
La historia está contada en dos tiempos, casi dos realidades paralelas, el presente en el que el mundo de la protagonista se ha convertido en añicos, y el pasado, en el que vemos cómo los años hacen poco a poco mella y van acabando con la historia del personaje, desde su cuento de hadas hecho realidad, hasta el momento en el que todo acaba en miseria y con su marido en la cárcel tras estafar a todo el mundo. Esos viajes vívidos, que más que recuerdos son sentimientos, mantienen el tipo siempre con la historia actual, ninguna de las dos flojea, algo que suele pasar en algunas películas con este formato. Aquí Allen sabe mantener ambas historias en pie de guerra y con sorprendentes giros, pese a que sepamos cómo va a terminar todo. Se guarda el director más de un as en la manga y funcionan.
Para que ese viaje a la locura, la miseria y la tristeza sea posible, el director confía en una pedazo de actriz como Cate Blanchett, quien da vida a esa protagonista que se niega a ver, creer y aceptar la realidad. La actriz está simplemente portentosa en su papel y se merece un Oscar, o al menos la nominación, para verse las caras con la otra más que posible nominada, Sandra Bullock. Pero es sólo la punta del iceberg de un reparto que tiene nombres como Alec Baldwin, Peter Sarsgaard, Louis C.K., Andrew Dice Clay (el gran Ford Farlaine…), pero sobre todo dos nombres propios, un magnífico Bobby Cannavale y una no menos magnífica Sally Hawkins, que rebosa naturalidad y talento.
A veces la historia parece intrascendente, aunque mezcla muy sabiamente comedia, cinismo y drama, con unos diálogos perfectos, pero tiene esos pequeños momentos, sobre todo en las historias que rodean a la de la protagonista, como es el caso de Louis C.K. cuya presencia da la sensación casi de ser un cameo sin explotar completamente. O los hijos de la hermana, que van y vienen como el Guadiana, desapareciendo a voluntad. Eso no quita que sea la mejor película de Woody Allen desde Match Point, con la que tiene mucho más que ver que con Scoop o Vicky Cristina Barcelona, gracias a dios. Y por eso merece tanto la pena que vayamos a verla.
Jesús Usero
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