Crítica de la película Suspiria

Estéticamente interesante y perturbadora, viaja hacia un desenlace excesivo y grotesco.

Seductora pero presa de un simbolismo pretencioso que hacia el final cae presa de cierta pedantería y exhibicionismo, tiene cosas que me gustan mucho y otras que me dejan algo más frío, especialmente cuando se muestra demasiado obvia en sus maniobras de seducción a través del esteticismo, con una estrategia de rompecabezas. A su favor tiene esta versión de Suspiria dirigida por Luca Guadagnino su decidida apuesta por ir más allá de la película original de Argento y no conformarse con ser un remake para zambullirse en un paisaje de múltiples referencias cinematográficas que a modo de puzle animan su planteamiento desde un punto de vista cinéfilo.

Vampiros hipsters de la mano de Jim Jarmusch. Y no lo digo como algo despectivo, sino como la principal característica de estos peculiares vampiros que habitan la película del director de culto, dando la sensación de que están, como la película, alejados del mundo “mainstream”, en un plano de existencia que los aleja de los humanos, en su propio mundo de referencias culturales, de guiños intelectuales y de ironía y sorna. Jarmusch no ha hecho una película de vampiros para todos los públicos. De hecho es una película irregular, a ratos pretenciosa, a ratos pedante, pero de una enorme belleza y que supera todas las trabas que podamos y queramos ponerle debido a ese aire hipnótico y a la sensación de que no sabemos si el director está junto a los vampiros o se mofa de ellos.

Dos amantes, desde hace mucho tiempo, vampiros ambos (aunque nunca se usa la palabra en toda la película), se reúnen en Detroit, donde él, con tendencias suicidas debido al desastre en que nos hemos convertido, vive, y donde ella le busca. Claro que la aparición de la hermana de ella podría acabar con la felicidad entre ambos y complicar su mundo. Con Jarmusch pueden imaginarse que no hay acción (aunque al parecer había una escena y cuando le pidieron más, la quitó toda), que todo es juegos de miradas, de guiños cómplices, de experiencias, de sensaciones. No importa tanto el diálogo sino cómo se dice, cómo se reacciona a él y lo que está pasando cuando se dice.

Aquí se trata de una comedia. Tampoco esperen carcajadas, más bien sonrisas cómplices para entrar en el mundo de estos adictos, que en definitiva es lo que son. Tom Hiddleston está perfecto con su aire de estrella del rock decadente, con una sensacional Tilda Swinton que se está convirtiendo en la versión femenina de Johnny Depp (sólo hay que verla aquí y enSnowpiercer), y qué decir de Jeffrey Wright (sus momentos en el hospital tienen mucha miga), John Hurt o Anton Yelchin. Aunque quien realmente roba la película es Mia Wasikowska, una presencia arrebatadora, loca, estúpida incluso, pero que cuando no está se echa de menos muchísimo. De hecho, necesitaba aparecer más. Bastante más, porque da historia, más humor y cuando está ella pasan cosas.

Ya hemos hablado del aire hipster de estos vampiros algo decadentes, lánguidos, divertidos e hipnóticos. Pero da la sensación de que Jarmusch no termina de saber qué quiere hacer con la película. No sabemos si quiere jugar con ellos o quizá observarlos simplemente. Si quiere reírse con o de ellos. Si le interesan o no. El viaje, al final, interesa por las imágenes, los actores y las sensaciones, pero no por la historia (no tiene apenas) o el guión, lo que a muchos espantará porque no es una película para todo el mundo. Es elitista, es parsimoniosa y a veces es endiabladamente pedante (los nombres de los protagonistas, sus apodos, lo que han hecho en su vida…). El resultado es más emocional que racional. Incompleto, pero tremendamente satisfactorio.

Jesús Usero

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