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Confucio ***

Miguel Juan Payán 24 Jun 2011

Tratándose de una biografía me temía que Confucio resultara algo alambicada, plomiza, pesada de digerir. En cine si la biografía es bien tratada puede dar joyas como Lawrence de Arabia o Gandhi, pero como se deje llevar por los tópicos y se empeñe en maquillar los acontecimientos históricos, suelen salir unos pestiños de proporciones gigantescas que le quitarían el hipo del susto al mismísimo King Kong. No es el caso de Confucio. Ésta vez hemos tenido suerte y ha resultado ser una película muy entretenida, visualmente impactante en alguna de sus escenas y paisajes, dinámica y que consigue dejarnos claro el enredo político de la época que vivió el célebre político y pensador. Algo nada fácil. Cine por tanto recomendable, con algunos momentos épicos muy conseguidos, aunque para mi gusto abuse un poco de las escenas de masas animadas por ordenador, algo que el cine chino solucionaba antes al estilo clásico: convocando masas reales para la ocasión. Esos tiempos pasaron, la tecnología se impone, aunque resulte menos creíble para el ojo del espectador.

La película nos invita a visitar el denominado Periodo de la Primavera y el Otoño en China, la era de la Dinastía Zhou, del 770 al 476 antes de Cristo, el tiempo en el que vivió Confucio. Y lo hace marcando ya desde su principio una pauta de ritmo que es casi una declaración de principios en cuanto a la armonía y el ritmo pausado, de ritual, que preside sus primeras secuencias de créditos, donde  entramos en la vida cotidiana de los discípulos de Confucio compartiendo su vida cotidiana con una coreografía de movimientos de cámara que sigue los avatares del agua como pretexto para marcar la pauta. La presentación  culmina cuando el agua del cántaro se vierte dando paso al propio arranque de la película, con un Confucio anciano que menciona sus ideas sobre la música y la armonía, las mismas que presiden esas primeras imágenes.

Desde ese punto de vista, la película parece querer comportarse siguiendo las ideas de su protagonista, y rápidamente nos mete en el momento en que Kong Qiu, Confucio, consigue el puesto de ministro de la ley merced a su éxito garantizando el orden y la seguridad en una localidad ejerciendo como alcalde de la misma. A partir de ese momento, la sombra de Zhang Yimou y sus películas Héroe, La casa de las dagas voladoras y La maldición de la flor dorada se hace notar en las imágenes que se van sucediendo en la pantalla, una bien orquestada mezcla de bellas secuencias repletas de colorido y coreografía visual muy en la línea de las películas citadas del célebre director. El paisaje impresionante gana protagonismo y aporta la épica a las secuencias, una épica de gran pantalla, de las que se exhibía en el cine comercial occidental allá por los años cincuenta, hija de la explotación del Cinemascope y Vistavisión, y del que hicieron gala más tarde las producciones de artes marciales de la productora Shaw Brothers, en los años sesenta y setenta. Pero pronto nos damos cuenta de que en Confucio hay algo más: su propia personalidad.

La película empieza a desplegar sus propias armas claramente en la secuencia que muestra la reunión de clanes. El ágil movimiento de la cámara en ese momento, recorriendo todas las posibilidades y espacios, pasando del plano general a los planos más cercanos, llegando al primer plano del faisán y saltando al plano cenital, y desde ahí a otro plano general de la asamblea, etcétera, demuestra la voluntad de la directora de encontrar un estilo propio para su película más allá del mero mimetismo de las claves del cine de sus predecesores, aunque lógicamente aproveche la influencia de los mismos. Ese ese ritmo, tanto narrativo como visual, el que plantea una primera prueba de energía en su manera de contar tras las pausadas imágenes de los títulos de crédito. Vigor y energía en el montaje centrada en torno a la figura del faisán que marca el pulso narrativo del largometraje en el tratamiento del tema clave de la película: la figura de Confucio como humanista que moderniza el país enfrentándose a las antiguas tradiciones más sangrientas, introduciendo el asunto del esclavo huido en el debate sobre el sacrificio del faisán. Ese primer paso en la política del país de Lu consigue señalar claramente al protagonista en sus principales logros y virtudes, preparándonos para lo que llegará a continuación, que es el enfrentamiento con el reino vecino y la geopolítica de la época, que la directora ha conseguido explicar con más sencillez y claridad que en otras películas orientales recientes, como por ejemplo la no obstante impresionante y muy recomendable Acantilado rojo. En ese sentido es bastante más confusa en su exposición de arranque de los principales protagonistas implicados en la trama que Confucio. La escena del protagonista reunido con sus discípulos en torno al mapa situado en el suelo es una construcción que define bien esa búsqueda de la claridad en la exposición de la clave política e histórica de la trama y sus principales personajes, una claridad que se extiende al propio diálogo: Chow Yun Fat explica que esa reunión es “una cuestión de honor o de humillación, de triunfo o de derrota”. El diálogo define así uno de los temas centrales de la película, dedicada en su primera parte a recorrer la carrera política del protagonista.  Se pone así también el diálogo a la altura de la eficacia narrativa de las imágenes y al mismo tiempo confirma lo que ya sospechábamos desde el principio: esta biografía de Confucio no pretende abordar la vida o filosofía del maestro sino esencialmente sus logros políticos. Se configura así como una película de máximo entretenimiento, en la que se dan la mano el espectáculo con las lecciones de geopolítica más destacadas de Kong Qiu. Es así no tanto una biografía como una especie de manual en torno al liderato y la toma del poder desde el punto de vista de la estrategia, de modo que este Confucio cinematográfico inevitablemente parece más una variante de Sun Tzu, el maestro del arte de la guerra. Obviamente ello da como resultado una película más dinámica y distraida, que salta rápidamente de un episodio histórico a otro.

Pero al mismo tiempo tal cosa obliga a una sucesión de momentos épicos que inevitablemente deja de lado algunos personajes poco aprovechados, como la consorte real de Wei, personaje interesante, pero no desarrollado en el montaje que conocemos, lo mismo que ocurre con la esposa del protagonista, cuyos momentos de vida privada quedan reducidos al mínimo. Haciendo eso la directora podría haber caído fácilmente en la trampa de dejar su película convertida en una colección de cromos en la que esos momentos clave se acumulan como postales visualmente impresionantes pero habitadas por personajes vacíos, sin vida propia. Afortunadamente no es el caso.

El reparto es la primera y muy eficaz medida para evitar eso. Lo lidera Chow Yun Fat en uno de sus más depurados trabajos, aunque temo que algunos no aprecien tanto como debieran esta interpretación, acostumbrados como estamos a verle en una clave de cine de acción ejerciendo como antihéroe en las fábulas policiales de John Woo o capitaneando repartos de propuestas de clave más poética, como Tigre y dragón y La maldición de la flor dorada, de las cuales ésta película acaba alejándose bastante en su desarollo. La segunda medida es la manera en la que la directora se aplica al máximo pragmatismo a la hora de poner las piezas de su relato en movimiento. Un ejemplo de ello es la introducción de la secuencia de flashback que narra el encuentro de Kong Qiu con su maestro, Lao Tsé, en un entorno más propio de una historia mítica de fantasía estilo Zu, guerreros de la montaña mágica, alarde de corte fantástico que puede permitirse por cuanto narra un fragmento de memoria del protagonista, además  de un momento mítico para el espectador: el encuentro entre esos dos grandes maestros. Es ahí donde Lao Tsé explica: “nada es tan suave como el agua, y sin embargo la violencia y la fuerza nunca triunfan  sobre ella…”, conectando así con el protagonismo del agua en el principio de la película y abriendo paso a la segunda parte de la historia, menos mítica, más trágica. Es un cambio de rumbo en la misma, viajando hacia la etapa de exilio del protagonista y su viaje de un estado a otro iniciado en 497 antes de Cristo, hasta llegar al reino de Wei, donde reaparece el mapa que acompañará la parte en la que el relato se reafirma como viaje por la historia, con esa utilización de los mapas como herramienta para narrar los principales acontecimientos de la llegada del caos.

Esta película no es, ni tampoco lo pretende, un estudio sobre el pensamiento de su ilustre protagonista. Habrá quien le saque pegas al trabajo de reconstrucción de su vida. Pero nadie podrá negarle que saca el máximo partido a la utilización de su figura como epicentro de una muy entretenida narración histórica centrada en la política y los enfrentamientos de los distintos reinos implicados en luchas intestinas en esa etapa de la historia de China, consiguiendo que incluso los legos en la materia puedan guiarse por la trama sin problemas, comprendiendo las claves de la misma.

Donde otras producciones asiáticas que han llegado a la cartelera en la última década eligen ser más poéticas y contemplativas, quizá incluso más bellas, más artísticas, Confucio opta por una contundencia en la exposición de su tema muy occieental que va de lo visual a lo argumental, ganando en eficacia como vehículo de entretenimiento sin renegar por ello de sus orígenes orientales. Transmite algunas de las ideas del protagonista con imágenes sencillas que pueden llegar a cualquiera. Es sin duda una de las películas más entretenidas que nos ha llegado de oriente en los últimos años, y aunque no sea ni mucho menos un manual de confucionismo, no es mal primer paso para interesarse por el personaje, de manera que ha cumplido el que sospecho era el objetivo esencial de sus artífices, convirtiendo al célebre pensador y político en un héroe primero y más tarde en un mártir errante. El héroe que se convierte en mártir es un poderoso imán para atraer la imagen del público en la fase en la que la trama histórica y política deja paso a la fase viajera del relato, que puede quedar definida por esa imagen de los escritos del maestro hundiéndose y siendo recuperados en el hielo, o por la secuencia en la que otro de sus discípulos acude a explicarle lo que le ha ocurre a uno de sus más apreciados pupilos, Zilu. Son dos fragmentos breves, a modo de coletazos del tono épico que presidía la primera parte de la película, y que anuncian el final de un relato que consigue trasladarnos a la perfección a la etapa histórica en la que se ambienta.

Miguel Juan Payán

Modificado por última vez en Jueves, 30 Junio 2011 16:22
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