La dama de oro ***

Abril 07, 2015
Helen Mirren vuelve a ofrecer una clase magistral de interpretación, en la piel de una emigrante austriaca que reclama la devolución del patrimonio artístico de su familia.

Este año se cumplen setenta aniversarios del final de la Segunda Guerra Mundial; sin duda alguna, el conflicto bélico más sangrante de la era contemporánea a nivel planetario. Millones de personas perdieron la vida en los combates y bombardeos, pero un número equivalente lo hicieron en los campos de exterminio montados por la maquinaria genocida de los nazis. Dentro de esa obsesión por acabar con los llamados enemigos del Tercer Reich, los judíos se convirtieron en el blanco más directo de los asesinatos cometidos por los esbirros del régimen nacionalsocialista. Una aniquilación programada desde las instancias más altas, que conllevó al saqueo sin medida de las posesiones de los acusados de practicar la religión hebrea.

Simon Curtis se hace cargo de esta herida aún abierta a través de la historia de Maria Altmann: una mujer que luchó con uñas y dientes para recuperar los cuadros que les fueron sustraídos a sus familiares por los seguidores de la cruz gamada, pinturas entre las que estaba la célebre imagen La dama de oro, de Gustav Klimt.

Narrada en dos tiempos distintos, la película del responsable de Mi semana con Marilyn cumple adecuadamente con el objetivo de ilustrar los problemas –tanto emocionales como burocráticos- a los que se enfrentó la heroína a la que da vida Helen Mirren. A tal efecto, el director británico acierta al no prestar excesiva importancia al marco legal en el que se desarrollaron las acciones para poder recuperar el legado de la Sra. Altmann; ya que lo que realmente le importa es la parte afectiva y sensible de la historia.

Con semejante propósito, Curtis establece el cuadro de La dama de oro como eje central del guion; y al personaje de la tía de Maria (la bella y enigmática Adele Bloch Bauer, que fue la modelo que posó para Gustav Klimt en la citada lámina sobre tabla) como timón del mismo. La obra maestra del autor de El beso sustenta pues el argumento del filme, y sirve de puerta principal para alternar el pasado y el presente con la simple contemplación de su dorado fondo.

Tal esquema de sutiles trazos le da pie a Helen Mirren para desarrollar un trabajo que está a la altura habitual de los que suele ofertar. Aunque en esta ocasión, el alter ego cinematográfico de la reina británica Isabel II pueda enriquecer su envidiable gestualidad con sus dotes para la dicción intermitente entre el inglés americano y el alemán.

Estos parabienes se contagian al resto del elenco, donde Ryan Reynolds y Daniel Brühl sobresalen por la importancia de sus colaboraciones en el discurrir del relato.

Sin embargo, las buenas impresiones del equipo actoral no se transmiten en igual medida al tono general del libreto, el cual se mueve con demasiada ligereza por acontecimientos terribles, y cuya visión tenía que ser diametralmente más dramática que la que exhibe la cámara del contenido Curtis. En este sentido, a la acción le falta la fiereza y la rabia de alguien que tiene que despejar el miedo ancestral hacia un pasado tan terrible.

Jesús Martín

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