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Alejandro Gómez

Alejandro Gómez

Todo en uno: cinéfilo, seriéfilo, melómano, lector voraz y tragaldabas.

Crítica de la película Desastre y total: Agencia de detectives Nº1

Un canto a la imaginación que no tiene toda la fuerza que debería.

La imaginación es el refugio de aquellos que sufren la soledad. Conforma nuestra forma de pensar y de ver el mundo. Nos hace diferentes. Únicos. Por ello, los niños necesitan ver películas como Desastre y Total para descubrir que no es tan malo remar a contracorriente. Basada en la obra homónima de Stephan Pastis, el director Tom McCarthy (Spotlight) cuenta la historia de Timmy (Winslow Fegley), un imaginativo niño de once años que dirige Total Failure, la mayor agencia de detectives del país, junto a su amigo, un gigantesco oso polar imaginario.

Narrada en primera persona a través de la voz en off del protagonista, pronto nos metemos en la cabeza de Timmy para descubrir un personaje con múltiples capas y muy diferente a los que suelen poblar las películas de Disney. A pesar de que la imaginación desbordante del protagonista y su trabajo como detective privado puedan hacer pensar en un personaje infantil e ingenuo, lo cierto es que su comportamiento, pensamientos y lenguaje son maduros para su edad. Se puede observar en su sentido del deber, pero también en la forma de abordar los paréntesis surrealistas que tienen lugar en su cabeza. Es fácil sentirse identificado con la forma en la que magnifica sus miedos ante la incomprensión del mundo adulto y su intransigencia frente a unos cambios que todos hemos experimentado, como el salto a la secundaria. Por todo ello, quizás los espectadores más pequeños abandonen la aventura a mitad del camino.

Crítica de la película Togo

Buena película de aventuras familiar que descubre al verdadero héroe de la carrera del suero.

También conocida como la Gran Carrera de la Misericordia, la carrera del suero a Nome en 1925 es una de las gestas caninas y humanas más impactantes de la historia. El pequeño pueblo de Alaska se quedó incomunicado por una tormenta de nieve en medio de un brote de difteria que amenazaba la vida de los más pequeños, por lo que los habitantes decidieron crear varios grupos de perros tirados por trineos para recorrer una distancia superior a los 1000 km. y hacer llegar la cura a distintos puntos. Esa era la historia que conocía hasta ahora el gran público, con Balto como gran héroe, sin saber que Togo y su dueño, Leonhard Seppala, jugaron un papel fundamental: ellos fueron quienes recorrieron 563 km., mientras que el famoso cánido y su dueño, Gunnar Kaasen, solo hicieron el relevo final de 88.

El director Ericson Core (que ya había colaborado con Disney en Invencible), aborda la historia de Togo como si de una superproducción para la gran pantalla se tratara. Siendo una historia sencilla de aventuras y supervivencia, me parece mucho más sólida en todos los aspectos que otras muestras del género con cánidos de por medio como Bajo cero o Balto: La leyenda del perro esquimal. Mucho más entretenida y trabajada, rayando a un muy buen nivel en lo visual; desde la propia fotografía, que diferencia perfectamente la calidez del hogar de los flashbacks con el destino incierto y los paisajes desolados y fríos del presente, a la puesta en escena y la construcción de las escenas de supervivencia, especialmente las que acontecen en el mar helado.

Crítica de la película Stargirl

Satisfactoria mezcla de drama indie americano con las comedias de instituto de Disney Channel.

Los dramas adolescentes coming of age existen desde hace décadas, pero los últimos años han llegado muestras de cine independiente que le han dado al subgénero un poso de madurez hasta entonces casi desconocido. Hablamos de películas como Yo, él y Raquel de Alfonso Gomez-Rejon o Miss Steve de Julia Hart. Con la experiencia demostrada en su ópera prima para entender los sentimientos adolescentes, es esta última quien asume el reto de adaptar el libro homónimo de Jerry Spinelli y acercarlo a los suscriptores de la plataforma Disney+.

El film cuenta la historia de Leo Borlock (Graham Verchere), un joven tímido de penúltimo curso cuya vida cambia por completo con la llegada de Stargirl (Grace VanderWaal), una chica extravagante y carismática empeñada en hacer el bien por los demás que se fija en él. Una trama que a priori resulta tan manida gana enteros gracias a la inteligencia de la directora y de los guionistas Kristin Hahn, Jordan Horowitz y el propio escritor del libro para meterse en la mente de estos jóvenes y proponer conflictos propios de la edad como la soledad, la necesidad de encajar o la complicada decisión de pasar tiempo con los amigos o con las mariposas del primer amor. Por si no fuera suficiente, añadámosle a la ecuación la frustración que supone no poder contentar a todo el mundo. Son temas que dan personalidad y profundidad a la película y la alejan de las clásicas tv movies de Disney, a pesar de que los personajes y las situaciones que proponen sean un compendio de clichés de las dramedias de instituto.

Crítica de la película La dama y el vagabundo

El nuevo remake live action de Disney es uno de los más flojos de la compañía y no aporta nada nuevo respecto al original.

Uno de los principales reclamos en cuanto a producción original en el desembarco de Disney+ en nuestro país eran la serie The Mandalorian y la adaptación en imagen real de todo un clásico como La dama y el vagabundo. Mientras que la primera tiene un acabado visual y un estilo narrativo cinematográfico que marca el camino a seguir para el resto de series de la plataforma, la película de Charlie Bean (La LEGO Ninjago película) simplemente no tenía un lugar mejor a donde ir.

La historia original de 1955 es de sobra conocida por todos. Es sencilla y cálida, además de funcionar como un reloj en sus escasos 75 minutos de metraje. El problema viene cuando ese relato que ya se ha contado infinidad de veces se estira, perdiendo ritmo y encanto, con un tono más propio de los remakes Disney de los años 90. En ese tiempo extra el guionista Andrew Bujalski hace que la historia de amor entre Reina (Tessa Thompson), una mimada cocker spaniel, y Golfo (Justin Theroux), un curtido perro callejero, sea más ingenua que la original, debido en parte a la ausencia de subtexto. La escasa expresividad de los caninos fruto de la mezcla de imagen real con CGI -mejorada, eso sí, si se compara con el remake de El rey león- provoca que subrayen en exceso mensajes del original que todavía siguen calando entre el público, como la importancia del hogar, la eterna lucha entre el sentimiento de libertad y de abandono o la denuncia del maltrato animal.

Crítica de la película El Hoyo

Brillante metáfora sociopolítica disfrazada de thriller de supervivencia.

El cine ha mostrado a lo largo de su historia el enfrentamiento del hombre contra seres de otros mundos o la propia naturaleza, pero a veces olvida que los monstruos más peligrosos pueden habitar dentro de cada uno de nosotros. El hombre es un lobo para el hombre, y a partir de esta reflexión el director Galder Gaztelu-Urrutia construye en El hoyo una intrigante y tensa distopia sobre la corrupción moral y la insolidaridad en tiempos críticos.

Todo comienza cuando Goreng (Ivan Massagué) despierta en una celda únicamente provista de dos camastros y un lavabo. Tan desconcertados como el protagonista, no sabemos dónde se encuentra, qué hay fuera o cómo ha llegado allí. De compañero de encierro tiene a un tipo sabio y turbio llamado Trimagasi (Zorion Eguileor) que le explica todo lo que debe saber. Se encuentran en el nivel 33 de El hoyo, un lugar conformado por un número desconocido de celdas (Trimagasi asegura que pueden ser más de doscientas) construidas unas sobre otras y comunicadas únicamente por un agujero en el centro de la habitación. Por él desciende una vez al día una mesa repleta de comida que disfrutan primero los que están en el primer nivel y que va menguando hasta desaparecer. Cada mes los internos cambian de nivel al azar, por lo que ambos deberán disfrutar de su privilegiada posición mientras puedan.

Crítica de la película Skin

Un necesario alegato contra el racismo que coge fuerza gracias a la interpretación de Jamie Bell.

El racismo y el amor son dos temas que siempre han ocupado un lugar privilegiado en la filmografía de Guy Nattiv. Junto a Erez Tadmor, el director de Skin ya abordaba el poder de la comunicación en las relaciones románticas en el corto Dear God y el racismo en Stranger. Sin embargo, el reconocimiento internacional le llegó en solitario y de la mano de Skin, un interesante cortometraje ganador del Oscar en 2018 que afianzaba sus constantes temáticas y retrataba el auge del supremacismo blanco en Estados Unidos.

Crítica de la película En los 90

Veraz, descarnada y amarga. El nacimiento de la voz de un prometedor autor.

En los títulos de crédito iniciales uno ve que la película está escrita y dirigida por Jonah Hill, el eterno adolescente salidorro surgido de la factoría Apatow, y rápidamente piensa que va a asistir a una sucesión de chistes escatológicos y gags de dudoso gusto. La presencia de un adolescente como protagonista no hace sino alimentar esas sospechas, por lo que Hill aprovecha para noquear al espectador desde el primer plano. Por sorpresa, nos encontramos ante una película seria, durísima y visceral.

En los 90 cuenta la historia, con ciertos tintes autobiográficos, de Stevie (fantástico Sunny Suljic), un chico de 13 años que vive en Los Ángeles de los años 90 en el seno de una familia completamente disfuncional. Ante los estallidos de violencia de su hermano y la constante afluencia de desconocidos que visitan el cuarto de su madre, Stevie se refugia en una tienda de skate en la que encuentra un nuevo grupo de amigos. Para encajar comienza a compartir su pasión por el skate, pero el camino hacia la felicidad puede torcerse cuando se toman malas decisiones.

Crítica de la película El creyente

Cédric Kahn construye un drama tedioso, superficial y doctrinal sobre la superación de los problemas mediante la espiritualidad.

Ganadora en la 68ª edición del Festival de Berlín del premio a Mejor Actor para el joven Anthony Bajon, El creyente presenta un primer acto con el que se entienden perfectamente los halagos recibidos. En él, Thomas, un joven de 22 años con problemas de drogodependencia, se une a una comunidad religiosa aislada en el monte en la que los jóvenes se rehabilitan gracias a la paz que encuentran en la oración y el apoyo mutuo. Todo lo que atañe al síndrome de abstinencia de Thomas y su inadaptación al centro está retratado de forma dura y veraz y es lo más interesante, pero es una ilusión que se desvanece una vez comienza el segundo acto y se descubren las verdaderas intenciones del director.

En el nudo, las distintas fases del proceso de desintoxicación se suceden demasiado rápido y la evolución del personaje es abrupta. La profundidad que pretendía el relato en sus primeros compases, con la lucha de Thomas contra sus demonios interiores y sus conversaciones con su compañero Pierre (Damien Chapelle) y el director de la institución Marco (Àlex Brendemühl), se pierden para dejar paso a una película centrada en la religión y el recogimiento espiritual repleta de oraciones y cánticos. Esto hace que el personaje principal y el resto de miembros de la comunidad se vuelvan cada vez más planos con el paso de los minutos y el verdadero foco de interés se termine apagando: lo que podría haber sido una emotiva reflexión sobre como la amistad y encontrar el sentido de tu vida te puede llevar de nuevo al camino recto deriva en otra muestra trivial de cine religioso que intenta captar nuevos adeptos al cristianismo y que los ya creyentes se reafirmen en su fe.

Crítica de la película Mr. Link. El origen perdido

Una nueva maravilla de Laika.

Cada fotograma de Mr. Link es una obra de arte y el ritmo, la aventura y la comedia no decaen en todo el metraje. Ese es el nivel que alcanza con su nueva película el estudio de animación stop-motion, que ya no tiene nada que envidiar, más allá de los mastodónticos presupuestos y la fidelidad del público, a grandes compañías como Walt Disney o Pixar.

Visualmente la película es todavía más rica que otras producciones de Laika por la variedad de escenarios que ofrece y el nivel de detallismo. No se antoja repetitiva porque la animación varía junto al tono en las distintas partes de la aventura. Chris Butler, que ya se había encargado junto a Sam Fell de dirigir para el estudio El alucinante mundo de Norman, divide la película en tres partes perfectamente diferenciadas, lo que hace que el ritmo y el interés del espectador no se pierdan por su gran dinamismo. En su primera parte, con Sir Lionel Frost, el mayor investigador de mitos, monstruos y leyendas, en la Inglaterra victoriana intentando formar parte de la sociedad de exploradores recuerda a las películas y la literatura de Sherlock Holmes por la propia ambientación y la locuacidad y excentricismo del protagonista. La segunda, con el encuentro de Frost con el eslabón perdido y la interacción entre los dos en el salvaje oeste, funciona a la perfección como una buddy movie en clave de western cómico que homenajea constantemente a las películas de Terence Hill y Bud Spencer, especialmente a la trilogía de Trinidad durante la escena de la taberna, en la que la violencia y el slapstick se dan la mano. Se trata de una serie de situaciones que sacan una sonrisa debido al choque de Mr. Link con el mundo de los humanos, la buena planificación (el uso del fuera de campo y las reacciones en primer plano de Frost son impagables) y la excelente labor en el doblaje español de Arturo Valls y Brays Efe. En la tercera parte de la historia, con el viaje en busca de los orígenes de la criatura, se convierte en una película de aventuras clásica mucho más exótica y con un punto de Indiana Jones, que se deja ver en el clímax y la set piece del barco, la cual contiene un curioso guiño visual a Origen.

Crítica de la película El año de la plaga

Disparatada y fallida revisión de La invasión de los ultracuerpos.

Después de reflexionar sobre la película de Carlos Martín Ferrera, director de la interesante Zulo, se puede decir que ese es precisamente uno de sus pocos puntos fuertes: la autoconsciencia. No engaña a nadie, no va de lo que no es. Sabe que es un homenaje a la película de Don Siegel y al remake de Philip Kauffman y abraza su condición, pero de ahí nacen también todos sus defectos: no aporta nuevas ideas más allá de darle al género de ciencia ficción cierto aire cañí y la dirección plana y sin garra tampoco potencia un libreto al que le faltan revisiones y presupuesto para poder exprimir sus posibilidades en pantalla.

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