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Crítica de la película Johnny English Returns

Siempre hemos oído hablar de las virtudes del humor británico. De la inteligencia, la acidez, el humor satírico y la brillantez del humor inglés, como una de las grandes fuentes cómicas de nuestros tiempos, de la que, es cierto y no cabe duda, han surgido nombres como los Monty Python, Ricky Gervais, Matt Lucas o, para qué negarlo, también Rowan Atkinson. Gente capaz de hacer reír en medio mundo y que, habitualmente, comenzaron en la televisión para hacer reír con alguna sátira bastante acertada y luego, con mayor o menor fortuna, dieron el salto al cine.

Aunque el paradigma de este modelo siempre sean los míticos y geniales Monty Python, a día de hoy el modelo de más éxito y quizá el más brillante, ha sido el de Ricky Gervais, con un sentido del humor ácido e inteligente, que ha sabido hacer un análisis brillante de la vida y la sociedad no sólo británica, sino del mundo occidental con series como The Office o Extras. Atkinson no le anda a la zaga en éxito y repercusión mediática, aunque su sentido del humor, al menos por el que es más conocido en todo el mundo, se aleja bastante del de Gervais para ser algo más zafio, más vulgar y, quizá por ello, más popular. Y eso que aunque el papel por el que le conocemos en todo el mundo y por el que siempre será recordado sea el de Mr. Bean, sus comienzos y el papel que más veces ha interpretado sea el del protagonista de La Víbora Negra, una sátira brillante y corrosiva bastante alejada del humor de Mr.Bean.

Y sí, es cierto también, que en sus orígenes Bean era un personaje bastante salvaje y poco comedido, un tipo ruin y rastrero, tacaño y egoísta, que, pese a todo, se ganaba nuestras simpatías por su falta de vergüenza. Luego el cine se encargó de poner las cosas en su sitio con dos adaptaciones poco inspiradas y carentes de la mala uva de la serie de televisión. Algo parecido ocurrió con la primera Johnny English, donde el sentido del humor de Atkinson parecía haber evolucionado, dejando de lado toda la parte satírica de sus años de juventud, para dejarlo todo en el humor físico y el absurdo, aunque no terminaban de cuajar.

No me entiendan mal, es un humor tan válido como cualquier otro siempre que haga reír. Pero es irónico que los ingleses siempre presuman de su humor inteligente, para que todo se reduzca a un par de caídas, situaciones incómodas y la cara de un tipo que, con sólo fruncir el ceño, ya consigue que esbocemos una sonrisa. Un “clown”, un payaso, con todo el respeto del mundo. Pero esto no es La Víbora Negra. Ni por asomo. Lo que nos venden como una sátira sobre el cine de espías es, en realidad, una comedia física y absurda que bien podría haber protagonizado un Kevin James al uso si se hubiese rodado en USA.

Y si alguien se pregunta si una secuela de Johnny English (¿alguien la recuerda?) era necesaria, sólo hay que pensar que apenas costó 30 millones y recaudó 129 en todo el mundo. Sólo en España rozó los 6 millones de euros. Lo que me sorprende no es la secuela, es que hayan tardado ocho años en sacarla. Tampoco es que precisamente hayan estado trabajando en el guión… O no lo parece. Repito, puede estar ambientada en el mundo de los espías y hacer parodia de algunas cosas como los créditos iniciales o la chulería típica de Bond. Es una máscara. Su humor reside en las situaciones ridículas en las que se mete el protagonista, su peculiar torpeza, su estupidez camuflada de supuesta arrogancia, y su humor físico, lleno de caídas, golpes y similares.

Lo que sí se puede decir de Johnny English Returns es que es bastante más divertida que su primera entrega, que apenas contenía un par de sonrisas en todo su metraje, quizá demasiado absurdo, quizá demasiado infantil. Aquí el humor funciona de maravilla en escenas como la persecución en China (verdaderamente hilarante), el campo de golf, la pelea final en el teleférico… son escenas cargadas de ese humor que hacen reír. Y lo consiguen sin despeinarse.

El problema son los huecos entre esas escenas, en los que la película parece empeñada en tomarse en serio a sí misma como si realmente hiciese falta. No funcionan, no aportan nada, realmente no hay parodia del cine tipo James Bond o la saga de Jason Bourne, y además dejan claro que si hubiesen hecho un episodio de una serie de media hora, les hubiese quedado algo redondo. Se nota alargado hasta la saciedad, como lo de la asesina de la limpieza, que llega un momento en el que pierde su gracia inicial.

Y además desaprovecha su reparto, dejando como meras comparsas presencias tan interesantes como las de Gillian Anderson, Rosamund Pike o Richard Schiff, que debió rodar lo suyo en un día o algo así, pese a que en los créditos aparece de forma prominente. Es una pena porque podía haber sacado jugo de unos actores entregados a un proyecto en el que saben que lo único que importa es pasárselo en grande para que el espectador también se lo pase en grande.

En definitiva, Johnny English Returns supone el regreso de Rowan Atkinson al cine tras varios años de casi desaparición de las pantallas, con una comedia hecha a su medida pero lejos de sus mejores momentos. Sencilla, aseada y divertida por momentos, pero completamente olvidable. Sabe mal que esos momentos realmente hilarantes no sean más habituales durante el metraje, que no encuentre nunca un tono más inteligente o que desaproveche algunos rostros populares. Pero tampoco es para rasgarse las vestiduras. Es lo que es y da lo que promete. Tampoco creo que los fans del actor o el personaje vayan pidiendo otra cosa.

Jesús Usero

 

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Crítica de la película El árbol de la vida

Posiblemente Terrence Malick sea uno de los directores más peculiares, únicos e inclasificables que quedan. Un tipo que pasó 20 años retirado del cine simplemente para dedicarse a dar clases en Francia. Ha declinado dirigir películas como El Hombre Elefante, por ejemplo, y cuando se involucra en un proyecto, que suele ser muy de cuando en cuando, lo hace de una forma única y tan personal que no es difícil identificar sus películas de todas las demás. Es un personaje complejo y único dentro de Hollywood, donde lo habitual es que se produzcan películas como churros y que un director no haya terminado de completar un proyecto cuando ya está embarcándose en el siguiente.

En cierta medida su persona recuerda a la de Stanley Kubrick, aunque normalmente la gente que lo conoce dice que es una persona amable y encantadora, humilde y dulce, muy alejada de la figura de Kubrick. Pero sí hay algunos paralelismos en su manera de entender y acercarse al cine por parte de ambos. Al menos en El Árbol de la Vida, porque durante las más de dos horas de proyección no podía quitarme de la cabeza la obra maestra de Kubrick 2001, Odisea en el Espacio. Quizá sean imaginaciones mías pero creo que a fin de cuentas hay ciertos paralelismos entre ambas películas y que ambas terminan hablando de temas similares. O al menos eso me ha parecido a mí.

Una advertencia antes de ver la película. No es una película fácil de ver. No sólo por la complejidad de la historia que se nos cuenta, que en principio podría ser la más sencilla del mundo, sino por cómo se nos cuenta. Es una película complicada de ver y de asimilar. En ocasiones hipnótica, en ocasiones incómoda. Muchas veces profunda y otras veces ligera como esas cortinas y sábanas tras las que tantas cosas suceden en la pantalla. Su forma de plantearnos la historia, su forma de enredarnos inconexamente en la vida de esta familia, sus continuos saltos en el tiempo sin previo aviso… Todo ello la convierten en una película densa, en el mejor sentido de la palabra. Un film que hay que desgranar y pelar casi como si se tratase de una cebolla. Capa a capa.

También, como bien decía hace unos días mi compañero Miguel Juan Payán, no conviene guiarse por las estrellas que le he puesto en la crítica, entre otras cosas porque no son estas cuatro estrellas las mismas que puedo darle a una película como La Deuda, y porque no serían las mismas que le diese mi compañero.

Siempre me ha maravillado de Terrence Malick la habilidad que tiene para convertir las imágenes en poesía. Es un director de arte y ensayo, alejado completamente de los parámetros más comerciales, que cuenta historias de una forma tan portentosa y única que, incluso cuando no gusta, no se le puede negar su talento. Aquí aprovecha para contarnos la historia de una familia, o más concretamente del hijo mayor de la misma, a lo largo de su infancia, pasando por una horrible tragedia, hasta el presente, en el que intenta reconectar con su padre, con el que tiene una relación tortuosa.

Cuando la historia es tan inconexa y da los saltos que da, lo que menos importa, realmente, son los diálogos. O, mejor dicho, los pocos diálogos que hay importan muchísimo, pero la película no los emplea casi para narrar la historia. El Árbol de la Vida transcurre entre imágenes y sonidos, entre música y silencios, con la intención de componer una sinfonía, una banda sonora particular para esta historia pequeña, que acaba convertida en la historia de la vida. Desde los orígenes del mundo, literalmente.

La forma en que Malick mueve la cámara (casi continuamente pero para narrar), el poder de la luz, sobre todo en una casa siempre iluminada que esconde tanta oscuridad y tristeza. La puesta en escena, el poder de las imágenes, la iluminación… todo ello pesa tanto como la historia y es lo que hace que, por ejemplo, las interpretaciones de los actores sean casi lo de menos. Teniendo en cuenta, eso sí, que Brad Pitt como el padre y Jessica Chastain como la madre están brillantes, lo mismo que Hunter McCracken como el joven Jack. La pena es que la presencia de Sean Penn casi parezca un cameo.

Y toda esa complejidad y esa densidad narrativa, toda esa fuerza, para contar una historia de padres e hijos. Padres que no entienden a sus hijos e hijos que no perdonan a sus padres. Como después de todo, desde el origen del universo hasta ahora, todo se reduce a padres e hijos. Ese árbol de la vida que lleva tanto tiempo ahí y sigue creciendo con ramas nuevas. De cómo siempre acabamos pareciéndonos a nuestros padres, incluso más de lo que desearíamos. Y de cómo la tragedia nos marca por igual. A fin de cuentas todos pertenecemos a ese árbol.

Aunque nadie es perfecto y a Malick se le va un poco la mano con tanta milonga sobre el origen del mundo y demás. La película acaba siendo demasiado inaccesible para el público y no deja que cualquiera pueda disfrutarla. Porque es demasiado densa (aquí en el mal sentido de la palabra). Y confunde a veces complicada con compleja. Acaba siendo más complicada de lo que debería, creyendo que eso la hace más compleja. Le sobra algo de metraje y algo de intelectual. Debería ser más emocional que cerebral, lo que hace que a veces parezca una película fría y distante. O incluso aburrida y contemplativa.

Entre medias nos queda una película poderosa y especial. Diferente. Una película que plantea preguntas complicadas, esas que un hijo le hace a su padre sin que este sepa responderlas. Espiritual e incluso llena de fe. Una melodía arrastrada por las imágenes y la música que nos habla del principio y del fin. De lo terrenal y de nuestro propio cielo. Del perdón y la esperanza. Fascinante, bella e indescriptible.

Ahora, como una vaya buscando la última de Jackie Chan, lo lleva claro.

Jesús Usero

Crítica de la película El Castor

Hace no mucho tiempo la alianza en un mismo proyecto de Jodie Foster como actriz y directora y Mel Gibson como protagonista habría sido un plato muy apetecible para la mayoría del público. Mañana viernes El Castor ofrece la posibilidad de asistir a ese reencuentro, que es principalmente otra muestra del talento de Foster como directora y de la notable capacidad de Gibson como actor. Pocos actores del Hollywood actual podrían sostener este tipo de personaje deprimido y convertirlo en algo tan interesante y diferente a lo que el actor nos tiene acostumbrados. Y pocos directores/as sabrían sacar tan buen provecho del talento de su protagonista rodando además una película que se aleja de los clichés del melodrama para internarse en el drama más sólido a la vez que insólito que podemos contemplar ahora mismo en la cartelera.

Foster no hace concesiones a la galería y cuenta una historia que clava en la pantalla las características esenciales de uno de esos males de nuestro tiempo no siempre suficientemente tenido en cuenta por la mayoría. Lo que nos ofrece El Castor es un intenso viaje por la depresión y sus consecuencias. Pero no se asusten. Parte del talento de la directora consiste en hacer lo mismo que hizo en sus películas anteriores como tal, las igualmente recomendables El pequeño Tate y A casa por vacaciones, esto es: pillar un tipo de historia que en otras manos podría convertirse en el tópico melodrama o comedia disparatada y hacer de ella una historia sólida, entretenida pero que se toma en serio a sí misma y a sus personajes.

Imaginen lo que podría haber salido con otro director al frente del proyecto de esta historia en la que un empresario de juguetes víctima de la depresión que ha perdido a su familia se inventa su propia terapia a base de interactuar con el prójimo y relacionarse con el resto del mundo a través de un castor de peluche. Podría haber sido una comedia absurda, difícilmente digerible o totalmente disparatada, pero Foster sabe mantener el pulso de la historia, y lo que nos ofrece en la primera  parte de su relato, que personalmente me recordó en esos primeros treinta minutos algo así como una visión de pesadilla de la comedia El invisible Harvey (Henry Koster, 1950), en la que James Stewart se paseaba por el mundo afirmando que tenía como amigo a un conejo gigante al que sólo podía ver él.

Pero la película no se queda ahí. Foster acierta a enriquecerla más allá de la anécdota que le sirve como punto de arranque imponiendo con una aparente facilidad que oculta una estructura dramática mucho más compleja el protagonismo coral en su película. Desde el principio Foster acierta a dejarle muy claro al espectador cuál va a ser ese camino: arranca con la imagen de Gibson flotando en la piscina, pero rápidamente nos introduce en la vida de ese personaje, su depresión, y en cómo esa depresión afecta al resto de los miembros de su familia, que nos son presentados en un breve prólogo a la trama en su característica más significativa y con una economía narrativa ejemplar. Eso le permite a Foster manejar luego esa misma estructura para conseguir que la película no se convierta en un monólogo de estrella de Gibson, sino en un relato donde además acierta a darle a Anton Yelchin un papel realmente interesante que nos descubre otra faceta de ese actor al que el público general puede identificar más recientemente en trepidantes peripecias como las últimas entregas de Star Trek y Terminator. Yelchin es la representación de los jóvenes en este relato donde con apenas un par de escenas Foster establece la posibilidad de que los hijos no sólo hereden las enfermedades, sino de algún modo también los errores de los padres. Su propia peripecia abre otra ventana a la historia, contribuyendo así a hacerla más amena y acercarla al público más joven, sin entender por jóvenes las representaciones tirando a descerebradas o utópicamente románticas que suelen enchufarnos en el cine americano más reciente y que, francamente, nos parecen auténticas marcianadas alejadas de la más inmediata realidad.

Sin hacer de ello un panfleto o un caballo de batalla o denuncia, lo que habría sido cansinamente pedante, Foster procura apartarse de los tópicos y las imágenes idealizadas que siempre nos ha servido el cine estadounidense con la misma elegancia que aplicó a sus trabajos anteriores tras las cámaras, y viniendo como viene de la profesión de actriz, sabe cómo darle a cada uno de sus actores oportunidad de lucirse sin caer en el exceso, dosificándose, sin apartarse de la más realista representación de sus personajes, que es la mejor manera de mantener cerca de la historia al espectador.

Es por eso que la película gana bastante si se ve en versión original, no por esnobismo cultureta, sino simplemente porque el trabajo de Gibson jugando a ser ventrílocuo con el castor de peluche se pierde totalmente en el doblaje.

Hay además una escena en particular que puede ayudar a dejar más claro por qué creo que Foster es una gran directora, una de esas realizadoras de las que interesa ver todo lo que estrene tras las cámaras porque ofrece muchas posibilidades de ver buen cine. Me refiero al momento de padre e hijo en el hospital, en el que se produce un curioso ejercicio que nos dice mucho de cómo se puede manejar el cine conseguir momentos casi mágicos, como pretendía Orson Welles. Gibson está sentado, Yelchin se acerca, ambos hablan, y la cámara se va retirando hasta mostrarnos a Foster de espaldas en la puerta: es en ese momento tanto la Foster/personaje/madre como la Foster/directora la que contempla a ambos, y decide retirarse elegantemente para dejar a esos personajes sumidos en su privacidad, lo que es toda una declaración de principios de cómo ha decidido manejar toda la película. Renuncia a convertir a sus personajes en meras marionetas para crear emociones en el espectador por el camino fácil del melodrama y la sobreexposición, la sobreactuación, la hipérbole de las emociones. Impone un respeto en la mirada sobre los mismos incluso en la manera de planificar y trabajar con la cámara. Ese plano es por tanto un resumen no sólo del tema esencial que aborda la película, sino de cómo Foster ha elegido abordar narrativa y estéticamente su película: discretamente, sin falsos alardes, ni parafernalia de abalorios emocionales, sin histrionismo.

Es por todo eso que también creo que El Castor, que es una película con buen ritmo, entretenida de ver pero con contenido, debería ganarse un puesto en la taquilla, al menos para quienes pensamos que el cine tiene que ser algo más que superhéroes salvándonos el culo en cada nueva entrega de sus aventuras, no porque esas otras películas no me entretengan, al contrario: simplemente porque me gusta la variedad frente a la monotonía, y estoy convencido de que el respeto a los personajes es la mejor manera de respetar al espectador.

Y me gusta que me respeten como espectador, cosa que El Castor hace sobradamente.

Miguel Juan Payán

Crítica de la película Thor

Tan buena como X-Men y X-Men 2, mejor que Iron Man e Iron Man 2. No es la mejor adaptación del cómic al cine, porque sigue estando ahí arriba, muy arriba, El caballero oscuro de Christopher Nolan, pero no cabe duda de que Thor es un encuentro mucho más acertado del talento de un director con estilo propio y personalidad (Kenneth Branagh) a un personaje de la Marvel de lo que fue la versión Ang Lee de Hulk. Creo que con estas pistas sitúo más o menos a Thor en el lugar que me parece ocupa dentro de las adaptaciones del universo superheróico de la Marvel al cine, concretamente a la altura de los logros de Bryan Singer con sus dos películas sobre los mutantes.

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Seamos sinceros: el tema de las adaptaciones de las viñetas al cine en lo referido a la Marvel está necesitado de que directores de talento y experiencia, con productos de calidad a sus espaldas y una formación clásica, le metan mano a los personajes de superhéroes. Es por ello una pena que Darren Aronofsky se haya bajado del proyecto de filmar la segunda entrega de Lobezno, ya que sin duda de ese choque entre el talento veterano y con imaginación y características de cine de autor y las fantasías de la Marvel pueden salir cosas muy buenas…

Thor es un buen ejemplo de los resultados positivos que se derivan de ese tipo de encuentros, incluso con sus pequeño defectos, tanto más pequeños cuanto que es una película trepidante, visualmente espectacular, con una buena construcción de la historia y un ritmo ejemplar, que resulta muy entretenida y llega al tope en lo que a verosimilitud de las peripecias superheróicas en la pantalla se refiere sin renegar o traicionar en modo alguno la fuente original de los cómics que le sirven como base.

Mi opinión general sobre la película es por tanto muy positiva. Si ahora mismo tuviera que elegir comprarme tres películas de adaptación de los personajes Marvel al cine esta trilogía la formarían sin duda las dos de Singer con los mutantes y este trepidante y muy logrado encuentro de Branagh con el universo de Thor (vale, luego sacaría pasta de donde fuera para añadir las dos de Iron Man porque me parecen muy divertidas, aunque sé que están algo por detrás de las otras tres).

En Thor concretamente creo que han trabajado muy bien esa mezcla de mundo real y fantasía, y visualmente la recreación de Asgard, que no era nada fácil, y de los nueve reinos unidos por el árbol Yggdrasil, está muy lograda, adornándose además con una mezcla de mitología y ciencia ficción que es una de las mejores maniobras de hibridación entre géneros que he visto en el cine en los últimos años. Branagh ha sabido además exorcizar todos los fantasmas que sobrevolaban su participación en el proyecto. Los seguidores de Thor en el cómic temíamos que pudiera convertirse en otra víctima de su natural inclinación por las obras de Shakespeare, tal y como ocurrió en su versión de Frankenstein (que reconozco que a mí me gustó, aunque le hayan dado tantos palos), y eso no ha ocurrido. En manos de Branagh, Thor sigue siendo Thor, y para ser sincero, hay menos Shakespeare que guerra de sexos tipo screwball comedy, hay más de Howard Hawks en La fiera de mi niña, o más de Preston Sturges en Los viajes de Sullivan, porque todo el largometraje funciona bastante bien como mezcla de aventuras, comedia y una pincelada de romance. Es en la dosificación de elementos de todo el proyecto en lo que Branagh ha tenido más acierto, ya que la parte épica y de acción no resta un ápice de funcionalidad a la creación de personajes y al mismo tiempo el contenido mitológico y trágico, más shakespeariano, de la familia real de Asgard, no resta efectividad a la peripecia de Thor en la Tierra. Branagh sabe decir mucho sobre los personajes con muy poco, y además tiene bastante controlado el tema de la dirección de actores para sacar el máximo partido a las herramientas humanas de su narración en un reparto que está suficientemente bien pertrechado de talento para sacar adelante con muy pocas apariciones personajes que en las viñetas tienen un largo recorrido y un más amplio arco de desarrollo.

Creo además que Branagh ha sabido salir con la habilidad que le otorga su veteranía de las trampas a que están sometidos todos aquellos directores enfrentados al encargo de trasladar las fantasías de las viñetas de la Marvel al cine. Las trampas son muchas, pero entre todas ellas destacan especialmente la necesaria presentación de personajes al público que no sigue sus peripecias en el cómic, que en algunos casos ha operado como lastre de la propia historia. La otra traba destacada es el aparentemente insoslayable carácter episódico de estas producciones, heredado sin duda de su anterior vida en el mundo de las viñetas. Concebidas en clave de trilogías, y con ese entramado entre las distintas sagas (Hulk, Iron Man, Thor, Capitán América…), en las que ejerce como cemento unificador o vínculo común la organización Shield y las apariciones de Samuel L. Jackson ejerciendo como Nick Furia, las películas que adaptan las peripecias de los superhéroes Marvel tienen un ritmo y una forma de narrar que se basa más en la acumulación de episodios y la construcción de personajes a pinceladas breves, sin profundizar, lo que conduce todas las tramas a una inevitable superficialidad episódica que en el cómic no es un lastre, porque número a número va construyendo un arco de desarrollo de personajes más complejo del que puede permitirse una película en más o menos dos horas de metraje. Simplemente el cine no tiene tiempo suficiente para profundizar más en estas historias si quiere mantener su personalidad como producto de evasión y entretenimiento, de manera que es imprescindible que los guionistas y realizadores sean muy hábiles para contar mucho en muy poco tiempos sobre las situaciones y personajes. Es por eso que seguramente la televisión sería mejor medio para adaptar este tipo de producto al audiovisual que el cine. No obstante, creo que en ese sentido Branagh en Thor ha hecho un gran trabajo. La película se sostiene como relato independiente, y aun haciendo gala de la inevitable característica episódica de este tipo de producciones, consigue incluso  levantar unos personajes secundarios eficaces más allá de los papeles protagonistas. Y si hay algo de Shakespeare, está de forma coherente expresado en Loki, el Yago de la historia, y en esos guerreros amigos del héroe, que personalmente tanto me recuerdan al grupo protagonista de la obra Mucho ruido y pocas nueces

Miguel Juan Payán

Crítica de la película Águila Roja

Sírvase el lector de esta pequeña introducción si lo desea o salte directamente a párrafos posteriores donde desgranaremos la película a fondo. Pero no puedo irme sin mencionar que puede que sea uno de los pocos que vayan a defender Águila Roja, La Película, en los próximos días o semanas. Lo digo por la sensación que me ha producido a la salida del pase de prensa donde he podido verla y donde la impresión generalizada no era demasiado buena. Vamos, que no habían pasado dos minutos cuando empezaban a llover los cuchillos.

Esto en sí no es malo, cada cuál es libre de decir lo que piense y de opinar con cierto fundamento, al menos. Pero es que me sigue dando la impresión de que medimos con distinto rasero lo de casa a lo que nos llega de fuera. Águila Roja es una producción española de aventuras. Pero de aventuras clásicas, con capa y espada, batallas, duelos a muerte y héroes románticos. Vamos, lo que viene siendo la serie de televisión con formato panorámico, más presupuesto y mayor duración. Ni engaña ni pretende engañar a nadie. Va a intentar ganarse en las salas de cine al público, cerca de 6 millones de espectadores, que ya se ha ganado en casa, en la pequeña pantalla. No es una tarea fácil, que la gente no acostumbra a pagar por lo que tiene gratis, pero es un notable esfuerzo.

Quiero decir, parece mentira que no sepamos a qué nos enfrentamos. Yo no soy un gran seguidor de la serie, aunque la he visto bastante a menudo y me resulta la mar de distraída. Con escenas de acción, coreografías y tramas superheroicas para la televisión española moderna. Que se dice pronto. A mí si la película me ha convencido es porque creo que el rasero con el que ha de medirse es justamente ese, el del público al que va dirigida la película. El de la gente que va a disfrutarla por mucha moto que le vendamos los críticos. No, Águila Roja no es mala. Es que le exigimos el doble que a las demás.

No puedo creerme que quienes sepan dónde se están metiendo y los fans de la serie de televisión, salgan demasiado decepcionados de la sala de cine cuando vean esta película. Si acaso habrán pasado un buen rato en el cine, con una película muy cuidada a nivel de producción y además entretenida. Con defectos, que los tiene y algunos son bastante remarcables, pero también con muchos aciertos y con una sensación que me ha dejado bastante peculiar. Creo que a sus fans les va a encantar. Y digo que es peculiar por eso mismo, porque yo no soy fan de la serie, sólo un televidente distraído.

Águila Roja, La Película, mezcla los elementos que han hecho popular a la serie con otros quizá algo olvidados, pero no por ello menos apreciables. Con un esfuerzo notable por homenajear a los clásicos de Alejandro Dumas (mosqueteros, reyes de Francia y cardenales incluidos en conspiraciones con cárceles perdidas y luchas imposibles) sin nunca perder el norte de lo que realmente le interesa a sus seguidores. Tratando de que todos los personajes tengan su momento de gloria, en una especie de película coral que, en este caso sí, no siempre acaba de funcionar.

Ese reparto coral es la mayor de sus deudas, porque acaba por no centrarse en lo que importa del relato y se preocupa por divagar buscando esos momentos mágicos de los personajes. No se puede satisfacer a todo el mundo, y muchas de esas historias quedan relegadas al olvido o resueltas deprisa y corriendo, como ocurre con la Marquesa y su hijo o con el personaje de Francis Lorenzo. Quizá sus seguidores sean los que más tengan de qué quejarse con la película.

A veces la historia se atropella y se acelera, con ese momento que (sin destripar la sorpresa a nadie) desmonta lo que los trailers y lo que nos habían contado, prometían con la película, resolviendo antes de tiempo una de las novedades más interesantes que planteaba el salto de la tele al cine. Sabe a poco y sabe a algo que sucede antes de tiempo, sin venir a cuento. Pese a que la escena en que sucede es una de las mejores escenas de acción de la película.

También al final la cosa se desmelena un poco con la batalla campal en el camino y con la aparición de un animal que ni pinta nada ni acaba de crear tensión. O cuando el ritmo decae seriamente a mitad de la cinta para darle vueltas a la conspiración palaciega. Pero es quizá lo de menos. La sensación que me ha dejado la película es la mar de positiva.

Y lo es porque me lo he pasado muy bien. Porque las escenas de acción están bien rodadas, coreografiadas y resueltas. Porque la intriga se mueve con bastante soltura y con la suficiente inteligencia como para no terminar de aburrir. Porque la química entre Janer y Klein es interesante y apetece ver al personaje de nuevo en la serie. Porque se nota el presupuesto (ojo a los ejércitos acampados, al rodaje en exteriores y a los muchos decorados). Porque, en definitiva, la película no tiene ningún complejo y sabe perfectamente que es cine de evasión, de entretenimiento, de escapismo puro y duro.

Y, lo que es entretener, entretiene. Hay cosas mejorables, por supuesto, y cosas que quizá deberían suavizarse, como el humor de Satur que a veces chirría. Pero no podemos, por ejemplo, pedirle rigor histórico a una película de aventuras. Ni pedir Gladiator con los presupuestos que tenemos aquí. Se puede y se debe disfrutar de Águila Roja porque para eso está. No le busquen tres pies al gato. Eso sí, si al final le hubiese echado agallas la nueva temporada se podía haber planteado de una forma más que suculenta. Pero son las ganas de contentar a todo el mundo. A lo mejor es eso. Quien no siga la serie, quizá no vaya a disfrutar la película.

O a lo mejor es que nos pasamos de exigentes.

Jesús Usero

De la mano de la productora independiente CINCO DEDOS y con la mano de Dark Factory en la postproducción, nos llega el magnífico Teaser-trailer la película JUAN HOMBRE. Una aventura de acción basada en la historia del polémico maestro de artes marciales español del mismo nombre, quien a mediados de los ’80 perdió la movilidad de sus piernas aparentemente por un accidente de tráfico, pero que a pesar de ello ha continuado luchando contra la adversidad y viajando por el mundo, compartiendo su particular forma de entender las artes marciales.

Crítica de la película El equipo A

Nunca fui seguidor de la serie El equipo A pero creo que todos los que se confiesan incondicionales de la misma sabrán reconocer como una de sus principales virtudes el sentido del humor, que incluso devoraba a los momentos de acción, siempre tan criticados porque allí se disparaba mucho y no se mataba nada ni a nadie. El personal no seguía El Equipo A esperando ver una variante televisiva de Acorralado, Rambo, La presa de Walter Hill o las de Desaparecido en combate de Chuck Norris,  que más o menos por esas mismas fechas hacían furor en los cines. Lo que esperaban (esperábamos, que yo también la veía de vez en cuando, sobre todo la primera temporada y algunos capítulos de la última, cuando modificaron el guión y les metieron a currar en operaciones especiales) era ver la siguiente pirada de pinza de Murdock, el piloto loco, o cómo conseguirían meter a M.A. Baracus en el avión, o de qué manera Hannibal trazaría un plan de esos que siempre le gustaba que salieran bien, ayudado por el caradura de Fénix.

Quienes criticaban que allí se mataba poco deberían haber tenido en cuenta que sobre todo el asunto era una comedia de acción para toda la familia, y si dudaban bastaba con echarle un vistazo a la presentación, que no engañaba a nadie. En la misma aparecía George Peppard encarnando a Hannibal con su puro en la boca ¡y disfrazado de primo de Godzilla, como si de Mortadelo se tratara! ¡Y qué me dicen del guiño con Dirk Benedict, alias Fénix, a quien le pasaban por delante de las narices a un cylon de Galáctica, la serie que protagonizó interpretando al teniente Starbuck! ¡Y Dwight Schultz, alias Murdock, vestido de novia!

No cabía llamarse a engaño: todo aquello era coña limonera, cachondeo puro y duro moderado por las limitaciones de censura del medio televisivo en aquel momento, pero tan gamberro como era posible dadas tales circunstancias.

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Lo que han hecho en la película de El equipo A es respetar ese espíritu de cachondeo y juerga y conseguir la que no dudo en calificar como una de las películas más entretenidas del verano. Ahora sólo cabe esperar que nadie se llame a engaño y se meta en la sala esperando ver una de Ingmar Bergman o Michelangelo Antonioni, y luego salga todo indignado del cine porque esta película tiene la osadía de ser nada menos que un vehículo de entretenimiento, en lugar de internarse en las más profundas y procelosas incógnitas del alma humana para revelarnos el verdadero sentido de la vida. Sería bastante absurdo, porque además como todo buen cinéfilo amigo de divertirse en el cine sabe, el verdadero sentido de la vida no está en los paseos sadomasocas por la angustia, sino en comedias como El guateque de Blake Edwards, cualquiera de los Hermanos Marx o la propia El sentido de la vida, de los Monty Phyton, por mucho que se empeñen en lo contrario los de la caverna intelectualoide.

Así pues, aclarando, que es gerundio: El equipo A, la película, es una comedia de acción con los mismos mimbres de aquella serie que tanta gente veía y algunos veíamos a ratos en la tele hace años, pero actualizada con argumento y personajes más cercanos a nuestros tiempos (Vietnam se ha convertido en Irak y la CIA y el ejército privado de  Blackwater son las nuevas amenazas). Es la hermana mayor de la serie de televisión, concebida argumentalmente en clave de precuela, y comparte con aquella la característica esencial que le proporcionó el éxito: la capacidad de sus protagonistas para meterse al espectador en el bolsillo consiguiendo que ya desde el principio estemos dispuestos a seguirles allá a donde vayan, hagan lo que hagan, por absurdo que parezca, y sin poner pegas o  montar una pataleta pretenciosa de tontosopas adicto a escucharse a sí mismo y subirse al púlpito pidiéndole peras al olmo. Habrá alguno que  exija aquí una tesina sobre el existencialismo o  un opúsculo sobre Jung versus Freud, pero si quieren profundizar en los recovecos de la naturaleza humana yo les recomendaría que mejor se abran un libro y hasta les paso el título de uno de bolsillo facilito y muy propicio para que se inicien en el asunto (que por algunas sandeces que escuché el otro día en la rueda de prensa de esta película a algunos tampoco les va a venir nada mal): Concepciones de la naturaleza humana. Una introducción histórica, de Roger Trigg, Alianza Editorial. ¡Hala, ahí tienen a Platón, Aristóteles, Santo Tomás de Aquino, Hobbes, Locke, Hume, Kant, Darwin, Marx, Nietzsche, Freud… y hasta Wittgenstein!

¡No me digan que no les mola mazo, como diría Camilo Sexto!

Aquí en El equipo A, como afirma la publicidad, no hay plan B, sólo nos proponen un rato de trepidante cachondeo y aventuras francamente poco creíbles, aunque no nos importa. Tenemos a Hannibal Smith, personaje que queda reforzado por Liam Neeson, como ocurre con el Fénix de Bradley Cooper, aunque lo de Sharlto Copley con Murdock frente a Dwight Schultz lo vamos a dejar en un empate técnico (con cierta ventaja para el segundo), y en lo referido a Baracus, ahí sí que gana la versión televisiva de Mr. T.

Señores, no nos pasemos de listos que luego hablamos de más y acabamos haciendo el ridículo. ¿Qué esperaban cuando les dijeron que iban a ver un largometraje de El equipo A? ¿Una reedición de Persona de Bergman? ¿El desierto rojo de Antonioni? ¿Una reedición anotada de las obras completas de Kierkegaard con prólogo de Unamuno? Es que, francamente, manda narices lo que tiene uno que oír y leer a veces.

Cada vez somos más bobos pretendiendo ser más listos.

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El equipo A no engaña. No pretende ser lo que no es. Al contrario, es justo lo que se proponía: un rato de evasión con unas cuantas escenas espectaculares y un tonillo de optimismo juerguista en su argumento general. Vamos lo que viene siendo una especie de refresco en plan “tinto de verano” que se desenvuelve como un entretenimiento bastante digno. Siempre que uno tenga claro lo que va a ver, no aburre y merece estar entre lo más divertido que  vamos a ver en el cine este verano. Y su coherencia es tal que no cabe sino considerarla película muy conseguida en su género.

Insisto: en su género, en su liga, entre las que sacan lo mejor del concepto del blockbuster, como estreno veraniego, para pasar el rato con colegas y parientes… Ustedes ya me entienden.

Pero vamos, que si alguien quiere que se lo diga con música puede recordar la sintonía de la serie de televisión.

He escrito divertido porque me lo pasé como un crío viéndola, y porque me apuntaría sin dudar a otro viaje con estos cuatro pájaros.

Ahora bien, si alguien después de ver el tráiler y leer esto sigue pensando que le engañan porque no es un sesudo testimonio de la angustia humana o similar, le recomiendo que se lo haga mirar.

En mi opinión da lo que promete y a mí me merece la pena gastarme la pasta para echar de vez en cuando un rato entretenido en el cine sin comerme el coco, algo que lamentablemente no suele ocurrirme con todas las películas de acción que se vienen estrenando. Más bien al contrario. Por eso ésta, sin embargo, me dejó bastante satisfecho.

Más claro el agua.

Un aviso final: no se pierdan lo que viene detrás de los créditos aunque en el cine les enciendan las luces, porque es ahí donde están los cameos.

Y no digo más, que luego todo se sabe, aunque como despedida cariñosa a los aficionados a subirse al púlpito y pedirle peras al olmo, ahí les dejo una frase de Séneca: “A los que corren en un laberinto, su misma velocidad los confunde”.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película Prince of Persia. Las arenas del tiempo

Prince of Persia, las arenas del tiempo es lo que podríamos denominar una revientataquillas muy completa y conseguida. Quiere esto decir que sus artífices cumplen sobradamente con las perspectivas generadas en torno al proyecto, y será raro que los aficionados a ir al cine a entretenerse y pasar un rato divertido se sientan defraudados por el espectáculo que se les ofrece.

Lo cierto es que mientras veía la película experimentaba la misma sensación de estar recuperando una parte de mi infancia que me asaltó cuando vi por primera vez La momia, La momia 2 o Piratas del Caribe, e incluso, para ser sincero, y a título exclusivamente personal, me lo pasé mejor viendo ésta que Piratas del Caribe, quizá porque es más descarada en sus planteamientos y en ningún momento intenta venderme otra cosa que lo que es: un producto para explotación masiva en todo el planeta, con escenas de acción trepidante, una intriga competente, personajes que rápidamente adoptas como espectador y a los que te apetece seguir viendo las sucesivas peripecias que te proponen los guionistas y paisajes y entornos de carácter legendario, que encajan tanto en una imagen actualizada a los usos, gustos y costumbres actuales de las típicas aventuras de las Mil y un noches rodadas en Hollywood en los años 40 y 50 como a las recreaciones de entornos propios del género de Espada y Brujería tan habituales en el mundo de los videojuegos.

No es que Dastan sea Conan, ni tampoco lo pretende, pero algunas de sus aventuras nos recuerdan los escritos de Robert E. Howard, y por lo que se refiere al videojuego, parece que en líneas generales la adaptación cinematográfica cumple bastante fielmente con las situaciones y personajes allí utilizados, si bien han cambiado algunos nombres y han realizado los pertinentes ajustes en la historia para facilitar su traslado a la pantalla grande.

De hecho, mirando el asunto desde la eficacia y calidad de su reparto (encabezado brillantemente por ese más que competente actor que es Jake Gyllenhaal, que se lleva metiendo al espectador en el bolsillo desde Donnie Darko y tras dar la campanada internacionalmente con Jarhead y Brokeback Mountain, se ha establecido como referente en su generación con Zodiac), y  valorándolo también por los medios de producción aplicados (de hecho una infraestructura de superproducción que recuerda el despliegue visual de Piratas del Caribe), cabe concluir que es una de las más competentes y serias adaptaciones de videojuego al cine que hemos conocido hasta el momento.

Todo lo anterior podría resumirse en dos ideas claves. Al cine la mayoría del personal va a disfrutar, a olvidarse de su vida cotidiana y pasar un rato entretenido entrando en la fábula. Bajo esa perspectiva, Prince of Persia es sin duda una película perfecta.  Ahora bien, si lo que vamos buscando es reflexionar sobre las tragedias cotidianas que tanto suben la audiencia de los informativos, o si buscamos refocilarnos en las miserias que  nos rodean por el mero hecho de ser humanos, recomiendo otra elección en la cartelera, porque esta película es un muy digno espectáculo de evasión, lo que por otra parte la hace interesante, ya que replica fórmulas que llevan aplicándose en el cine desde los tiempos de la etapa muda, cuando la primera gran estrella del cine de acción de Hollywood, Douglas Fairbanks, daba saltos por los decorados de El ladrón de Bagdad, Robin de los Bosques, Los tres mosqueteros, La marca del Zorro o El pirata negro. Sería absurdo y totalmente incongruente pedirle a este largometraje producido básicamente para entretener de manera digna y sin ofender al espectador que se ajustara a suscitar planteamientos de otro tipo. Ninguna película debería ser analizada lejos y al margen de sus objetivos primarios. Contemplada según dichos objetivos,  Prince of Persia es una buena película, en su terreno. Quiere esto decir que aplica la fórmula argumental y narrativa a la que se acoge con habilidad, astucia y gran solvencia, metiéndonos de lleno en el seno de sus intrigas palaciegas, sus trepidantes escenas de acción y su historia romántica, que por ejemplo al contrario de lo que pasaba con  Furia de titanes (me la ha recordado porque comparte con la misma su protagonista femenina, así que al comparación, si bien odiosa, viene al pelo), es suficientemente competente como para que nos la creamos, sin pensar demasiado en ella, como ocurre con todo el resto de lo que ocurre en la película.

No se trata en suma de hacernos pensar sobre nada, porque su objetivo es operar sobre el espectador del mismo modo que una montaña rusa. No en vano su productor, Jerry Bruckheimer, es entre otras cosas el principal valedor de lo que los críticos, han dado en llamar “cine de montaña rusa”. Yo prefiero calificar este tipo de películas como “cine de atracciones”, que es un término que me recuerda los primeros pasos de la historia del cine, aquella época en la que todo estaba todavía por descubrir, pero la norma esencial era deslumbrar al público con momentos fantásticos imposibles como los que proponía George Méliès con su Viaje a la Luna, pero también Giovanni Pastrone con su retroceso hasta los fastos de la antigüedad  de la guerra de Roma contra Cartago en Cabiria, o David Wark Griffith con Intolerancia.

Se trata aquí por tanto de recuperar una de las más dignas funciones del arte industrial que es el cine: divertir y entretener de forma competente y sin insultar la inteligencia del espectador.

Miguel Juan Payán

Luc Besson vuelve a facturar esa especie de subgénero raro que se ha inventado y que son las películas de género estilo Hollywood pero cocinadas a la francesa. Es lo que viene haciendo tanto en su faceta como productor como cuando decide situarse detrás de las cámaras. Aquí ejerce como guionista y productor y deja que se ocupe de la dirección uno de sus acólitos más capaces, Pierre Morel (realizador de Distrito 13, Venganza y próximamente la nueva versión de Dune anunciada para 2012). Y el resultado es entretenido.

Tras un arranque que por su ritmo pausado y por el hecho de tomarse su tiempo para presentar a uno de los protagonistas parecía ir a tirar por la vía del cine de espionaje con reminiscencias del que se facturaba en Hollywood en la interesante década de los setenta, Morel no tarda en poner las cartas sobre la mesa y entregarse al desarrollo de una serie de secuencias de acción inevitablemente vinculadas a la aparición del personaje de Travolta. Éste llega al asunto caracterizado con las pintas de una especie de Vin Diesel algo más talludito, más hortera y con los modos y maneras de Vincent Vega, el papel con el que Tarantino le sacó del olvido en Pulp Fiction. De hecho y por si alguien no lo pilla así por las buenas, incluso se permiten un chiste con la hamburguesa Royale con queso que la primera vez hace gracia pero la segunda, ya en el desenlace, no tanto (un consejo: por bueno que os parezca, nunca repitáis un chiste, es como hacer desandar camino a los personajes).

El  chiste de la Royale con queso  es bastante clarificador sobre cómo se construye la película, que no es otra cosa que un entretenido ejercicio de imitación del cine de acción estadounidense cocinado en las calles de la capital francesa por unos admiradores del cine de Tarantino y de las buddy movies. Inicialmente salen bien parados del intento pero en su empeño por tocar demasiados palos a la vez acaban bastante despistados y finalmente se entregan a una sucesión de secuencias de acción encadenadas sin demasiado orden ni concierto donde los personajes desaparecen para convertirse en marionetas.

Le ocurre tanto al personaje de Rhys Davies como al del propio Travolta, que no obstante es el que sujeta la historia, porque de no ser por sus salidas de tono y su chulería, el resto sería bastante monótono y previsible. Digamos que Travolta con su topicazo de personaje y con una caracterización que compite en lo más hortera que le hemos visto con el rastafari extraterrestre de Campo de batalla: la Tierra, es no obstante lo más entretenido de la película, mayormente porque se la pasa disparando contra alguien, soltando exabruptos y repartiendo cera limonera a todo el que se le pone por delante en una especie de sátira-homenaje (más homenaje que sátira, me temo) al héroe de acción estilo yanqui años 80 y 90, empeñado en salvar el mundo en plan Bruce Willis, Arnold Schwarzenegger… aunque para ser sincero creo que el estilo Steven Seagal le pilla más cerca que el de las criaturitas de Tarantino.

Vamos que la supuesta sorpresa sobre la verdadera identidad y función en la trama de algunos personajes no es en modo alguno tal sorpresa y al menos yo me la veía venir desde la primera escenita romántica (por cierto, bastante aburrida de puro tópica).

En las escenas de acción la cosa se anima y vuelven a aplicar la fórmula de Venganza, pero como dice mi colega, y sin embargo amigo, Jesús Usero, en ésa otra lo gracioso era ver al gran Liam Neeson ejerciendo de quebrantahuesos al estilo Steven “Stopa” Seagal, y en ésta otra es menos gracioso ver a Travolta ejerciendo como Vin Diesel pero igualmente nos conformamos porque al menos hasta que intentan resolver la trama y acaban empantanados en un huerto de intriga que claramente les supera, la cosa tenía su gracia.

Pero vamos que ver saltar a Travolta por los tejados de Frenético y pasearse a tortas por París como Jet Li en El beso del dragón, tiene cierta gracia, así que, como decían en el anuncio aquél de un célebre juego de mesa: “Aceptamos barco como animal de compañía”.

Eso sí, la persecución por carretera con el lanzacohetes en ristre les ha salido más tipo película chunga de acción de Eddie Murphy en sus peores tiempos, estilo El negociador (supongo que porque no tenían tanta pasta como para marcarse un clon de Morfeo  repartiendo leña en la segunda entrega de Matrix), y más que realista resulta algo pobreta de medios para lo que se supone que quiere conseguir. La falta de medios no cuela como intento de realismo, porque además a esas alturas y en una historieta tan pasada de vueltas, el realismo no pintaría absolutamente nada.

Y por supuesto la exhibición de pistolas en la última escena suena a duelo infantil para medirse la minga en los retretes del jardín de infancia.

Lo dicho: moderadamente entretenida, pero con un tramo final francamente torpe. Sus ambiciones de clonación de Tarantino se quedan en una de “Stopa” Seagal con más dinero de lo habitual y Travolta parodiando a Vin Diesel.

Miguel Juan Payán

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Crítica de la película King Kong de Peter Jackson

El estreno, a principios de este 2010, de The Lovely Bones, la última película de Peter Jackson, me hizo caer en un detalle curioso, que se repitió en la gran mayoría de medios de comunicación que se hacían eco del estreno. King Kong, la anterior película del director, estrenada en todo el mundo el 14 de diciembre de 2005, no existía. En otras palabras, The Lovely Bones era el siguiente trabajo de Jackson tras su exitosa trilogía de El Señor de los Anillos, o al menos eso era lo que cualquier aficionado al cine poco espabilado podía concluir.

No hay que ser muy perspicaz para darse cuenta de los motivos de semejante indiferencia hacia aquella revisión de la mítica película de 1935 que Jackson abordó con desmedido entusiasmo. La película no gustó, no fue bien tratada por el público, y mucho menos por la crítica. El director neozelandés pasó de la gloria absoluta con su adaptación de los libros de Tolkien, a las críticas más severas con su Kong. Y, como en el anterior artículo del blog dedicado a Superman Returns, aquí estoy yo para llevar la contraria a tantas opiniones negativas. Porque, en mi opinión, el King Kong de Peter Jackson tampoco era tan malo...

Si Bryan Singer había apostado por ignorar absolutamente la tercera y cuarta películas sobre Superman, Jackson hizo lo propio respecto a aquel despropósito que el prolífico Dino de Laurentiis perpetró en los 70 con el simio gigante. John Gullermin, eficaz artesano, había dirigido en 1976 una versión horrible protagonizada por Jeff Bridges y Jessica Lange, que para colmo de males había tenido una infecta secuela diez años después. Jackson hizo hincapié en su intención de homenajear al Kong original, al de 1933, aquel que él había descubierto, como yo, en recordadas veladas televisivas cuando era niño, y que nos permitió otorgarle otro sentido al término “aventura”. Y es que el King Kong de Schoedak y Cooper era, sin duda, la aventura más grande jamás contada. Por eso  el proyecto de Peter Jackson despertó tanto interés desde que fue anunciado, y por eso, la decepción fue tan grande.

Han pasado casi cinco años del estreno, y vista hoy, resultan evidentes los motivos del descalabro. Pero ojo, que el Kong de Peter Jackson sí obtuvo beneficios, aunque todos sabemos ya cuál es la manera de proceder de los grandes estudios: no te gastas 200 millones de dólares para recaudar 550 (sólo 218 en territorio estadounidense). Semejante presupuesto requiere una taquilla mucho más basta, para que la película se considere rentable. Lo que ocurrió fue que la cinta se enfrentó a problemas que hubiesen sido fácilmente evitables, ya que provenían de la misma concepción del proyecto. Puede decirse que Peter Jackson murió de éxito, el que le había proporcionado su maravillosa trilogía de los anillos, venerada por todos, crítica y público. Aprovechó la descomunal repercusión de aquellas tres películas para darse un festín con su mito cinematográfico de la infancia, y, sencillamente, se pasó.

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Peter Jackson no era un director mediático antes de El Señor de los Anillos. Era un cineasta muy reconocido en los ámbitos del cine de género, el irreverente neozelandés que había divertido al personal con aquellas pequeñas películas gore a finales de los 80, y que había cambiado de rumbo con Criaturas Celestiales ya en los 90, justo antes de acogerse a los preceptos del sistema de grandes estudios con la divertida Agárrame Esos Fantasmas, un proyecto personal con el que Universal le acogió en su seno. Pero la película, protagonizada por Michael J. Fox, sólo gustó a los fans del Jackson de siempre, los mismos que habían disfrutado con Mal Gusto y Braindead. Peter Jackson no contaba con ningún taquillazo, era relativamente poco conocido, muy lejos, para entendernos, del nivel de popularidad de tipos como Spielberg, James Cameron o Tim Burton. Pero se le puso a tiro la obra de Tolkien, y lo bordó. Y de ahí, claro, a King Kong, el tipo de proyecto que Universal no pone en manos de cualquiera. En Hollywood vales lo que haya recaudado tu última película, y la última de Jackson (o mejor, las tres últimas) habían recaudado muchísimo…

Con semejante status, el director podría pedir lo que quisiera. Y no se quedó corto. Uno puede entender a priori el planteamiento: te dedicas a hacer películas, y una major pone en tus manos la posibilidad de hacer un remake de uno de los personajes más famosos e icónicos de la historia del cine, personaje que, por otra parte, forma parte de tu imaginario particular desde tu infancia, esa película que te sabes de memoria y con la que, muy probablemente, has descubierto el cine y por la que has decidido dedicar tu vida a este oficio. Como seguro haríamos cualquiera de nosotros, nuestra nueva versión sería grande, ambiciosa y excesiva. Y de eso pecó este King Kong.

El exceso llegó en dos aspectos fundamentales. El King Kong de 1933 duraba 100 minutos. Peter Jackson, y sus colaboradoras habituales en las tareas de guión, Fran Walsh y Philippa Boyens, escribieron un libreto que dio como resultado una película de 187 minutos. Más de tres horas para contar exactamente la misma historia. Es cierto que tampoco ayudaba la irregularidad narrativa, con momentos ágiles que se alternaban con otros algo plúmbeos, pero las aventuras en Isla Calavera requerían menos metraje que, por ejemplo, las películas de El Señor de los Anillos, que superaban también las tres horas, pero se debían al extensísimo material que adaptaban, que les permitía además, una importante fluidez narrativa. Es muy complicado que una película arrase en taquilla sobrepasando las tres horas. Si damos por hecho que Jackson buscaba jugar en la liga de las grandes, de las más rentables, habrá que convenir que se equivocó con semejante duración: Avatar duraba 162 minutos, la tercera entrega de Piratas del Caribe 151, El Caballero Oscuro 152, el primer Harry Potter 150, La Amenaza Fantasma 136…Son algunas de las películas más taquilleras de la historia del cine, muchas de ellas bastante más aburridas que King Kong, pero con el tirón que proporcionan las sagas populares. Y hay que tener en cuenta que la versión que finalmente pudimos ver en los cines no era la que Jackson tuvo en mente desde el principio, sino una recortada que tuvo que aceptar por exigencias del estudio. Efectivamente, el Kong de Peter Jackson era demasiado largo…

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Y, como no podía ser de otro modo, la película estaba repleta de efectos visuales. Es probable que en los últimos años hayamos visto cintas con un número de planos virtuales parecido (la reciente Furia de Titanes es un claro ejemplo), pero yo, que voy al cine una media de cuatro veces por semana y veo todo tipo de cine, blockbusters incluídos, tuve la sensación viendo King Kong de que no había visto nada igual en mi vida: cada escena, cada plano tenía algún tipo de efecto visual. El abuso de la infografía fue, en mi opinión, un error clamoroso. Desde la primera parte de la película, en la que los ordenadores ayudaban a recrear la Nueva York de los años 30, hasta el grueso de la trama, en esa Isla Calavera rebosante de bichos mastodónticos. Todo era demasiado virtual, demasiado tecnológico. Nuestro querido Kong estaba hecho de forma sublime, le notábamos respirar, le notábamos sufrir y amar a Naomi Watts, pero esa perfección se convertía en abrumadora cuando le veíamos interactuar con los dinosaurios o con la tribu de la isla. Algo chirriaba, algo se “salía de madre”. Los 200 millones de presupuesto tenían que notarse en algo, y se notaba, sobre todo, en los abundantes efectos visuales. Eran buenos, pero eran demasiados…

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Pero yo no puedo olvidarme del cásting, en mi opinión, uno de los más fallidos de los últimos tiempos. Y mira que el director había acertado de lleno en el amplio reparto de El Señor de los Anillos, pero aquí metió la pata. Uno no logra identificar a Jack Black con ese espíritu libre y aventurero que era Carl Denham en la película de 1933, en la que le puso cara y cuerpo Robert Armstrong. Tampoco Adrien Brody era el más adecuado para el papel de Jack Driscoll, un galán que a fin de cuentas pugnará con el simio por el amor de Anne, encarnada aquí por una Naomi Watts que cumplía sin más, pero que carecía del encanto de aquella intrépida Fay Wray. Individualmente no eran los más adecuados, y en conjunto tampoco lograban encandilar.

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Y vamos ya con lo bueno. El King Kong de Peter Jackson era una delicia, como comenté en mi artículo sobre Superman Returns, desde el punto de vista de la nostalgia y el homenaje a aquella maravilla de 1933. Si la versión del Hombre de Acero de Bryan Singer se deshacía en elogios y recuerdos a la película anterior, este Kong multiplicaba por mil el espíritu de Schoedak y Cooper. Se buscaba la AVENTURA, con mayúsculas, y por ello no se reparó ni en gastos ni en metros de celuloide. La película comenzaba como comienzan las grandes aventuras, con unos personajes sin oficio ni beneficio, de vidas vacías que embarcan en un viaje de desconocidas e inesperadas consecuencias. La primera hora de película era de una belleza memorable, con esa recreación de la ciudad de Nueva York justo después de la gran depresión, que parecía cebarse con los artistas, con los creadores, gentes como la actriz Anne o el guionista Jack. La llegada a Isla Calavera era también grandiosa, así como el descubrimiento del simio gigante. Después nos adentrábamos en un festival de imágenes generadas por ordenador, hasta un final emotivo, espectacular y sobrecogedor, con Kong en lo alto del Empire State. No tenía, claro, en encanto de la antigua, pero le rendía un sentido homenaje.

A mi me pasa algo curioso. Comprendo que es difícil mejorar un original, y menos uno con la grandeza de aquel King Kong de 1933. Todos tendemos a despreciar las nuevas versiones, los remakes de películas que amamos, porque consideramos que es imposible mejorarlas. Pero yo no puedo evitar emocionarme cuando veo estos lavados de cara de alguna de mis obras favoritas, aunque soy consciente de que empequeñecen en la comparación con las primeras. Evidentemente no me ocurrió con El Planeta de los Simios de Tim Burton, ni con la Psicosis de Gus Van Sant, pero cuando me ofrecen un poquito de entretenimiento mezclado con un venerable respeto al original, me ganan para su causa…

King Kong llegó a finales de 2005 nuevamente, pero no se quedó…Y estoy convencido de que tardaremos mucho tiempo en volver a verle en la gran pantalla. De hecho creo que nunca volveremos a verle. En los 70 más que un homenaje sufrió un insulto, y treinta años más tarde Peter Jackson le trató con cariño, con mimo, pero le atiborró de tecnología. Y Kong es un niño, tanto como lo éramos nosotros cuando le descubrimos, y no debe de ser mal criado. Las intenciones eran buenas, pero las expectativas no se cumplieron. Pero yo agradezco a Peter Jackson su intento por devolvernos a Isla Calavera, para vivir la aventura más grandiosa que el cine nos ha contado. Yo disfruté con este King Kong, por lo que tuvo de respetuoso y porque me hizo recordar que sólo el cine puede contarnos historias como ésta. Y qué vértigo pasé en lo alto del Empire State…

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