Blackthorn: sin destino ****

Miguel Juan Payán 30 Jun 2011

El cine español nos da la sorpresa de poner en cartelera una película de género, y además de género western, algo que es poco usual. Alejándose de las angustias privadas que parecen presidir las inquietudes de nuestros directores, y dejando de lado los temas sociales, Mateo Gil le echa unas enormes agallas a esto de hacer cine en España y se monta una película del oeste en toda regla rodada en increíbles paisajes bolivianos que a la fuerza se convierten en un personaje más de la trama, como en todo buen western. Y por si con todo esto no estáis todavía interesados en verla, dos notas más: Sam Shepard demuestra que es el Gary Cooper de nuestro tiempo interpretando un personaje de pistolero en el ocaso digno del cine de Sam Peckmpah, y el encargado de darle la réplica es un Eduardo Noriega ejemplar en su clave de personaje a caballo entre el antihéroe y el villano. Y la película es muy buena. Podréis presumir con el cuñado intelectualillo de que habéis visto cine español y además de calidad.

Mateo Gil se saca de la chistera una buena película tratando con las claves del cine del oeste clásico hábilmente mezcladas con el tono crepuscular esgrimido en el género por directores como Sam Peckimpah en Grupo salvaje y Pat Garrett y Bily the Kid, o por Blake Edwards en Dos hombres contra el oeste. Aunque el tema y los protagonistas de su historia, Butch Cassidy y Sundance Kid, pudieran llevarnos a pensar en Dos hombres y un destino, la película de George Roy Hill con Paul Newman y Robert Redford, Mateo Gil cabalga por otros caminos, buscando una senda que en algunos momentos y personajes tira de referentes clásicos y en otros juega la baza del western de crepúsculo, teniendo buen cuidado de que la parte mediterránea de su traducción del cine del oeste no se suma en los alardes satíricos del llamado espagueti western, pero sin renunciar a algunos elementos argumentales que inevitablemente nos recuerdan algunas claves del cine dirigido en Almería por los dos maestros Sergios de la vertiente italoespañola del género, Sergio Leone y Sergio Sollima. Visualmente por ejemplo la utilización del paisaje en esta historia de viaje, especialmente en el momento de las salinas, me ha recordado algunos planos de desierto blanco como la nieve en Cara a cara, de Sergio Sollima, y algo hay en esa lazo de amistad forzada por las circunstancias y el interés común de sobrevivir que une a los dos protagonistas que me recuerda esas curiosas alianzas entre personajes poco afines que se forjaban en el espagueti western de los setenta. En mi opinión la ambigüedad del personaje de Noriega y sus cambios y evolución van también por ese camino.

Pero no hay que confundirse: Blackthorn no se limita a ser un ejercicio de género en plan puzzle. De hecho, no es un puzzle en absoluto sino que puede presumir de personalidad propia. Alejándose del mero ejercicio de imitación, se configura al mismo tiempo como un homenaje al espíritu del género western, que independientemente de la menor presencia que tienen este tipo de producciones en la cartelera sigue estando igual de vivo. Un ejemplo cazado al vuelo ayer mismo a eso de las dos de la mañana cuando estaba viendo el penúltimo capítulo de la octava temporada de la serie Navy, investigación criminal (NCIS en el original): un personaje de la misma, por otra parte muy cercano al espíritu western que se persona de vez en cuando por esta serie policíaca, le dice al villano de turno: “Mi nombre es Mike Franks y creo que tengo una pelea más. ¿La quieres?” Un momento western puro estilo duelo en el que, como el propio Mateo Gil me comentaba en la charla que tuvimos para hablar de Blackthorn, lo importante, lo realmente interesante, es lo que ocurre antes y después del estallido de violencia, y no la violencia misma.

Ese trabajo con la violencia es una de las  características de personalidad que tiene Blackthorn: sin destino, y se configura como una pequeña escuela de narrativa visual que va en contra del abuso de las escenas de acción en el cine de nuestros días. La manera en la que Mateo Gil aborda esos momentos, por ejemplo en el tiroteo de la cabaña o en el de las salinas, junto con su uso de la elipsis y la manera de dejar fuera de plano lo que ocurre al final con uno de los personajes principales, demuestra una madurez y una seguridad a la hora de fabular visualmente que para sí quisieran otros directores con más títulos en su filmografía. Ahí sospecho que Gil está sacando el máximo partido a su experiencia de narración como guionista, y la aplica con solvencia a su trabajo como director. De ese modo nos propone una película que es al mismo tiempo cine de género, entretenido, con capacidad para ser cine de evasión, sin renunciar por ello a su propio ejercicio como autor, porque es una falacia eso de que el cine de género impida la expresión de la autoría, como sabe cualquiera que se dedique a la dirección, y por mucho que caigan en la trampa de pensar lo contrario algunos críticos (afortunadamente cada vez menos).

Cierto es que los flashbacks que introduce me interesan menos que la trama de crepúsculo con Shepard y Noriega, pero están tan bien dosificados, que esa etapa juvenil  del personaje de Butch se configura como una especie de paréntesis destinado a reforzar desde su modestia la épica historia de ocaso que es el verdadero corazón de la película. Como sucede con la violencia, no es tan importante lo que ocurre en esos flashbacks como lo que ocurre antes y después de la aparición de los mismos. No es error, muy al contrario: es un acierto. Si el flashback tuviera la misma intensidad y fuerza que tiene la historia del ocaso, estaría contradiciendo la verdadera naturaleza de la película, que no es una comedia épica como en el caso de la película de George Roy Hill con Newman y Redford, sino un relato sobre la épica del ocaso de las leyendas. Aligerando el tono en los flashbacks de juventud del personaje central, el director refuerza el impacto en el espectador de lo que realmente importa, que es la historia de ese pistolero viejo pero sabio que busca un retorno geográfico difícil pero posible y no se engaña pensando que dicho retorno es una vuelta a una juventud épica de leyenda imposible de recuperar, porque en realidad nunca existió. Los flahsbacks son así de sencillos, casi diría que humildes en lo referido a su rechazo de la épica, porque no pueden ser de otro modo.

Blackthorn: sin destino es como consecuencia de todo ello una película muy completa que pone el cine de género donde realmente le corresponde sin menospreciar el justo y sano interés del público por entretenerse. Un ejercicio de cine maduro, con varios momentos de gran cine y un planteamiento general que me hace tener ganas de ver más películas de su director, especialmente si las realiza con las mismas agallas que ha aplicado a ésta, sin ponerse fronteras ni límites, siendo así coherente con la propia filosofía de su protagonista, Butch, que un buen día, atrapado en una alambrada decidió que había llegado la hora de cruzar unas cuantas fronteras y probar suerte en otros lugares.

Es lo mismo que ha hecho Mateo Gil, con un par, y por ello, además de por la calidad de su propuesta, merecería que Blackthorn pisara fuerte en la taquilla.

Miguel Juan Payán

Modificado por última vez en Viernes, 08 Julio 2011 10:51
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