Crítica de La muerte de Robin Hood, película dirigida por Michael Sarnoski e interpretada por Hugh Jackman, Jodie Comer, Bill Skarsgård, Jade Croot, Katie Breen, Finlan Shevlin, Michael Hanna y Andrew McCracken.
¿De qué va La muerte de Robin Hood?
En una Inglaterra sumida en la oscuridad y la desigualdad social, un hombre con el pelo y la barba blancos —que responde al nombre de Robin Hood— busca afanosamente redimirse de su pasado violento y combativo. Un viaje determinado por la desilusión y la pérdida constante de cualquier signo de heroísmo.
Crítica de La muerte de Robin Hood
El cineasta Michael Sarnoski (Pig) muestra una visión voluntariamente deprimida y asfixiante de un personaje tan célebre como Robin Hood. El otrora admirable arquero de las mallas verdes, que se hizo fugitivo para robar a los ricos con el fin de ayudar a los pobres, es —en La muerte de Robin Hood— un hombre con demasiadas cicatrices existenciales, al que no le importa prestar sus habilidades de combate para asesinar sin miramiento alguno a quienes se interponen en su camino.
Sarnoski se acerca a tan singular figura del folclore británico desde una perspectiva crepuscular, en un intento por exhibir los momentos más tenebrosos de quien fuera la esperanza nacional de aquellos que luchaban contra las injusticias de los poderosos señores feudales. En el filme del responsable de Un lugar tranquilo: Día 1 no hay rastro del género de aventuras de antaño. Tampoco hay huellas visibles de los amoríos con Lady Marian, ni de la camaradería con el pequeño John y compañía. Todos los elementos escenográficos de La muerte de Robin Hood revelan la caída a los infiernos de un país abandonado a su suerte, donde los personajes buscan, sin esperanza alguna, una supervivencia que solo los conduce a una muerte anunciada, segura y necesaria.
Bajo semejantes coordenadas artísticas, Hugh Jackman realiza una interpretación brillante y rocosa. El actor australiano somete su físico a los rigores derrotistas de un supuesto Robin Hood que ya no atisba ni mínimas ráfagas memorísticas de su antiguo mundo, y que está en constante cuestionamiento de la veracidad de las historias que el pueblo cuenta con respecto a su pasado más admirable. Jackman no deja ningún gesto ni palabra que pudiera sugerir los ecos pretéritos de caracterizaciones tan populares como la del mítico Errol Flynn.

La imagen envejecida del Robin de los bosques de Hugh Jackman no tiene nada que ver con la de Sean Connery.
Cincuenta años antes de La muerte de Robin Hood, Richard Lester se ocupó de la vejez del héroe fogueado en las Cruzadas en el filme Robin y Marian. La imagen madura de Robin Hood ideada por Lester, de la que se hizo cargo el estimulante Sean Connery, intentaba mostrar a un antiguo guerrero que ya quería colgar las armas y recuperar a su querida Marian —la excelente Audrey Hepburn interpretó a la enamorada del bandido de Sherwood, ahora convertida en una monja muy peculiar— para afrontar el retiro final. En el trabajo de Connery hay más humor que oscuridad, más filosofía existencial y romántica que abandono de toda ética rectora, más necesidad de desplegar accesos del fulgor juvenil que mensajes espectrales. Semejantes elementos están ausentes en la película de Michael Sarnoski.
El Robin Hood de Hugh Jackman se resiste a despertar cualquier signo de admiración, siempre hundido en una retórica descreída y pesimista. Un esqueleto psicológico que descubre a un hombre muy diferente del que el cine había escenificado hasta la fecha como Robin de los bosques.
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Las películas destinadas a desmitificar a los héroes populares que había entronizado el séptimo arte a través del género de aventuras clásicas e imperecederas, como ha ocurrido con Ned Kelly y Arturo de Camelot.
Jesús Martín
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