Crítica de la película El emperador de París

Entretenida reconstrucción de época en una clave de intriga y aventuras.

En 2001, Pitof dirigió Vidocq, protagonizada por Gerard Depardieu y tomando como base el mismo personaje a caballo entre la historia y el mito que destacó en la formación de las fuerzas policiales galas en época napoleónica. Era aquella una película más confusa y menos divertida que la que ahora se estrena con el título de El emperador de París, y a decir verdad al personaje le presta una vida más trepidante y dinámica para el género de acción el fichaje de Vincent Cassel. Sin desmerecer el carisma de Depardieu en cualquier personaje que pueda interpretar, en este caso me quedo con esta versión Cassel.

En realidad las dos películas están bastante empatadas en lo referido a calidad, pero Vidocq me parece más pedante, con aspiraciones a ser celebración de un tono de relato pulp o de cine de explotación en el que en realidad no cree. No le ocurre eso a El emperador de París, que desde el primer momento se quita la máscara y deja claro que piensa transitar por el camino del entretenimiento, en su segundo acto con algunos detalles argumentales, como la formación del pintoresco grupo de “agentes” de Vidocq que  por su desempeño posterior parece querer emular, la francesa y con menos fuerza de seducción del espectador, a los Intocables de Eliot Ness reclutados para la película de Brian De Palma, pero cambiando la ciudad de Chicago en la prohibición por una París napoleónica.

La bella y la bestia, entretenida actualización de la fábula en la que destaca la protagonista femina.

Lo tengo claro, clarísimo: lo mejor de esta nueva versión de La bella y la bestia es Léa Seydoux. Hay algunos comentaristas de estos asuntos del cine que afirman que está fuera de papel, que es demasiado descarada para interpretar el papel de la Bella, pero creo que se equivocan. Ha llegado el momento de que la Bella de esta fábula tantas veces repetidas le plante cara a la Bestia, y en este caso la fórmula me interesa más porque Seydoux se mide con esa especie de Javier Bardem a la francesa que es Vincent Cassel, actor cuya capacidad para encarnar lo más primario de nuestra especie me quedó clara desde que lo vi en Doberman y que no ha dejado de crecer como intérprete ante los ojos del público, refinando su carácter eminentemente amenazador al máximo en su contribución a Cisne negro. Aquí Cassel es el que está fuera de juego, porque le han enchufado un papel que cojea por la parte del exceso de efectos especiales y porque las comparaciones son odiosas, pero en la comparación con la mejor Bestia que ha dado el cine, la interpretada por Jean Marais en la versión de la fábula dirigida por Jean Cocteau en 1946, sale perdiendo. Marais le coge la delantera en parte porque trabajó para un director que tenía claro que el actor era el mejor efecto especial del cine, y más allá de él, el juego con el maquillaje, la luz, las sombras, la puesta en escena… Frente a ese planteamiento de Cocteau, el que hace el siempre entretenido pero con personalidad como director menos definida Cristophe Gans se apoya mucho más en muletas visuales de trucajes por ordenador. Es así como una propuesta de partida interesante –volver a las fuentes de este argumento universal del amor redentor-, se convierte en realidad en una acomodaticia versión del relato clásico que encuentra su desarrollo comercial en parentesco directo con actualizaciones de los cuentos clásicos como Blancanieves y la leyenda del cazador, Alicia en el país de las maravillas versión Tim Burton (observen el cartel, español, que es casi una reedición de la propuesta promocional de la película de Burton), o Caperucita Roja (¿A quién tienes miedo?), todas ellas un tipo de fábulas que son sin duda entretenidas y visualmente impactantes. De hecho, el impacto visual es el sello del cine de Christophe Gans, como demuestran otros títulos de su filmobrafía, Crying Freeman, El pacto de los lobos, etcétera. Lo que ocurre es que, a estas alturas de la historia del cine y considerando el cinismo y el escepticismo del público frente a la simplificación de las fábulas clásicas, me da por preguntarme qué ha llevado a Gans a pensar que era necesario volver a rodar La Bella y la Bestia centrándose más en lo visual, especialmente considerando que incluso en lo visual su visión del relato queda ampliamente superada, del derecho y del revés, por la versión dirigida en la década de los cuarenta del siglo pasado por Jean Cocteau.

Lo cual me lleva a pensar que el cine actual debe estar notablemente estancado si la mejor versión de un clásico como éste sigue siendo la que rodó  Jean Cocteau en los años cuarenta del siglo pasado. Y aprovecho parar recomendársela a todos aquellos amigos del cine que todavía no la hayan visto. Quizá así entiendan mejor lo que he querido explicar en estas líneas.

Pero, eso sí, del relativo resbalón que es esta versión, sigo rescatando a Léa Seydoux.

Miguel Juan Payán

©accioncine

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