Crítica de la película Manhattan sin salida

Clásico y activo filme policíaco, en el que el tema de la corrupción entre los agentes de la ley se mezcla con una angustiosa persecución por la isla de Manhattan.

Frank Sinatra se solía referir a Nueva York como la ciudad que nunca duerme, y esa idea es la que planea por el metraje y la historia de esta película, dirigida por el irlandés Brian Kirk (responsable de elaborar algunos episodios de la serie Juego de tronos).

 A modo de pesadilla urbana, siempre impregnada de los efectos desasosegantes de la oscuridad reinante, la trama narra la lucha de un detective de homicidios, llamado Andre Davis (Chadwick Boseman): un efectivo investigador con fama de violento, cuyo padre falleció en acto de servicio, cuando el protagonista era solo un niño. El tiempo transcurrido desde entonces ha hecho de Andre un individuo con un férreo sentido de la legalidad, y con unos métodos peculiares para enfrentarse a los delincuentes. Todos estos antecedentes son tenidos en cuenta, cuando le encargan un caso peliagudo de robo y tiroteo masivo, en el que han fallecido varios compañeros vestidos de azul. El objetivo del atraco era un millonario cargamento de droga sin cortar, que un par de asaltantes armados han afanado de una tienda neoyorquina. Algo le huele mal a Andre desde el principio, y solo puede confiar en una colega de estupefacientes impuesta por sus jefes, llamada Frankie Burns (Sienna Miller). Sin escapatoria posible, los asesinos y ladrones intentan sacar el dinero suficiente para escapar del cerco policial; eso si consiguen salvar el cierre nocturno de la isla de Manhattan, ordenado por Andre.