La buena mentira ***

Septiembre 30, 2014
La buena mentira. Sobredosis de humanismo y buenos sentimientos en un drama algo previsible.

Reconozco que los primeros cuarenta minutos de película se han ganado mi atención con esa odisea de supervivencia de los niños atravesando kilómetros de territorio en guerra a base de caminatas peligrosas y agotadoras. Es esa forja de la historia la que más me ha llamado la atención de la película. Luego, con la llegada a Estados Unidos y esa imagen tan edulcorada de la sociedad norteamericana como acogedora patria adoptiva para los protagonistas, con esos momentos de ingenuidad de estos que me resulta difícil entender, principalmente porque creo que está algo exagerada, y con ese buenrrollismo general que impregna todas las imágenes, con el tema del cáncer en la familia de uno de los personajes principales claramente metido con calzador y buscando la lágrima fácil, me ha parecido que el asunto se inclinaba en demasía hacia lo sensiblero, sin tirar de mayores dosis de crítica, sátira y cinismo que sin duda le habrían venido muy bien a esta fábula amable sobre la acogida de los niños de la guerra de Sudán. Lo que ocurre es que es una película entretenida, que mantiene el interés por ver qué demonios va a ocurrir con esta pobre gente en el mundo occidental, pero merecería la pena que el director hubiera tirado de un humor menos blanco y simplón y nos hubiera dado una visión menos acomodada, previsible y de postal, porque creo que el tema y los protagonistas de la historia se lo merecen. Se merecen el respeto a ser tratados como algo más que una “buena obra” de los Estados Unidos o el mundo desarrollado frente a ese tercer mundo maltratado y sus desgraciados habitantes. Nada que objetar a la emotividad y la simpatía que se ganan en el espectador los mismos, pero en una historia tan amarga algo más de humor para poner distancia entre el espectador y la película y obligarle a pensar y hacer una relectura del relato más allá de sus más obvios recursos como melodrama próximo al espíritu de Frank Capra habría sido muy de agradecer.

Digamos por tanto que lo que mejor funciona de la película, y lo más interesante es sin duda lo que ocurre en África en cualquiera de las distintas fases del relato, ya sea en su principio, en su parte media o en el periplo del protagonista camino de su desenlace. Por el contrario todo lo que ocurre en Estados Unidos da una visión tan optimista, buenrrollista y bienpensante, y abunda en una imagen tan positivista y maquillada por el camino de la edulcoración de la sociedad norteamericana, que yo al menos no me la creo.

La película tiene no obstante cosas muy válidas e interesantes. Por ejemplo es muy útil para llevarnos a reparar en el abismo de actitudes y posesiones que nos separan de los maltratados habitantes del continente más maltratado del planeta, esa África que sigue pagando los platos rotos de una política colonial salvaje y caprichosa por parte de las potencias occidentales que han hecho de esa zona geográfica uno de los juguetes rotos de nuestra civilización.

Pero, como digo, algo más de mala leche, algo más de cinismo y algo más de crítica le vendría bien al largometraje.

En todo caso, tiene momentos emotivos, habrá quien incluso encuentre motivo para soltar la lagrimita.

Eso sí, lo que no entiendo es el protagonismo de Reese Whiterspoon en el cartel, que no responde a su verdadero papel como personaje secundaria en la película.

Miguel Juan Payán  

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©accioncine



Crítica de la película Agua para elefantes

Otra nueva película con Robert Pattison de protagonista y otro nuevo intento de colocar al actor como ídolo romántico a raíz de su papel en la saga Crepúsculo. Aún no está claro si Pattison conseguirá tener una carrera alejado del vampiro que le ha dado fama, pero está claro que sus intentos van encaminados en esa línea de imagen romántica de príncipe de cuento de hadas. Al menos eso intentaron vendernos en su anterior película, aunque fuese más un drama familiar, y al menos eso es lo que se desprende de esta nueva película que llega a nuestras carteleras.

No sé si se trata de una prueba de fuego o no de cara a la taquilla (en USA ha funcionado correctamente, no de forma espectacular, pero sí correctamente), pero está claro que el actor puede caer en cierto encasillamiento si no deja pronto este tipo de papeles. A finales de año llega una nueva entrega de la saga vampírica que no le va a ayudar en esa labor. El chico necesita un cambio de rumbo y de imagen lo antes posible si quiere que su carrera avance de verdad.

Como siempre en estos casos, no podemos juzgar la película con respecto a la novela en la que se basa, porque no sería justo para ninguna de las dos. Son dos medios completamente distintos y todo lo que aparece en una novela no puede ser incluido en una película. Se convertiría en una serie de televisión. El libro de Agua para Elefantes cuenta con muchos seguidores a lo largo del mundo. Para ellos una recomendación, la misma que para cualquier lector que ve convertida una obra que adora al cine, no hacer comparaciones. Mejor quedarse con la esencia de lo que cuentan. Y que sea fiel a eso.

La historia de un joven estudiante de veterinaria que lo pierde todo con la muerte de sus padres y se une a un circo buscando trabajo es la esencia de la historia de la película. Todo ello narrado desde los ojos de un anciano que lo recuerda todo con nostalgia y melancolía y que nos traslada a la América de la gran Depresión con un circo en un tren recorriendo el país. Y por supuesto con Marlene, la mujer de la que se enamora, la fruta prohibida sobre la que gira toda la trama. No vamos a creer que la película va sobre limpiar elefantes.

Aunque servidor tiene cierta debilidad por este tipo de historias, las de un anciano que recuerda un tiempo mejor, un tiempo de magia y en el que todo era posible, la película no sabe manejar del todo ambos tiempos y lugares y sólo se centra en el pasado, mientras que el tiempo futuro con la presencia del siempre excelente Hal Holbrook no queda apenas desarrollado más allá que por su voz y las escenas de inicio y final, que saben a poco, la verdad.

El problema de Agua para Elefantes, a fin de cuentas, no es la menor presencia de Holbrook. Es el exceso de ñoñería que inunda la cinta. Para gente que busque el drama más facilón y sin demasiada garra, es posible que la película les dé justo lo que pedían. Pero para espectadores algo más exigentes el nivel de azúcar en sangre que la película despliega puede ser excesivo y hacer la proyección demasiado larga. No tengo nada en contra del romanticismo y de las películas románticas. De hecho disfruto de las tramas románticas cuando están bien planteadas y desarrolladas (mi compañero Miguel Juan Payán me llamaría moñas sin lugar a dudas), es cuando se superan los límites permisibles sin ofrecer nada a cambio cuando uno empieza a fijarse en las flaquezas de la película. Y Agua para Elefantes recae demasiado en los cruces de miradas lánguidas y los quiero y no puedo, para hacer avanzar la trama. Y eso no hace avanzar la trama, la hace desaparecer.

El otro problema recae no en las interpretaciones, sino en la falta de química entre la pareja romántica, entre los dos protagonistas de la película. Ahí es donde realmente pierde fuerza la historia de amor. Pattison y Whiterspoon no transmiten pasión, no transmiten fuerza o un entendimiento más allá de las palabras. Y cuando basas tu historia de amor central en la química entre ambos y sus miradas en lugar de en el guión y las situaciones, los diálogos y el desarrollo de personajes. Eso es lo que impide que sea verdaderamente una buena película.

Porque mala tampoco es. Maneja bien el ritmo pausado de una historia de este estilo y sobre todo mantiene con interés la historia sobre el circo y el mundo que rodea ese peculiar universo de payasos y contorsionistas que conforman una gran familia. Eso lo mueve de forma excelente y siempre nos deja con ganas de más (como la huida del elefante a la ciudad, los viajes en tren o el momento debajo de la tienda cuando el elefante busca bebida pese a estar encadenado al suelo).

Y por supuesto está Christophe Waltz, esa fuerza de la naturaleza capaz de coger a un supuesto villano de la historia y darle una profundidad y una tridimensionalidad a través de su rabia, de su inteligencia y de sus pequeños gestos que convierten a este actor en uno de los mejores del momento. No sé por qué pero cada vez que le veo pienso en el gran Mark Strong también…

En definitiva, una película para ver en pareja y con ganas de achucharse, inofensiva y quizá algo larga, con sus pros y sus contras, a la que los lastres le pesan demasiado en cierto sentido, pero que posee momentos muy interesantes y a Waltz, por el cual ya merece la pena ver la película. No llega a cansar ni ofende, pero se observa entre bambalinas que esa historia de circo y amor podía haber dado mucho más de sí si se la hubiesen currado un poco más.

Eso sí, a las fans de Pattison les va a encantar seguro…

Jesús Usero