Hope ★★★★

Crítica de la película Hope

Uno de los mejores dramas que vamos a ver este año. Muy recomendable.

      Las películas que calan son cada vez menos. Me refiero a las que realmente se te quedan pegadas a los pensamientos durante una temporada. Todas ellas, desde que el cine es cine, parten de una misma virtud: verdad. VERDAD. Con mayúscula. Hope es una de esas películas.

      Y no lo digo por la frase con la que comienza, a modo de declaración de principios, afirmando esa intención de verdad, que podría ser o no parte del drama, de la ficción, sin que ello importe.

      Lo digo por ese primer plano con el que arranca, que por encima de la frase en blanco sobre negro es la primera muestra de verdad tejida en la mirada de la protagonista. Esa es la verdadera declaración de principios.

      Hay algo de caja china en esa imagen: la actriz que interpreta a la protagonista, que es alter-ego de la directora, que mira su obra creativa mientras la directora mira a la actriz de su película, su obra creativa… Un curioso juego de espejos que a partir de ese momento se va a mover en el territorio de una cotidianeidad apuntalada por la elección de la filmación cámara al hombro, y esa especie de movimiento de péndulo que alternativamente nos propone mirada subjetiva de la protagonista y paso a planos en tercera persona que nos muestran la casa y la familia en una normalidad que todavía no ha sido sacudida por la zozobra de la enfermedad.

Hope 2

      Y poco después, los dos compases de la soledad que marca el territorio del miedo, primero en la cama, de espaldas al marido, y luego en ese plano en el médico, donde la petición de una simple prueba diagnóstica con una premura poco tranquilizadora, aleja la normalidad, lo cotidiano, de la vida de la protagonista, y en el plano la muestra definitivamente atrapada por dos reencuadres en planos sucesivos.

      Y en todo ese recorrido: los ojos como eje, la mirada de la que vive el miedo, y más tarde alternada con las miradas de los que la rodean, que es la mirada del espectador, en tanto que nosotros poseemos más información de lo que se acerca que los que rodean a la protagonista, y empezamos a ver, por ejemplo en el plano general que sigue a la resonancia, el efecto bidimensional que parece desdibujar todo ese paisaje cotidiano que la rodea -por ejemplo las estanterías llenas de libros en el encuentro con el padre, en plano general, bidimensional-, como si así como de la conversación sobre las críticas de su trabajo.

      Es curioso cómo la película nos sitúa en esa incómoda posición de ser partícipes de la inquietud de la protagonista con mayor conocimiento que el de los personajes que la rodean, padre, marido, hijos, compañeros. Posiblemente ese es el mejor atributo que exhibe este largometraje para situarse en posición de ventaja como una de las propuestas de cine dramático que nos ha propuesto la cartelera en estos meses.

      Mientras el padre le recuerda la importancia de la crítica, ignorante de lo que pueda estar pasando por la cabeza de ella, nosotros sí sabemos que los pensamientos de su hija están muy lejos de allí, y que de repente todo ese paisaje tan verosímil de su día a día empieza a perder relieve, barrido por esa inquietud que se va imponiendo en su vida.

      Una inquietud que se traduce tanto a la cámara al hombro, incesantemente sumida en movimientos mínimos, nerviosos, tan inquietos como los pensamientos de la protagonista, como en el propio montaje, o en la resolución de secuencias como la de esa llamada telefónica, en la que el padre queda al fondo y ella mira a su hija frente al espejo, antes de que el movimiento de ambas las lleve en dirección contrarias, y esa luz cálida del hogar del plano anterior nos lleve con la protagonista en el plano siguiente hasta una calle donde acaba sumergida absolutamente en el gris.

      Lo que quiero decir con todo esto es que, desde su comienzo, la directora deja clara una singular maestría en hacer de la narración cercana de lo verosímil un desfile de recursos para meternos de lleno en el drama de su protagonista, forzosamente íntimo pero que al mismo tiempo Hope sabe manejar y hacer crecer posteriormente hasta un drama de grupo, que arranca con la incorporación del marido a la consulta de la doctora. Ojo a la luz también en ese momento, porque, como toda la iluminación en la película, es un recurso esencial para que cada plano meta al espectador en una localización y una situación que le resulta dolorosamente familiar. Tanto más inquietante por cuando no esta adornada con ninguna de las trampas del melodrama, sino simplemente expuesta con eficacia, de la que no hay que pensar que está dando lugar a una frialdad en el tratamiento del asunto, sino todo lo contrario.

      Hope es una película que habla tanto de lo que nos propone su título como de la convivencia con el miedo, pero afortunadamente no se queda en eso. Ese inicial punto de vista perturbador se va trocando en su desarrollo hacia el camino que indica su título.

      En cada uno de sus planos se respira el respeto absoluto por toda la gente que pasa por esas situaciones terribles, difíciles de explicar para quien no las ha sufrido, pero que esta película nos hace compartir eficazmente hasta desarmarnos, con un trabajo inmenso de Andrea Braein Hovig y Stellan Skarsgard y planos como el de la absoluta desorientación del matrimonio a la salida de la clínica, que es realmente el principio de lo que interesa como núcleo de la historia.

A lo largo de su metraje Hope construye una historia de reconstrucción de los afectos madura, sólida, desde el peor paisaje que puede enfrentar un matrimonio. De ahí la absoluta oportunidad de su título, que no es Miedo, sino Esperanza.

Miguel Juan Payán

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Miguel Juan Payán

Profesor de Historia del cine, Géneros cinematográficos y Literatura dramática