Vitoria, en clave de thriller en Vitoria, en El silencio de la ciudad blanca

Daniel Calparsoro recorre las calles de la capital alavesa, para convertir su misteriosa fisonomía arquitectónica en un personaje más de El silencio de la ciudad blanca.

Hay ocasiones en que una película está determinada por los lugares donde transcurre la trama, como si la atmósfera que insuflaran los decorados se pegara fuertemente a la evolución del guion. Esto es lo que ocurre con El silencio de la ciudad blanca, cuyos resultados no serían los mismos sin el elemento de suspense que transmiten los monumentos y las calles de Vitoria Gasteiz.

De similar forma a lo que sucedía con la adaptación de El guardián invisible (Fernando Gómez Molina, 2017) y el valle del Baztán; en esta ocasión el hilo conductor viene igualmente heredado de una novela precedente, del mismo título que el filme de Calparsoro, escrita por Eva García Sáenz de Uruturi. Una unión visual fuerte e irrompible, que la cinta del responsable de Cien años de perdón se encarga de potenciar, con cada plano y secuencia que componen el metraje de la obra.

El pasado ritualista y pagano de Vitoria Gasteiz (enclave que fue ocupado por numerosas tribus del norte, tras la quiebra del imperio romano) da pie a montar una vertiginosa escalada de asesinatos extraños y casi satanistas, en los que el criminal parece seguir un estricto programa de actuación. Tales actos se alimentan obsesivamente del espacio donde son encontrados los cuerpos, como singular motor de la acción y pista a tener en cuenta.

Según semejante esquema, el primero de los edificios en aparecer en la pantalla -dentro de esa escalada de violencia sanguinaria- es la llamada Catedral Vieja (Catedral de Santa María), que acontece a través de su oscura cripta de origen medieval. Allí es localizada la primera pareja de asesinados: dos jóvenes sin conexión aparente, ambos de veinte años y con mortales picaduras de abejas en su garganta. La escenificación escogida por Calparsoro, que puede recordar a una pintura de Durero, adquiere una mayor significancia arropada por los muros del templo datado del siglo XII (una verdadera declaración de intenciones, sobre el imprescindible papel de Vitoria en el largometraje).

Casi a la par que este tétrico y religioso recinto, la carrera de Unai (Javier Rey) y la subcomisaria Alba (Belén Rueda) por la calle conocida como Los arquillos incita a concebir los nocturnos pasadizos de la urbe alavesa como los ideales y únicos, para desplegar una investigación criminal con implicaciones de malsano historicismo. La escena de la arquería ofrece una visión clara sobre la naturaleza de cómo se irán produciendo los descubrimientos policiales, y marca el ritmo en crescendo que el trabajo detectivesco va a aportar a la cinta.

Junto a la Catedral Vieja y su ilustre e imponente campanario de base octogonal, la arquitectura de la película se funde con la de la urbe en el otro punto neurálgico de la historia: la Plaza de la Virgen Blanca; donde desemboca la balconada de San Miguel, y en cuyas proximidades se halla el apartamento en que vive Unai (alias Kraken). Este lugar de encuentro se cruza con la cámara en más de una ocasión, y genera un ingrediente de confusión de índole multitudinaria, que permite elevar las sospechas hacia numerosos puntos.

Sin embargo, aparte de los monumentos más conocidos de las arterias de Vitoria Gasteiz, existen otras localizaciones que ayudan a construir la arquitectura visual y sensible del filme. Uno de estos es la pequeña ermita románica de San Juan, en el concejo de Marquínez, dentro del municipio alavés de Bernedo. Este enclave entra de lleno en las asociaciones esotéricas que el protagonista (Unai) va desentrañando, con respecto a los asesinatos rituales que debe resolver.

Junto con los decorados ligados a las pesquisas policiales, Calparsoro también pone en escena lugares relacionados con la psicología del personaje de Kraken, como el del pueblo de Villaverde, a cuarenta kilómetros de Vitoria; sitio en el que creció el experto en perfiles, y en el que sucedió una siniestra historia que guarda estrecha relación con las muertes ritualistas.

Pero el recorrido arquitectónico de El silencio de la ciudad blanca no estaría completo si no se incluyera la impactante fachada de la Casa del Cordón (un gran ejemplo de arquitectura gótica civil), la comisaría de Portal de Foronda o las implicaciones en el argumento del llamado Túnel de San Adrián, con todo su pasado secreto y de culto espiritualista.

Jesús Martín

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Modificado por última vez en Viernes, 08 Noviembre 2019 11:43
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Jesús Martín

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