Crítica de la película Los juegos del hambre: Sinsajo 1

Mejor y mas sólida que las dos películas anteriores. Me ha gustado más. 

Sinsajo 1 es más cine que las dos primeras entregas de la saga. Maneja temas más interesantes. Concretamente se centra en el tema esencial de la saga, que es la forma en la que la gente común y corriente es engullida por la corriente de la historia, utilizada como anzuelo de propaganda en las guerras, manipulada como un títere sin alma por quienes se ocupan de propagar las ideas que son las que aprietan el gatillo y sueltan las bombas sobre los inocentes. Ese tema es el reto al que se enfrentan los personajes en esta entrega donde  finalmente las cartas de esta saga quedan puestas al descubierto, sobre la mesa, con más madurez y solvencia narrativa, con más seriedad, que en las dos películas que la preceden. Digamos que con esta película, el relato supera su fase más adolescente y entra en materia más interesante. Es  mejor en su primera mitad, en su exposición de la situación de cambio a que se enfrenta Katniss convertida en símbolo de la rebelión, el Sinsajo del título. Ese periodo de adaptación de  protagonista a su nuevo papel en el juego de la política es la mejor parte de todo lo que hemos visto hasta ahora en Los juegos del hambre, con diferencia. Katniss deja de ser una especie de heroína de recortable, bidimensional, para adquirir incluso cierto aire de Juana de Arco cuando acude por primera vez al frente. Además, está respaldada más que nunca por un reparto de actores que son pesos pesados capaces de levantar cualquier personaje en cualquier situación, a lo que se añade un papel más destacado y definido, tanto por su propia interpretación como por lo que cuenta de él Finnick, del personaje de villano que interpreta Donald Sutherland, un veterano, un clásico que brilla más en esta tercera entrega que en las dos anteriores. Para quien esto escribe es además una buena noticia que por cuestiones del propio argumento nos hayamos librado finalmente de esa parte más pedante y exagerada, churrigueresca, absurda y francamente molesta que eran los perifollos y jueguecitos de Barbie neurótica del Capitolio, comandados por Stanley Tucci, gran actor sin el cual sería imposible aguantar tal suplicio. El hecho de que aquí no haya juegos propiamente dichos, sino guerra, puesto que esta es una película bélica muy astuta que como digo trata el tema de la propaganda, permite que ese lastre para el relato, exagerado visualmente en las dos entregas anteriores, deje de estar presente. Una molestia menos. 

Plannos como el de la masacre del Distrito 12 testimonian el cambio del que hablo respecto a las películas anteriores. Eso sí, les ha fallado un poco la acción. Andan justos de presupuesto y lo administran bien, porque de hecho Julianne Moore, que junto con Sutherland es de lo mejor de la entrega, son el mejor efecto especial para la manera en la que se ha planteado la película, en primeros planos, con más drama que acción. Pero un poco más de escenas de esa guerra que apenas vemos le podrían haber venido bien al conjunto del relato. Imagino que se lo guardan prara Sinsajo 2,. 

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Interstellar de Christopher Nolan

Interstellar: Obra maestra. Lo mejor que ha hecho Nolan en su carrera. Brillante.

En mi opinión, Interstellar supera todo lo que hemos visto de Nolan hasta el momento. Y con eso ya lo digo todo. ¿Por qué? Se lo explico: cuestión de sentimientos, emociones, lirismo, filosofía, especulación… Y un largo etcétera que, como la nave en la que se desplazan los protagonistas, gira en torno a la madurez. Lo que ha hecho Nolan con el género de ciencia ficción en esta película no lo hacía nadie desde que Stanley Kubrick rodó 2001 (1968) y Andrei Tarkovski estrenó Solaris (1972). Lo que ocurre es que, seamos sinceros, 2001 y Solaris no son películas fáciles de ver, sino excelentes pero muy complejos ejercicios de reflexión filosófica que suelen desanimar a buena parte de los espectadores. Interstellar es todo lo contrario: un notable ejercicio de reflexión, como las dos películas citadas, pero al mismo tiempo un brillante, trepidante, emotivo, entrañable y absolutamente imprevisible viaje a la aventura en el que el guionista y el director no dejan que nos separemos de lo que ocurre en la pantalla ni un segundo. Trabajando con un guión en el que vuelve a brillar el talento de Jonathan y Christopher Nolan para trabajar elementos de distintas mitologías y referencias múltiples tanto cinematográficas como literarias, los artífices de Interstellar han creado la película de ciencia ficción perfecta, forjada en una aleación salida de un crisol donde se mezcla la ciencia, la fantasía, la ficción, el amor y las aventuras en las dosis correctas. Los aficionados a la literatura de ciencia ficción sabrán advertir sin duda el íntimo parentesco que tiene esta aproximación al género con uno de los clásicos literarios esenciales del mismo: Crónicas marcianas, de Ray Bradbury. De hecho es muy significativo que Interstellar se sitúe más cerca de Bradbury que de Arthur C. Clarke, inspirador literario de 2001, porque el secreto de su excelente manejo del cine de ciencia ficción radica precisamente en las mismas claves de tratamiento con los conflictos y personajes que siempre manejó Bradbury, quien como los Nolan en esta película hacía algo tan sencillo y al mismo tiempo tan mágico y grande como simplemente contar historias de la gente, por mucho que al mismo tiempo estuviera hablando de salir al espacio exterior y terraformar un planeta. Los cuentos que constituyen Crónicas marcianas son buena prueba de ello. Y si después de ver Interstellar se quedan con ganas de leer buena literatura de ciencia ficción les recomiendo que empiecen por ellos, y no duden que verán rápidamente la similitud en su tono  planteamientos narrativos. En esa línea, Interstellar destaca por ser al mismo tiempo una historia de exploración espaciotemporal que sin embargo no se aparta ni un milímetro de la exploración de nuestros sentimientos y emociones. Así evita ser sólo otra space opera más y se convierte en una obra maestra que además se ajusta a las claves, intereses y preocupaciones esenciales de Nolan como autor. Dicho sea de paso, todos los resortes y pistas que anticipé en el artículo que publiqué en el último número de la revista Acción están presentes también en esta película. Allí hablé del papel de la mentira en el cine de Nolan como uno de sus aspectos más destacados, y ciertamente la mentira tiene un protagonismo muy destacado en Interstellar, así que les recomiendo echarle un vistazo a ese artículo de la edición en papel de Acción si quieren completar claves y pistas sobre Interstellar.

Pero lo más brillante de esta propuesta no está en su naturaleza y eficacia como aventura de ciencia ficción, sino en el verdadero corazón de la misma, que no es otro que su historia de amor. La historia de amor era ya el epicentro, la verdadera alma de Origen, pero en Interstellar es mucho más potente. De hecho como refleja uno de los diálogos de Anne Hathaway, es una fuerza capaz de saltarse todos los límites y trabas del espacio, el tiempo y cualquier otra dimensión que se nos pueda ocurrir. Además en esta ocasión no hay una, sino varias historias de amor, entre las cuales la más potente es la de ese padre por sus hijos, sobre todo por su hija, que arranca la trama señalando el camino emocional del resto de la historia. Y, amigos, cualquiera que sea padre sabe que el amor de un padre o una madre por sus hijos supera cualquier otra cosa. En Origen era la historia de amor por la esposa, aunque los hijos también estuvieran implicados en la trama, sin ser el epicentro, al contrario que en Interstellar. Multipliquen por cien ese sentimiento y tendrán una idea aproximada, sólo aproximada, de lo que es capaz de hacer un padre por sus hijos. Como ven, nada de esto tiene que ver con la ciencia ficción. Sin embargo sí tiene que ver con la gente. De hecho, el protagonista realiza su acto más heroico en ese primer paso de la trama, en la despedida. Ese será su máximo sacrificio, que nos es imposible no compartir emocionalmente. Interesante cómo la amenaza se manifiesta allí donde no existe vínculo emocional.

Otro aspecto en el que los Nolan han mejorado su propuesta en Interstellar frente a la ya de por sí muy notable Origen es en la perfecta sinergia entre las escenas de acción y esa trama emocional. En Interstellar ambas cosas encajan perfectamente y contribuyen a alimentarse una de otra con una fluidez mucho más afinada que la de las secuencias de acción con el romance de Origen. Buena prueba de ello es la acción en paralelo que Nolan desarrolla aproximadamente a las dos horas de película vinculando lo que ocurre en la Tierra con lo que les ocurre a los exploradores, o lo que es lo mismo, la peripecia de la hija y el padre, que se desarrolla además con un acompañamiento musical perfecto y tan brillante como el de las imágenes que en mi opinión lleva un punto más allá la sinergia entre lo visual y lo musical en el cine de lo que lo llevaron las colaboraciones entre John Williams y Steven Spielberg. Por cierto, los primeros compases del relato en la granja, con el padre, el abuelo, los hijos, son muy Spielberg, pero también mejoran mucho el tipo de propuestas que nos suele hacer Spielberg en sus películas.

Siguiendo con la música, esencial contribución de Hans Zimmer a la película, les pido que reparen también no sólo en el uso que hace Nolan de la música, sino también del silencio. El director ha conseguido que en el espacio exterior un silencio se convierta en algo mucho más espectacular que cualquier ruido, estallido o parafernalia acústica que hayamos visto en cualquier otra película de ciencia ficción.

Otro detalle a tener en cuenta: el sentido del humor, cuidadosamente dosificado, y astutamente repartido. La trama que se presenta es eminentemente dramática, pero el diálogo ha encontrado una vía sutil para desarrollar el humor en un recurso que sin duda habría satisfecho a otro de los grandes literatos de la ciencia ficción, que entra así en el cuadro de fuentes de inspiración de la película, Isaac Asimov.

Además el reparto está perfecto, en una composición clavada de los personajes, pero teniendo en cuenta la calidad que hay reclutada en el mismo es casi una obviedad. Como obvio es decir que Matthew McConaughey pone otro brillante trabajo en su filmografía, aunque en mi opinión debería haber más de un nominado al Oscar en este reparto y en el equipo técnico de la película.

Lo que sigue recomiendo leerlo después de ver la película.

Presumo que los furiosos antinolanistas, virtuosos de negarle el pan y la sal a este brillante director por los caminos más pedestres que uno pueda imaginar, podrían criticar esta película pretextando que han sabido ver de qué va el tema del fantasma desde el principio. Para ellos y para todos los lectores va esta aclaración por la vía de las teorías de argumentos universales: este es un viaje de Jasón convirtiéndose en Ulises, así que lo importante no es llegar, sino lo que se aprende durante el viaje. El propio Nolan siembra pistas de sobra para que quede clara la intriga del fantasma antes de que emprendamos con Cooper el viaje. La clave no es saber a dónde vamos a llegar, sino cómo vamos a llegar hasta allí, y lo que aprenderemos en el camino. Por eso el viaje de Interstellar es eminentemente emocional.

Feliz viaje.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Caminando entre las tumbas.

Devuelve calidad y madurez al cine de intriga con un gran Liam Neeson.

El papel de Matt Scudder, detective creado por Lawrence Block para sus muy recomendables novelas policíacas, le sienta como un guante a Liam Neeson en esta adaptación de una forma de entender el relato policial que está lamentablemente muy perdida en el relato actual y algunos espectadores, incluidos algunos críticos, no saben apreciar en toda su grandeza. Tristemente ha acabado con este tipo de relato más elaborado, maduro y coherente el onanista cine blockbuster, de explotación rápida y consumo precipitado, acumulación de imágenes de acción trepidante que muchas veces no conducen a ningún sitio. Lo he dicho alguna vez en estas críticas y lo repito incansablemente en mis pases: la acción en sí misma puede ser divertida, pero no es interesante, lo interesante es lo que ocurre antes y después de esa acción. Devoramos secuencias de acción con la impaciencia nerviosa de un infante ansioso y nuestra sociedad se zambulle cada vez más en un disfrute totalmente fortuito e intrascendente de imágenes trepidantes que pretenden responder a la epidemia de déficit de atención que caracteriza al público de nuestros días.

Todo lo anterior responde a algunos comentarios que he escuchado al salir del pase de prensa y que me han hecho pensar que algunos colegas estaba esperando ver algo así como otra entrega o secuela no declarada de Venganza, película por otra parte muy divertida porque ver a Liam Neeson haciendo lo que hacen Steven Seagal o Jason Statham, esto es, repartiendo leña, pero con más poderío como actor, es realmente muy satisfactorio. Y totalmente recomendable, ojo, en plan epidérmico, eso sí. Quiero decir que Caminando entre las tumbas no es, no pretende ser y, es más, no debe ser bajo ningún concepto, una variante de Venganza.

Lo que nos propone Caminando entre las tumbas es una clave de cine policial totalmente distinta y para mi gusto más interesante. Imagino que los lectores de novela criminal me entenderán mejor si ven la película. Para empezar creo que es un traslado perfecto del alma de las historias de Matt Scudder al cine. Sin duda mejor que lo que hizo Hal Ashby en Ocho millones de maneras de morir, película que me gusta a título personal, principalmente porque el trío formado por Jeff Bridges, Andy García y Rosanna Arquette defiende muy bien el fuerte, aunque la cosa no tenga mucho que ver con las novelas ni el personaje original ni se muestre especialmente respetuoso con el mismo.  Caminando entre las tumbas me recuerda además todo ese gran cine de intriga detectivesca de finales de los sesenta y primeros años setenta que resucitó las claves del cine negro en su variante hard boiled poniéndolas al día en algunas notables adaptaciones de detectives clásicos de la novela, títulos como Harper, detective privado y Con el agua al cuello, protagonizadas por Paul Newman, la imprescindible La noche se mueve, dirigida por Arthur Penn y protagonizada por Gene Hackman, La conversación, de Francis Coppola, interpretada también por el gran Hackman, Un largo adiós, con la que Robert Altman y Elliott Gould dieron al cine una de las mejores adaptaciones/actualizaciones del detective esencial y modelo para muchos otros iconos de la novela detectivesca, Phillip Marlowe, o dos  sensacionales trabajos de Donald Sutherland, Klute, de Alan J. Pakula y Laberinto Mortal, de Claude Chabrol, filmada en 1978 y que bien podría ser el broche de oro para cerrar esa colección de títulos esenciales en la recreación del detective literario trasladado al cine.

Teniendo presentes estos referentes resulta más fácil entender por qué Caminando entre las tumbas me parece una buena película policíaca con el aroma de esos clásicos imprescindibles de los setenta, una época en la que todavía se podía contar con que el espectador disfrutara de un ritmo más pausado y casi poético de los acontecimientos que se van sucediendo en la pantalla, participando más de la reflexión del personaje central que de su juego de búsqueda de pistas, porque la buena novela y el buen cine negro, como sabe cualquier aficionado a esta forma de entender el relato policial, es ante todo un ejercicio de reflexión casi filosófica sobre la vida y la gente, más que un sudoku o un crucigrama para saber quién es el asesino. Por eso es personaje del niño, que  ha despistado a algunos críticos que lo confunden con un prescindible subrayado emocional en Caminando entre las tumbas, es por el contrario una pieza esencial para definir y mantener finalmente en pie y equilibrado el personaje de Neeson. Es la materialización de la inocencia perdida de Scudder, y salvando todas las distancias que ustedes quieran, está cumpliendo en este relato la misma función de conciencia moral que cumpliera el personaje de Martin (Jeffrey Hunter) frente al personaje de Ethan (John Wayne), en Centauros del desierto.

Dosificando cuidadosamente la violencia, sacando el máximo partido a la imponente figura de Neeson como actor completo y todo terreno al estilo clásico (es del tipo de actor que llena la pantalla, el personaje y la trama sólo con asomarse al plano y decir: “buenos días”, así que disfrútenlo, porque no nos quedan muchos de esos hoy en día), y trabajando una propuesta visual que sabe cómo tratar con las claves del relato negro sin caer en el tópico (las primeras imágenes con la chica en la cama y la canción meliflua nos remiten son una especie de versión siniestra de algunas propuestas de Agnés Varda y Chabrol para la Nouvelle Vague y sienta las bases del subtexto inquietante que define a los antagonistas de esta pesquisa), Caminando entre las tumbas devuelve calidad perdida al cine policíaco de nuestras vidas, aunque no siembre de balazos, persecuciones y patadas en la boca cada centímetro de sus planos.

Notable ejercicio de trato con el género maduro y eficaz y buena traducción del alma de la novela policíaca al cine.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Drácula, la leyenda jamás contada

Mezcla de géneros entre la espada y brujería y el terror con toque superheróico.

Es un puzle de referentes visuales y narrativos diversos. Hilvanada con hilos visuales que van desde la réplica de los planos paisajísticos de El señor de los anillos o El hobbit de Peter Jackson hasta los planos de ejércitos en marcha y enfrentamientos que toman como referencia de 300 de Zack Snyder, aunque le salen más cercanos a su secuela, 300: el origen de un imperio, de Noam Munro, esta nueva versión del personaje creado por Bram Stoker incluye también algún que otro guiño en plan “cameo” visual de los planos del prólogo de Drácula de Francis Coppola, que es la última gran visión del personaje creada para el cine, una gran película, aunque personalmente no me convenza como adaptación por su tono plañidero y forzadamente romántico que convierte la novela original en una variante de Romeo y Julieta, en lugar de la historia de corrupción faústica y ocaso de la aristocracia frente a la burguesía que era originalmente. Coppola puso amor desgarrado y fatal, condenado al final trágico,  donde había sexo desbordado y entrega a las pasiones como rebelión contra la norma y la esclerotizada sociedad victoriana… Pero ese es asunto que ya trataré en otra ocasión. Volviendo a Drácula, la leyenda jamás contada, a todo lo anterior añade un complicado y laborioso proceso de producción y lo que sospecho es su objetivo añadido a última hora, consistente en ser la primera pieza en el intento de Universal por crear su propia franquicia de personajes al estilo de la galería de los superhéroes de la Marvel o la DC con los monstruos del terror gótico que ya le permitieron al estudio hacerse dueño y señor del cine fantástico en los años treinta y parte de los cuarenta. Drácula, Frankenstein, la Momia, el Hombre Lobo estarían llamados a convertirse, si la jugada sale adelante, en una especie de alternativa terrorífica al superhéroe, simplemente cambiando superpoderes o por los atributos especiales derivados de su naturaleza sobrenatural o terrorífica (léase el Drácula que aquí se convierte en una bandada de murciélagos…). El intento no es nuevo, ya lo propuso en su momento en el cómic Alan Moore con algunos personajes icónicos del relato de terror gótico y la novela clásica de aventuras en La liga de los hombres extraordinarios, que tuvo una floja, si bien que entretenida, adaptación al cine. La aportación final de Charles Dance a Drácula, la leyenda jamás contada, va por un camino que parece querer imitar las apariciones de Samuel L. Jackson como Nick Furia en las películas de la Marvel que acabaron por dar lugar a Los Vengadores, pero sólo el tiempo podrá confirmar o no esta sospecha mía sobre cuál es el “juego” que ha empezado con esta película.

El problema es que con todos esos referentes, influencias visuales, obligaciones y objetivos, Drácula, la leyenda jamás contada, se pierde un poco a la hora de centrar su verdadera identidad. Tiene momentos entretenidos propios del relato de espada y brujería tipo Conan el bárbaro de Robert E. Howard, como el encuentro con la criatura en las cueva, y posiblemente si hubiera seguido por ahí a por todas, aceptando su identidad como relato de héroes bárbaros, habría funcionado mucho mejor, jugando con ese grupo de guerreros que acompaña al antihéroe Vlad el Empalador. Sus primeros compases van por ese camino. Pero luego afloja con una historia de amor endeble que fracasa en emular el desgarro intenso de la versión de Drácula dirigida por Coppola, y la brújula del relato empieza a dar vueltas como loca sin llegar a centrar del todo sus objetivos… Resultado, es entretenida pero no explota al máximo sus mejores armas. Un par de ejemplos: se habla mucho de Vlad como el Empalador, pero se nos hurta ese papel de guerrero salvaje y brutal que sí estaba, en brillante forma de sombras chinescas, en la película de Coppola. Tampoco está bien aprovechado el Vlad Tepes histórico tan aprovechado como debiera con su corolario de momentos sangrientos que le convirtieron en un guerrero temido por los turcos que protegió las fronteras de occidente de la invasión otomana. Y por otra parte no está el Drácula de la novela de Stoker plenamente aprovechado, ni siquiera para el objetivo de emulación superheróica que mencionaba anteriormente, de tal modo que parecen reservarse el potencial del personaje para entregas posteriores, en lugar de poner toda la carne en el asador desde el principio.

Resumiendo: me gusta la parte de espada y brujería y enfrentamiento con los turcos. Pero el resto me parece flojo.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película El corredor del laberinto.

Mejor que Los juegos del hambre. Excelente mezcla de ciencia ficción, aventuras e intriga.

Es absolutamente adictiva, así que la veré varias veces. Y al terminar de verla rápidamente me han entrado unas enormes ganas de ver la siguiente entrega. De manera que tengo que ser sincero, que para eso me pagan por escribir estas opiniones, y debo decir lo que realmente pienso, en lugar de jugar a regalarles las orejas a la legión de incondicionales de Los juegos del hambre para quedar bien con todo el mundo. No voy a mentirles. Lo he pasado mucho mejor viento El corredor del laberinto, y sin quitarle mérito a las peripecias de Jennifer Lawrence, creo que jugando en la misma liga, esta otra propuesta de ciencia ficción para jóvenes es mejor. Digo esto con todos mis respetos para los incondicionales de las aventuras de Katniss, y me explico. Opino que El corredor del laberinto maneja un combinado más potente de incentivos para la intriga, las aventuras y la ciencia ficción que están además respaldados por un planteamiento más maduro desde el punto de vista narrativo y con un ritmo mucho más equilibrado. La idea del laberinto como punto de partida del relato posee cualidades que van más allá de la muy potente aportación de este elemento clave en la mitología que sirve también para introducir una segunda capa de reflexión de claves más sólidas desde el punto de vista del conflicto dramático que define a sus personajes. Un ejemplo: en Los juegos del hambre el protagonismo de Katniss es más monolítico, ella lo es casi todo, al menos en las dos primeras películas, y el resto de personajes queda reducido a la función de ser sus comparsas. Es lógico porque el noventa por ciento del éxito de las películas  gravita en torno al gran trabajo realizado por Jennifer Lawrence con el personaje de Katniss Everdeen. El resto de sus compañeros de aventuras queda desdibujado tras ella, arrollados por su personalidad. Frente a eso, en El corredor del laberinto, que inevitablemente es también una historia que como Los juegos del hambre sigue la fórmula del viaje del héroe extraída de El héroe de las mil caras de Joseph Campbell, el protagonismo de Thomas (Dylan O´Brien) no es tan monolítico como el de Katniss/Lawrence, porque ésta sí es una historia del grupo de supervivientes. De hecho, el propio diálogo de la película así lo explica a través de uno de los personajes: es la fuerza de todos unidos el motor que guía el relato, y por ello los compañeros en la aventura de Thomas tienen un protagonismo en la misma que no poseen los compañeros de Katniss al menos en las dos películas que hemos visto hasta el momento. Y ese mayor papel y peso dramático de los compañeros del héroe permite una construcción dramática más rica y narrativamente más madura y compleja. Una situación que es la misma que describe una fuente tan remota de las reflexiones filosóficas como es la de los habitantes de la Caverna, de Platón. De manera que no sólo tiene como punto de partida la mitología con la peripecia de Teseo y el laberinto de Creta.

Explicada mi opinión esto tengo que aclarar además que la fórmula argumental de El corredor del laberinto es por otra parte absolutamente infalible como anzuelo para atrapar al espectador. Posee la misma infalibilidad como relato que tenía la fórmula argumental de 300. Podríamos definirla como una situación de “todo o nada”. Un grupo de chavales atrapados en una especie de trasunto del falso paraíso como los protagonistas de la serie Perdidos, y rodeados por un mar de preguntas sin respuestas materializado en el gigantesco laberinto que intentan cartografiar jugándose la vida para poder salir de su encierro y despejar todas las incógnitas que rodean su pasado y su futuro. Anclados en un presente repleto de dudas se convierten en reflejos de la propia situación del 90 por ciento de los espectadores, sea cual sea su edad, condición o circunstancias personales. De ahí la infalibilidad de esta propuesta para funcionar como un reloj de precisión en lo que se refiere a proponer entretenimiento y evasión con un muy saludable fondo que mueve a la reflexión y nos motiva para hacernos preguntas. De ahí la madurez como relato de la que hablaba antes.

Añadan a todo lo que he dicho hasta ahora una serie de aventuras en un paisaje cambiante, la agresión de unas temibles criaturas de aspecto arácnido, la siembra de todo tipo de incógnitas sobre el mundo que espera a los personajes en el exterior… Resumiendo: aventura pura con unas gotas genéricas de ciencia ficción y algunas pinceladas de terror que es la fórmula magistral para mantenernos totalmente enganchados a la historia y hacer que salgamos del cine disparados a la librería más próxima para calmar la urgencia de saber qué es lo próximo que les va a pasar a los personajes.

El corredor del laberinto consigue así otra de sus características esenciales: es absolutamente adictiva. Para ello no ha tenido que inventar nada. Ya estaba todo inventado. Como relato tiene elementos de El señor de las moscas, pero maneja un tono en todo lo referido a la llegada del héroe y su integración en el grupo que es heredera de clásicos del cine de los años sesenta y setenta, como La leyenda del indomable, El día de los tramposos o Papillon, películas que incluí en mi repaso de títulos del cine de fugas en el último número de la revista Acción precisamente para acompañar el estreno de El corredor del laberinto. Ejemplo de ello es la pelea del protagonista con Gally (Will Poulter), que recuerda la pelea a puñetazos de Paul Newman y George Kennedy en La leyenda del indomable (incluso el actor y el personaje de Gally se asemeja mucho físicamente a Kennedy y su personaje, Dragline, en ésta última). El corredor del laberinto me ha recordado también mucho en su situación de arranque a otro de mis títulos clásicos favoritos del cine bélico: Comando en el Mar de China, protagonizada por Michael Caine y Cliff Robertson y dirigida por Robert Aldrich en 1970…

Todas ellas son, como El corredor en el laberinto, un entretenimiento infalible y muy recomendable.

Miguel Juan Payán

Miguel Juan Payan

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El Niño ★★★★

Agosto 25, 2014

Crítica de la película El Niño de Daniel Monzón con Luis Tosar y Jesús Castro

El niño. Muy buena película policiaca española que no hay que perderse. Tan buena como Grupo 7 y Celda 2011.

Daniel Monzón vuelve a dar en el blanco con una producción ambiciosa que sería un delito perderse. Es buena. Es entretenida. Y tiene un reparto de lujo encabezado por Luis Tosar y Jesús Castro como binomio protagonista a ambos lados de la ley. Monzón demuestra nuevamente que si aborda un tema lo hace con todas las consecuencias. En esta ocasión brilla además la fluidez y el excelente ritmo narrativo que viene impuesto desde el guión que firma el propio director junto a Jorge Guerricaechevarría. No era fácil contar una historia como ésta a dos bandas, desde los dos lados de la ley, manteniendo ese protagonismo bicéfalo de Tosar como policía y Castro como delincuente en ascenso, ambos rodeados por un puñado de personajes secundarios construidos con gran solidez y que tienen un desarrollo pleno como tales en la trama. Un ejemplo de la fluidez con la que se desarrolla la película, manteniendo siempre una intriga constante, es la manera en la que narran la evolución de la relación sentimental del Niño y el progreso de la operación de narcotráfico, sin que lo sentimental frente en ningún momento la narración principal ni se convierta en lastre de la misma o desvíe la atención del espectador. Otro ejemplo de lo bien construida narrativa y visualmente es su forma de utilizar los cruces en las espectaculares y muy laboriosas secuencias de acción y persecución que van puntuando la historia del policía obsesionado y el joven traficante. Siguiendo estas claves, El Niño se convierte en un excelente ejemplo de cine policíaco en clave de las dos principales ramas de desarrollo del cine negro clásico. Es una crook story protagonizada por delincuentes tan españoles como los paisajes en los que se desarrolla la trama. Los personajes del Niño y el Compi se meten en el bolsillo al espectador por el camino de la credibilidad que les convierte en tipos reconocibles de los que caminan por las calles o plazas de nuestros pueblos, jóvenes persiguiendo el sueño del éxito que puede convertirse en pesadilla, pero sin ponerse tremendistas o haciendo hincapié melodramático en ello, muy al contrario: están armados con una sencillez que desarma y se gana nuestra simpatía automáticamente. En eso el guión es astuto, introduciendo en el diálogo de los personajes  esas peripecias del Compi con su novia que amplían el  mapa narrativo de la película más allá de sus imágenes y con las que el espectador puede identificarse fácilmente. También recoge la clave de la rama hard boiled, con Luis Tosar interpretando un tipo duro que nos recuerda al Popeye Doyle al que diera vida Gene Hackman en The French Connection, salvo que sus paseos obsesivos persiguiendo al traficante Inglés al que da vida Ian McShane, no los da entre los rascacielos de la ciudad de Nueva York, sino en torno al Peñón de Gibraltar. Ese reconocimiento de claves clásicas del género que Daniel Monzón y Jorge Guerricaechevarría hacen suyas para otorgarles personalidad propia  edificando sobre un reparto de actores en funciones de secundarios pero con toda el alma de personajes protagonistas que nos hacen pensar que cada uno de ellos podría tener su propia película para sí mismos, mérito de Sergi López, Eduard Fernández, Barbara Lennie, Jesús Carroza, Meriem Bachir, Moussa Maaskri…

Miguel Juan Payán

Miguel Juan Payan

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Crítica de la película Infiltrados en la Universidad

Más divertida y gamberra que la primera entrega.

No voy a negar que Infiltrados en Clase, la adaptación gamberra de la serie Jóvenes Policías, me ganó cuando se estrenó hace un par de años, gracias a su humor absurdo y las ganas de cachondearse de sí mismos que tenían sus dos protagonistas, Channing Tatum y Jonah Hill. Y, como sucedía con Resacón en Las Vegas y su enorme éxito, una secuela era obligada, bajo los mismos preceptos que en aquella. No podemos sorprender al espectador. La película repite las mismas claves que la anterior, paso por paso. Hasta en la trama. Pero se cachondea de ello continuamente. Es más, lo lleva un paso más allá. Más gamberra, más absurda. Y más divertida.

De vuelta a pasar por estudiantes, esta vez en la universidad, algo de lo que se ríen todo el rato (Jonah Hill y el personaje ridículo y magnífico de Jillian Bell), para detener a un grupo de traficantes que han plantado una nueva droga en la universidad que está acabando con la vida de algunos alumnos. De nuestros dos policías depende que los traficantes sean detenidos. Claro que quizá estén más por la labor de formar parte de una fraternidad, ligar o irse de fiesta que de detener a los malos. Y nosotros encantados, por supuesto. Creo que hay pocas mezclas más improbables que las de Tatum y Hill que hayan funcionado tan bien, no sólo de cara a la taquilla, sino también por la química que demuestran ambos actores, por su peculiar sentido del humor.

Sólo hace falta ver la escena de inicio con el camión y el pulpo, la nueva comisaría (situada en el 22 de Jump Street, frente al 21 de la primera…) o la visita al psicólogo de la universidad. Eso sin mencionar la persecución final en medio de las vacaciones de primavera, o lo bien que cuadran personajes mejor aprovechados que en la primera entrega, como el de Ice Cube (no pierdan detalle de la comida familiar tras descubrir un escabroso detalle. O del chiste del cubo de hielo… en inglés, claro). Los directores de la primera película y de La LEGO Película están de regreso y manejan perfectamente las claves cómicas necesarias para hacer la película accesible pero, por momentos, muy inteligente.

Que sea gamberra no quiere decir que sea estúpida. Fíjense en los magníficos títulos de crédito, en las carcajadas que consigue sin despeinarse y sin hacer chistes sobre escatología. Los cameos, las referencias o las gamberradas con las drogas o el sexo. Por eso funciona la película como lo hace y por eso es superior a la media, poniéndose en la liga de las antes mencionadas Resacón en Las Vegas. Se le va un poco la mano con la duración, lo que hace que unos chistes sobren más que otros, pero por lo demás es el perfecto entretenimiento para el fin de semana, ágil, paródica y muy, muy divertida, si se conocen los antecedentes y a lo que venimos al cine cuando nos metemos a ver Infiltrados en la Universidad. Una de las comedias del verano, sin duda.

Jesús Usero

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Lucy ★★★

Agosto 18, 2014

Crítica de la película Lucy de Luc Besson con Scarlett Johannson

El cine de Luc Besson siempre ha sido algo o muy pedante, dependiendo del momento en que le pille su filmografía. Esa pedantería es una de sus características desde Kamikaze 1999: el último combate, y salió a flote sobre todo, nunca mejor dicho, en El gran azul.Al mismo tiempo es uno de los directores y productores europeos que tienen más clara la necesidad de vender espectáculo y darle al público lo que quiere. Ambas cosas se alían y al mismo tiempo colisionan, para bien y para mal, en Lucy.

Por un lado la película juega la misma baza de protagonismo femenino y “chica guerrera” tipo Nikita que a Besson se le ha dado siempre bien en la taquilla, y como demuestra la recaudación de Lucy en Estados Unidos ha vuelto a funcionarle en esta ocasión. Pero al mismo tiempo la película es presa de la contradicción y la indecisión. Besson ficha a Scarlett Johansson, consagrada como estrella del cine de acción con su papel como la Viuda Negra en Iron Man 2, Los Vengadores y Capitán América, el soldado de invierno, pero al mismo tiempo reniega de ese referente de las películas Marvel en las que interviene la actriz, y en su intento de apartarse de dicho antecedente que utiliza como gancho comercial, con un trailer que casi parece un anticipo de un largometraje de la Viuda Negra, deja a sus secuencias de acción desprovistas de los ingredientes visuales mínimos para crear tensión, sustituyendo la acción física por una especie de variante de los poderes de los mutantes de los X-Men. Buen ejemplo de ello es la secuencia de enfrentamiento de la protagonista con los matones coreanos en el hospital, donde para no repetir la trepidante secuencia de Johansson en Iron Man 2, castra ese momento y lo deja sin acción física, a pesar de que el trailer de la película vende precisamente ese otro tono de “chica guerrera” y ya situación pide a gritos un intercambio de tortas como panes al estilo de las que reparte Liam Neeson en una de las películas producidas por Besson, Venganza. Si Besson no quería ser presa de Scarlett Johansson como fenómeno mediático lo tenía fácil: elegir a otra actriz menos mediática para el papel. Claro que entonces es muy probable que hubiera perdido el gancho comercial de su protagonista y el trabajo que hace Johansson para insuflarle vida a un personaje que sobre el papel es poco más que una silueta bidimensional tipo recortable y al que ella anima hasta convertirlo en algo más interesante.

En su empecinada negación de la falta de originalidad de su propuesta, en ese sobresfuerzo por negar su propia naturaleza, la película es presa de una especie de gatillazo, es un coitus interruptus desde el punto de vista de la acción. Lo paradójico es que por mucho que pretenda ser otra cosa, Lucy es una explotación de las historias de superhéroes.  Aunque tenga aspiraciones de reflexión filosófica más elevadas y busque en el baúl de la ciencia ficción una pretenciosa exposición final, tampoco puede presumir mucho de originalidad por ese camino dado que está aplicando claves presentes ya en 2001 de Stanley Kubrick, e incluso más recientemente en una producción más modesta e interesante, The Machine, con la que además comparte un mismo planteamiento visual de cartel originial con rostro de la protagonista en blanco. The Machine es más madura en sus planteamientos, menos fiestera visualmente hablando, y no cae en las contradicciones en las que cae Lucy. Porque no pretende ser lo que no es. Besson se pone pretencioso tirando de filosofía facilona del Reader´s Digest, digna de figurar en el envase de un paquete de patatas fritas. Quiere hablar de la naturaleza humana al mismo tiempo que deja sus personajes reducidos a meros recortables, tópicos bidimensionales, amputando de la trama toda clase de conflicto que podría haber contribuido a darles mayor relieve. Un ejemplo de ello: la no-relación entre el policía y la protagonista, que se queda en mero brochazo apresurado, más que en fina pincelada para que complete el paisaje el espectador.  En sus prisas por facturar la empanada mental filosófica con espíritu de postal turística comprada en el quiosco que nos enchufa en el tramo final de su película, Besson acaba por pasar por algo o solucionar expeditivamente asuntos que habrían contribuido a hacer más interesante la trama y sus personajes. Ejemplo de ello es la forma totalmente tópica en al que intenta darle algo de carne al personaje protagonista poniéndola a hablar con su madre, mero artificio que sólo se sostiene porque Johansson antes y además de ser un sex-symbol y una estrella del cine de acción, ya era, y es, una gran actriz, y aguanta ese juego de primer plano y monólogo moñas como una campeona. Pero al mismo tiempo eso evidencia la flojera de un guión que no queda redimido ni siquiera por los planos que Besson toma prestados del cine del coreano Park Chan-wook (como el que cierra el periplo narrativo del personaje del gánster coreano, otro tópico de recortable bidimensional).

Otro ejemplo de contradicción: Besson se pone reflexivo y sesudo en su parte final, pero no puede evitar entregarse nuevamente a los fuegos de artificio invitando a los dinosaurios a pasearse por el paseo de la protagonista, o jugar con una banalización simplona de la identidad sexual femenina de Dios.

Lo que sí me ha gustado de la película, que no aburre pero tampoco convence, es el buen uso que hace del montaje fluido para hacer avanzar su trama en los primeros treinta o cuarenta minutos de proyección, que para mí son los mejores de la propuesta. Eso sí, ésta se desfonda, en mi opinión, cuando Besson se mete en un huerto, un callejón de difícil salida, aumentando la apuesta de su argumento con la escena de transformación en el avión camino de París. A partir de ahí, creo que Lucy pierde fuelle y empieza a perderse en su laberinto de contradicciones, del que no puede sacarla ni siquiera el aseado trabajo de Morgan Freeman o el fenómeno de la cultura popular en que se ha convertido Scarlett Johansson.

Miguel Juan Payán

Miguel Juan Payan

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Crítica de la película Transformers: La Era de la Extinción

Puro espectáculo y entretenimiento veraniego, no le den más vueltas. Quien busque algo más que eso en Transformers, anda muy, pero que muy equivocado. Porque otra cosa no será, pero la franquicia dirigida por Michael Bay es honesta con todos y cada uno de sus millones de seguidores a lo largo y ancho del mundo. Y ya van cuatro películas como para empezar a llevarse las manos a la cabeza y sorprenderse ahora o esperar algo distinto a lo que esta película es. Robots gigantes, humanos que pasaban por allí, ruido, explosiones, épica de baratillo, más explosiones, acción trepidante, más acción todavía, y, en esta ocasión, un cambio de decorado muy acorde con los tiempos que corren en Hollywood, que nos lleva de Estados Unidos a China para finalizar la película y convencer al espectador de aquél país de que merece la pena ir al cine a ver películas americanas. Y vaya si lo han conseguido.

Michael Bay genera entre los cinéfilos más exquisitos una especie de sensación de urticaria incómoda que les hace sentirse atacados y ofendidos con casi todas sus películas. Como si fuese un insulto a sus personas. Y lo entiendo, es lo más normal del mundo. Los guiones sobre los que suele trabajar son malos, sin remisión ni excusas. Cargados de chistes absurdos, frases lapidarias y sin el desarrollo dramático o de personajes suficiente como para que nos preocupe qué les sucede a los protagonistas, que los humanos nunca terminan de serlo, realmente le interesan (o parece que le interesan) los asteroides, los robots gigantes o similares más que los humanos. Salvo contadas excepciones (Dolor y Dinero, La Roca), no encontramos muchas cosas dentro del guión a las que aferrarse en el cine de Michael Bay. Pero tiene sus fans y es honesto con lo que ofrece. Porque, a veces, es muy sano dejar el cerebro en la calle y entrar en una película a disfrutar sólo del espectáculo audiovisual. Nada más. Puro entretenimiento. Evasión pura. Pero nada más. Y eso es más que suficiente.

Y sí, hay formas distintas de hacer las cosas. Mejores. Mejores guiones, incluso en los blockbusters veraniegos. Y este año ha sido un buen ejemplo de ello. Películas mejor construidas, con mejores guiones, actores o directores. Por supuesto que las hay, y las respetamos todas. Y las disfrutamos también. Pero dejémonos de monsergas, cuando entramos a ver Transformers 4 ya sabemos perfectamente a lo que venimos todos. Relájense, dejen los prejuicios fuera, pasen y disfruten de una de las películas con más acción y mejores efectos visuales del verano, que en esta ocasión sigue los hechos de la tercera entrega, tras la destrucción de Chicago, con un nuevo grupo de protagonistas humanos. La película nos traslada a una situación en la que los Transformers, Autobots y Decepticons, son perseguidos por las autoridades americanas, que los cazan sin piedad. Una familia recoge un abandonado camión que resulta ser Optimus Prime y comienza la aventura, entre quienes buscan cazar a Optimus y su grupo, los Decepticons y los Autobots que intentan evitar el fin de nuestra civilización.

El reemplazo de actores es quizá lo que mejor funciona en esta película, que es muy superior a las dos primeras entregas en absolutamente todo, y anda a la par con la tercera parte, aunque por un camino distinto. Mark Wahlberg tiene más carisma que cualquiera de los protagonistas anteriores, juntos o por separado, y también mejor actor. Nicola Peltz, la joven que sustituye a bellezas como Megan Fox, es mejor actriz (vean Bates Motel) que las anteriores sin levantarse de la cama. Y nombres como Titus Welliver, Kelsey Grammer, Sophia Myles o Stanley Tucci ayudan a dar peso dramático a la trama, que en muchos puntos copia la historia padre/hija que tenía Armageddon, lo cual da más desarrollo de personajes. Siempre apoyado por actores, que, con dos líneas, son capaces de dar cierta miga a sus personajes. El humor también ayuda cuando Bay se dedica a reírse de sí mismo y de sus tics y manías, o de las cosas de las que suelen acusarle, como el tema de las chicas guapas que parecen modelos.

Además Bay parece haber heredado la forma de rodar y editar las escenas de acción de la anterior entrega de Transformers, debido al 3D, que obliga a que haya planos de mayor duración para que el público pueda entender lo que sucede en las batallas, que son muchas y son gigantescas. Y que tienen cada vez más planos a cámara lenta, que en 3D se disfrutan bastante. Incorpora nuevos robots, algunos realmente brillantes (los Dinobots, espectaculares, Hound, con una batalla sensacional, o Lockdown, el villano cazarrecompensas de la película). La batalla final en Hong Kong es una pasada que nos convierte en críos de nuevo, como lo es el asalto a la nave de Lockdown, la caza de Ratchet o la entrada de los Dinobots en la ciudad con Optimus a lomos de Grimlock. El resultado, pese a todos sus defectos, son casi tres horas de película que pasan volando ante nuestros ojos si hacemos lo que se supone que tenemos que hacer, ser adolescentes de nuevo, sentarnos con los amigos y disfrutar con el espectáculo. Ni es muy complicado, ni la película exige más. Ni busca más. Se encuentra a caballo de la primera y la tercera entregas, y sabe explotar las cualidades de este tipo de películas. Entretiene y nos olvidamos de los chistes malos, de algunos diálogos imposibles, de los personajes desdibujados como el de Bingbing Li o el de Sophia Myles, algunos traspiés con el ritmo, sobre todo en la granja, o que Bumblebee empiece a resultar algo… cargante (también hay que cuidar a los robots). Pero como relanzamiento de la saga con una nueva trilogía, es puro escapismo servido en bandeja de plata con grandes efectos especiales, grandes batallas y mucha acción. No le den más vueltas, no busquen más explicaciones. Es Transformers. Sorprenderse ahora suena ingenuo. O quizá alguno quiera ponerse intelectual con algo que no es precisamente Haneke. Pasen y disfruten.

Jesús Usero

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Crítica de la película Anarchy, la noche de las bestias.

Buena secuela de The Purgue, con más acción y aventuras.

Los responsables de The Purgue, la noche de las bestias, siguen explotando el filón comercial de aquella con habilidad y cambiando suficientes elementos en su aproximación al argumento central como para que merezca la pena ver esta secuela que tiene más acción, más personajes y un paisaje más amplio que el de la película precedente. En ese sentido, si la primera película se inclinaba hacia la intriga, esta segunda sigue explorando el universo de ciencia ficción creado para la misma en una clave más cercana al cine de aventuras, lo que ha hecho que me recuerde a ratos películas como Asalto a la comisaría del distrito 13 y 1997: rescate en Nueva York, de John Carpenter, y The Warriors de Walter Hill. Apartándose de la idea más cercana a lo que ya nos contara Michael Haneke en Funny Games, que inevitablemente aparecía como referente o inspiración de la primera entrega, esta segunda se muestra más enérgica y decidida en abrazar el género de acción y nos saca de la mansión-fortaleza de la primera entrega para llevarnos de paseo por una ciudad sumida en el caos y la violencia de la celebración de la sexta purga. Su protagonismo se multiplica así en un grupo de ciudadanos que no quieren implicarse en la “purificación” de la violencia pero se ven inevitablemente arrastrados a las calles en un viaje de supervivencia que dura toda la noche y les lleva a cruzarse con todo tipo de horrores y bandas dedicadas a exterminar violentamente a sus prójimos. Además el argumento progresa en la exposición de la idea central que presidía la primera película: la purga como herramienta para controlar la economía con el exterminio de los socialmente más débiles, introduciendo personajes y figuras como la banda de revolucionarios “anti-purga” dirigidos por Carmelo, que toman las armas para rebelarse contra esta especie de “juegos del hambre” para adultos. Además la apuesta por la acción se hace con la fluidez de las producciones de serie B que no aspiran a ser otras cosa que evasión, el mensaje político-social es sencillo y menos pedante que en la primera entrega, ya que carece de aspiraciones dramáticas o de denuncia más allá de las estrictamente necesarias para montar una película de evasión en las mismas coordenadas de los títulos citados más arriba. Así nadie puede llamarse a engaño. En su apuesta por desarrollar una aventura en clave de acción encontramos incluso un personaje que recuerda en algunos momentos a Frank Castle, el Punisher, de los cómics de la Marvel, hasta el punto de que me atrevo a decir que en muchos aspectos, esta película se me antoja como adaptación de dicho personaje marvelita más fiel a  los cómics del mismo que todas las demás que se han hecho hasta el momento para el cine.

El reto que tenía la película era ser capaz de ponerle colofón al resto de su metraje con agallas, cosa que consigue sólo a medias, dejándose llevar por una tendencia al final feliz que estaba menos presente en el desenlace de la película anterior, mucho más amargo que el de la secuela. No obstante al menos consigue darle un giro a la situación final que esquiva lo más obvio y previsible, aunque su naturaleza babosa y bienpensante desmienta algunas claves de aberración social mucho mejor tratadas en el resto de su metraje.

Total, que sospecho que tendremos una tercera entrega de la saga, e iré a verla encantado, porque creo que es un buen producto de evasión.

Miguel Juan Payán

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