Crítica de la película Carta blanca

Los Hermanos Farrelly vuelven a la carga. Hacía tiempo que no sabíamos nada de ellos, pero aquí les tenemos otra vez, intentando reverdecer los laureles de un éxito que una vez fue suyo y que últimamente les elude de forma considerable. Y eso que Carta Blanca fue número 1 de taquilla en USA durante el fin de semana de su estreno. Pero ni con esas. El resultado final en la taquilla ha sido otro fiasco, otra película de la que se esperaba mucho más y que al final no ha sido tan tanto como prometía ser.

También es cierto que los Farrelly vuelven pero sobre todo vuelven en nombre, no tanto como aquel par de directores y guionistas totalmente salvajes y descacharrantes que hacían chistes sobre prácticamente lo que fuese sin importar el mal gusto o lo políticamente correcto, sólo hacer reír al espectador con películas como Algo pasa con Mary o Dos Tontos muy Tontos. Parece ser que el paso de los años ha terminado por irlos domesticando poco a poco y hacer que su cine se vuelva cada vez más común, más para todos los públicos. En ese sentido Carta Blanca era una especie de intento de recuperar su vertiente más salvaje y gamberra.

Claro que, no nos engañemos, tras todas las capas de humor soez y vulgar del cine de los Farrelly, siempre se escondían historias más o menos bienintencionadas y con final feliz en el que lo que realmente importa es el amor, la familia, la historia de “chico se queda con chica”, etc. Algunos de sus chistes son memorables, pero el contenido de sus películas es más bien blandito. Tierno si se quiere.

No cuesta mucho imaginar que Carta Blanca nace a la luz del éxito de Resacón en las Vegas. Es una película que, incluso por temática, cae en las redes de lo políticamente incorrecto, con un grupo de amigos que intentan recuperar el tiempo perdido, la juventud y el ligoteo, las fiestas salvajes, cuando sus mujeres les conceden una semana para hacer lo que deseen sin repercusiones para su matrimonio. El sueño de cualquier hetero sapiens, según los directores. Aunque uno se plantea si estando casado con Christina Applegate realmente se necesita ir a buscar mujeres de mejor ver… No tiene mucho sentido, porque al menos la historia de Owen Wilson está planteada de forma que podamos entender cierta frustración sexual en el matrimonio.

Pero lo que en Resacón en Las vegas se convierte en gamberrismo puro y duro, en un trío de personajes completamente fuera de lugar que montan un pollo de padre y muy señor mío, lleno de secuencias cada una más bestia que la anterior, y donde al ir recordando la noche perdida las cosas se salen aún más de madre, y en la que pese al final feliz, las fotos nos recuerdan que de niños buenos estos tipos no tienen nada, aquí todo es mucho más sencillito, más calmado, más inocente. Tienen momentos gamberros e incluso asquerosos, pero no son Bradley Cooper y compañía. Les falta mala baba.

Es por eso que el guión no termina de funcionar y nos lleva de un lado a otro sin lanzarse nunca del todo a la piscina, sin llegar a rematar la faena ofreciéndonos la cara más salvaje de este grupo de amigos que pronto se convierte en pareja debido a que la mitad de ellos abandona la aventura. Ese par de amigos que se enfrentan a su semana en soledad son un par de ositos de peluche algo despistados. No son un par de cafres, y ahí es donde se equivoca la película. Este tipo de cinta necesita cafres, frikis o similares para llegar a buen puerto. O gente drogada que no sepa lo que anda haciendo. Aquí se desaprovecha el momento de las drogas en un campo de golf. Y es una pena.

Por supuesto que tiene momentos memorables en los Farrelly recuperan todo su esplendor como directores y nos recuerdan que siempre queda algo de su anterior magia. EL chiste de la masturbación en el coche (mudo, en el que todo se dice con los gestos), la salida del jacuzzi en el gimnasio (ofensivo a más no poder, hace daño a la vista), la visita a la mansión de los amigos sin saber que la cámara les espía… Son instantes en los que las risas se elevan, son los mejores momentos de la cinta.

Esos y la presencia de Stephen Merchant, productor, guionista y actor ocasional, el que era representante de Ricky Gervais en la brillante serie Extras (además de responsable junto al actor), aparece lo justo en la película para que no lleguemos a olvidarnos de su cara tan particular, de su voz y sus expresiones británicas, y de un personaje y un actor que son unos robaplanos de mucho cuidados. Suyo es el genial chiste final, suyo el mejor momento con las drogas. Cuando termina la película, es a él al que más echamos de menos. Y su ausencia se nota en gran parte del metraje.

Wilson y Sudeikis tiene buena química, y se nota. Y la película es tiene momentos muy divertidos. Pero le puede ese final ultraconvencional que acaba con nuestras esperanzas de ver algo distinto (además de ser altamente inverosímil), a veces le pierde la escatología, algo común en los directores, y a veces se pierde en largas escenas que no llevan a ninguna parte y no hacen reír.

Pero acompañando de un grupo de amigos y unas birras, es la película perfecta para ver el fin de semana sin prestarle mucha atención a la trama y sí a sus momentos de salvajadas extremas, que los tiene y con toda seguridad arrancarán más de una carcajada en la platea. Quizá no vuelvan a ser los directores que una vez conocimos, pero el que tuvo, retuvo, y a lo mejor poco a poco les recuperamos para la gran pantalla.

Eso sí, Merchant se merece una película para él solo a la voz de ya. Si acaso acompañado por su amigo Gervais.

Jesús Usero

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