Crítica de Avatar Fuego y ceniza, película dirigida por James Cameron, con Sam Worthington, Zoë Saldaña, Stephen Lang y Oona Chaplin.
Tercera entrega de Avatar, en la que James Cameron hace un deslumbrante despliegue visual lleno de acción.
De qué va Avatar: Fuego y ceniza
Tras los eventos de Avatar: El sentido del agua, la familia Sully se encuentra aún lidiando con la pérdida y el dolor por la muerte de su hijo, lo que les llevará a emprender un camino en el que el coronel Quaritch volverá a interponerse ante ellos, a la vez que se encuentran con el Pueblo de la Ceniza, una tribu na’vi que no sigue las mismas reglas que el resto de tribus.
Brillante en lo visual a niveles nunca vistos en una sala de cine.
Si quieren ir a ver Avatar: Fuego y ceniza, háganlo en la pantalla de cine más grande posible, con el mejor equipo de sonido y en 3D. Merece la pena. Nunca he sido defensor del 3D, porque me parece un sistema en el que muchas películas implementaban el formato solo para rascar dinero en taquilla, sin que tuviese un uso narrativo real y evidente que funcionase. Avatar y James Cameron demostraron que el 3D bien concebido y empleado —y con la tecnología adecuada— podía ser una herramienta maravillosa. En Fuego y ceniza, Cameron vuelve a demostrar por qué.
Desde los primeros compases de la película, el despliegue visual es abrumador. Es un viaje brutal para los sentidos que nos sumerge una vez más en el mundo de Pandora para explorar sus rincones, sus tribus, su flora y su fauna. En esta ocasión no hay un descubrimiento tan impactante como lo fue el mundo acuático en la segunda entrega. Viajamos sobre terreno más o menos conocido, pero Cameron se las ingenia para presentarnos nuevos lugares, nuevas tribus y nuevos animales fascinantes que nos dejarán totalmente maravillados a nivel visual. Es un espectáculo como nunca antes se ha visto en una sala de cine.

Hay menos evolución que entre Avatar y su segunda parte, porque ha pasado menos tiempo, pero igualmente es un espectáculo que te deja con la boca abierta gran parte del metraje. Cada plano es un cuadro que puede estudiarse al milímetro. Las expresiones faciales ofrecen interpretaciones casi perfectas. El uso de la luz es descomunal. Y el cineasta —que todos sabemos que es un maestro de la narración— nos presenta una historia llena de acción y aventuras sin fin, en la que hay poco tiempo para el respiro. La película no te deja ni parpadear. No permite descanso al espectador, con todo lo bueno y todo lo malo que eso conlleva.
Un guion que hace aguas en su tercer acto
Lo bueno de que la película tenga un ritmo tan trepidante es que no te da tiempo a aburrirte, pese a sus tres horas y diecisiete minutos de duración. Siempre están pasando cosas; la trama avanza de manera constante, ya sea en escenas de acción, en la presentación de personajes o al descubrir los siguientes pasos a seguir. Y ahí radica también lo malo.
No hay espacio para explorar algunos de los temas que la película plantea y que resultan bastante interesantes y oscuros. Es la más oscura y siniestra de las tres películas —por motivos que no vamos a revelar y que descubrirá el espectador— y trata temas como la depresión, el duelo, la pérdida, la paternidad o el perdón… pero lo hace de forma demasiado simple.

No quiere entrar del todo en esos temas y los toca de refilón para volver rápidamente al espectáculo visual. Algo que también se hace patente en los nuevos enemigos, el Pueblo de la Ceniza, que son presentados de una forma algo plana y sin una personalidad real, incluso en el personaje de su líder. Sin embargo, en esta ocasión sí han conseguido que el gran villano, Quaritch, tenga aristas más interesantes y complejas que definen mejor al personaje, lo que lo hace más atractivo, pese a algunos bandazos en su desarrollo.
La presencia acuática sigue superando al resto, algo evidente desde el inicio. Es cierto, además, que el tercer acto tiene algunos problemas que pueden achacarse al agotamiento del espectador tras llegar a ese punto después de casi tres horas de metraje. No tiene el mismo impacto que en las entregas anteriores y casi sabe a repetición, por desgracia. Pero, en conjunto, Avatar: Fuego y ceniza es un espectáculo que nadie debería perderse: muy entretenido, lleno de posibilidades y visualmente insuperable.
En conclusión
Avatar: Fuego y ceniza es un espectáculo visual arrollador que brilla en 3D, pero con un guion irregular en su tercer acto. Dura 3 h 17 min.
Jesús Usero
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Crítica de Avatar Fuego y ceniza



