coloquial). Sin embargo, El inocente me ha convencido e incluso me ha gustado. ¿A qué se debe? Simple: es en realidad un ejercicio de cine negro que toma los tribunales solo como referente argumental, dedicando más tiempo a las calles y la trama policíaca propiamente dicha que al habitual juego de tensión melodramática que suele desplegarse en este tipo de subgénero que al menos en Estados Unidos bebe y vive desde hace años de la excesiva y casi paranoica judicialización de la vida cotidiana.

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Esa orientación argumental que toma el personaje del abogado y el fiscal así como el propio tribunal como paisaje de fondo y no como epicentro del relato deriva de la novela en la que se basa la película, Michael Connelly, uno de los mejores escritores de novela policíaca de nuestros días que, como demuestran las claves argumentales de esta película, sabe mantenerse en la frontera con el best-seller sin llegar a cruzarla, pero sacando lo suficiente de dicha fórmula para que sus historias criminales y sus personajes funcionen bien en las librerías incluso más allá de la legión de aficionados a los relatos policiales que le seguimos la pista a cada una de sus historias y personajes. Y tiene varios esenciales. Además de este “abogado del Lincoln” que protagoniza El inocente, un papel que viendo la película parece hecho a la medida para Matthew McConaughey, Connelly es el creador del policía retirado y operado del corazón Terry McCaleb, que encarnó Clint Eastwood en Deuda de sangre, dirigida por él mismo, y los seguidores del escritor esperamos con auténtico interés el traslado al cine de las peripecias de su personaje más carismático e interesante, Hieronymus “Harry” Bosch, bautizado así como homenaje al pintor flamenco conocido como El Bosco, detective del departamento de policía de Los Ángeles y veterano de la guerra de Vietnam. Confiemos en que cuando llegue el momento en Hollywood no sean tan moñas como para reconvertirlo en veterano de la guerra de Irak, porque eso quebrantaría la clave esencial de su origen y pasado combatiendo a los vietnamitas en los túneles, muy presente en la primera de sus aventuras, El eco negro.

El caso es que el mundo de estos tres personajes literarios es muy similar, y las fábulas policíacas que protagonizan hacen gala de un mismo rigor a la hora de desgranar claves realistas para conseguir una verosimilitud narrativa sin por ello perder puntos en lo referido a giros imprevistos, sorpresas e intriga en general.

En El inocente están presentes estas características, y por ejemplo las conversaciones y encuentros que mantiene el abogado protagonista con los distintos policías que pasan por la trama son muy representativos y una buena traducción al cine de la manera de dialogar y contar de Connelly, lo mismo que los propios personajes,  como el detective Kurlen, que además recupera a Michael Paré, protagonista de títulos míticos del cine de los ochenta como Calles de fuego y El experimento Filadelfia, para aplauso generalizado de los frikis del lugar. También es muy representativo de lo que podríamos denominar “el universo Connelly” el personaje de detective que interpreta William H. Macy, o la fiscal y ex esposa a la que da vida (¡y qué vida!) mi siempre admirada Marisa Tomei, una de esas féminas para las que la madurez ha resultado ser su mejor aliada, y no solo por lo referido a su incuestionable atractivo físico.

Trabajando con estas cartas, y añadiendo cierto toque de estilo televisivo en lo referido al arco argumental y el desarrollo de los personajes, así como al ritmo, el director lo tiene todo a favor para sacar adelante una película entretenida, sin grandes alardes visuales o narrativos, pero esencialmente eficaz a la hora de contar su historia y hacer que el público juegue con la misma intentando resolver los enigmas que plantea con cierta habilidad para ir sustituyendo las preguntas que el espectador ha de plantearse en una construcción narrativa que funciona por sucesión de intrigas, más que por solapamiento de las mismas. La primera cuestión a resolver es si el personaje interpretado por Ryan Phillippe es o no inocente, como propone el título del filme,  pero, y ese es un  detalle a favor de la película, que acierta a llevar la historia por nuevos derroteros a medida que avanza, ese es sólo el primer enigma. Solucionado dicho asunto, queda toda una segunda parte de la historia centrada en la actuación del propio abogado protagonista frente al reto que se le plantea, algo que puede recordar Las dos caras de la verdad, en la que se reveló por primera vez el talento de Edward Norton, allá por 1996, pero que en realidad se desarrolla, como explicaba en principio, por los derroteros del cine policíaco antes que los de las tradicionales tramas judiciales, acercándose más a las claves de cine negro que ya exhibiera una de las mejores películas del cine de abogados y juicios, Veredicto final, de Sidney Lumet. Está claro que Brad Furman no es Lumet, pero los resultados de este trabajo le califican como un práctico y competente narrador de intrigas que sabe dar al espectador un buen enigma de evasión.

Modificado por última vez en Lunes, 30 Mayo 2011 10:10