Crítica de Marty Supreme ★★★★½ Una parábola brutal del sueño americano

Crítica de Marty Supreme, película dirigida por Joshua Safdie, con Timothée Chalamet, Gwyneth Paltrow y Odessa A’zion.


Crítica de Marty Supreme: Josh Safdie convierte el ping-pong en una parábola brutal del sueño americano con un Timothée Chalamet desatado y magnético.

Timothée Chalamet y Josh Safdie hacen del ping-pong el más vertiginoso descenso a los infernales caminos del éxito y dejan un personaje para la Historia.

El asesinato de un jugador de tenis de mesa

El asesinato de un corredor de apuestas chino (1976), de John Cassavetes, sentó las bases de cómo representar la naturaleza autodestructiva del ser humano en el cine moderno. Unas bases que influyeron en autores como Martin Scorsese, Joel Coen o Sean Baker y que llegan hasta nuestros días gracias a que calaron hasta las entrañas en la mirada sucia hacia la vorágine capitalista —concentrada sin parangón en la Nueva York de cualquier época— de los hermanos Safdie.

Del Ben Gazzara que intentaba salvar su club nocturno y la vida haciendo un trato con la mafia, tras jugarse ambas en una partida de cartas, había muchísimo en el fraternal Robert Pattinson de Good Time y en el escurridizo diamantista de Adam Sandler en Diamantes en bruto. Como, por supuesto, también lo hay en el Marty Mauser —remedo del auténtico Marty Reisman— de la magistral Marty Supreme, otro hiperverborreico hijo de su madre a punto de descubrir lo diminuto de su escala en proporción a lo gigantesco de la realidad que se le opone.

Tras separar sus caminos, esta superespecialización de los Safdie en los abismos del éxito da un nuevo paso hacia la parcela deportiva, un lugar donde el héroe americano —que aquí se ve confrontado a uno real de la guerra y a otro necesario en el Japón posbomba atómica— tiene unas connotaciones mitológicas aún más divertidas de dinamitar. Una separación que también ha permitido distinguir quién poseía el veneno en los colmillos tras comparar el algo pavisoso y telenovelesco estudio de la aceptación de la derrota que vimos en The Smashing Machine con el torbellino moral de un perdedor incurable en el que Josh Safdie ha convertido a un simple aspirante a campeón mundial de ping-pong.

Crítica de Marty Supreme

Marty Supreme es una brillante tragedia cómica sobre la irónica caída a los infiernos que puede suponer el ascenso al sueño americano; concretamente, el de un superdotado vendedor de zapatos que desdeña cualquier salida de dignidad en favor de atravesar a la fuerza todos los obstáculos que se le interponen en su camino hacia una gloria que nunca duda en merecer.

El Forever Young de Alphaville abre la película y nos pronostica el núcleo de esta historia acerca de un perseguidor de la inmortalidad al que, ya en su primera secuencia, vemos irse a una trastienda y tomar posesión de lo que se le antoja sin importar unas consecuencias que cree capaz de modelar a su antojo —como ese óvulo mutado en la bola que da título—. Se crea así, sobre la máscara del campeón, un reverso tenebroso del concepto de superación, dominado por un Ícaro despreciable al que, por la gracia del cine y de un guion ejemplar, estamos atados empáticamente. A pesar de todas las tropelías, puñaladas traperas y engaños, queremos que este buscavidas con pala reversible —imperial el homenaje al clásico de Robert Rossen en su segundo acto— logre su sueño porque nos tiene dominados por su labia y por los breves momentos en los que el egoísmo omnipresente es interrumpido por el patetismo circense o la más cruel de las humillaciones, a palazo limpio y nalga descubierta. Somos sujetos absorbidos por su fuerza gravitatoria, de igual manera que lo son la Rachel casi en términos de Odessa A’zion o la Kay Stone de Gwyneth Paltrow, la personificación misma del trofeo y del buen uso del lenguaje por color —clave el uso del naranja en toda la película—, ambas coincidentes en unos encuentros íntimos solventados sin mirarse, el desprecio posterior a su dominador y la irresistible fe que le profesan.

Crítica de Marty Supreme

Para el ping-pong hacen falta dos

El Safdie bueno le ha dado a Timothée Chalamet las herramientas necesarias para ganar un merecido Oscar construyendo otro sinvergüenza para la Historia con el que devolverle la pelota. Un nuevo funambulista del dólar al que el actor de Dune ha dotado maravillosamente de su fisonomía prepuberal —desde el desgarbe hasta el bigotito ridículo y el acné rampante—, la cual, sumada a una capacidad metralleta para ponerse en evidencia y luego buscar el perdón instantáneo con un te quiero, conjuga un individuo enfermizo del que nunca podemos, ni se nos permite, apartar la vista en su intento por llegar a ser relevante mientras combate con el peso inherente de su propia ambición.

El enérgico trabajo de Chalamet vive plenamente entonado —como un joven DiCaprio con el Scorsese más febril— con el vértigo íntimo con el que Josh Safdie nos mantiene al borde del abismo y del rostro del protagonista. Toda Marty Supreme es repetición desaforada en forma de remolino de rapidísimos primerísimos primeros planos, travellings angostos y la casi ausencia total de una exposición de grandes escenarios; como también lo es en la recurrencia de situaciones límite —todo lo relativo a Abel Ferrara y su perro es impagable— con las que el efecto boomerang abofetea una y otra vez mientras el percal se va tornando más y más oscuro.

El objetivo único es el de entender el aplastamiento del desencanto como una reconocible atmósfera de pura asfixia. Una olla a presión sin ópalo ni oro, pero con el vaivén veloz de las propias partidas de tenis de mesa, en la que buscamos desesperadamente, como nuestro protagonista, una bocanada de aire que parecería nunca llegar si no fuese por cierto aplanamiento y una inesperada transformación bressoniana que contrasta con todo lo visto hasta ahora en la filmografía de los Safdie.

Volvemos a pasear por el averno de la obsesión con la sonrisa pícara del que se cree invencible, pero, por primera vez, un Safdie le devuelve a su criatura un resto de esperanza. Al fin y al cabo, en el ping-pong se pierde o se gana por dos puntos de diferencia.

Miguel Ángel Espelosín

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Crítica de Marty Supreme

Miguel Ángel Espelosin
Amante del audiovisual cultivado entre las páginas de Acción y coleccionista de físico. Con la mirada siempre puesta en el cine de festivales y autores

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