Crítica de No hay otra opción ★★★½ (2026) Negrísima y violenta sátira laboral

Crítica de No hay otra opción película dirigida por Park Chan-wook con Lee Byung-hun, Son Ye-jin, Lee Sung-min, Yeom Hye-ran

El director de Oldboy ironiza con sangre sobre la cultura tóxica del trabajo en la sociedad surcoreana

Una crítica muy autóctona

Creo fehacientemente que No hay otra opción no va a calar en Occidente del mismo modo en que va a herir a sociedades como la nipona o la surcoreana —que comparten pasado común tras la ocupación de la primera a la segunda—, más allá del disfrute gamberro que el maestro Park Chan-wook ha orquestado con su consabida mala baba y el inigualable despliegue de una puesta en escena pluscuamperfecta. La primera prueba es que Park no parte de una idea original, sino que adapta la novela The Ax, del estadounidense Daniel E. Westlake, una obra leída por aún menos gente que la que vio Arcadia, la otra versión cinematográfica dirigida por el griego Costa-Gavras.

En estos países, la cultura del trabajo y el capitalismo han alcanzado cotas tan enfermizas que era necesaria una disección quirúrgica —o, más bien, el misil tierra-aire que el director de Seúl arma a base de esa funambulista mezcla de géneros que solo saben equilibrar a la perfección en el país peninsular—. Con la excusa de un padre de idílica —obsérvese el falso tratamiento digital y colorimétrico de su prólogo— familia acomodada que pierde su empleo y, por ende, el sentido de vivir, Park articula una negrísima comedia empapada en violencia moral y física sobre hasta dónde estamos dispuestos a llegar para la supervivencia de nuestro entorno y nuestro estatus. Una fábula sobre el egoísmo supino en la que, entre risa y risa, podemos sentir la fragilidad del castillo de naipes laboral en el que viven, pero con el que nunca podemos sentirnos plenamente identificados. Como tampoco será catártica una de las bazas más brillantes del film: ese afiladísimo símil creado en torno a los árboles —elemento fundamental de la estabilidad personal en la religión budista— y la omnipresente importancia del papel, sus fábricas o, incluso, esos vegetales que por momentos son empleados como armas arrojadizas o lápidas improvisadas.

Quien sepa ver esos matices accederá sin parangón a la espiral ácida de Park Chan-wook, pero al resto del público algunos de estos simbolismos le impactarán con la fuerza de un avión de… papel.

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La segunda juventud de Lee Byung-Hun

Lo que seguro no pasará desapercibido es que en el centro de esta vorágine del infierno laboral florece otro trabajazo de Lee Byung-hun. El surcoreano ha encontrado la justicia interpretativa en la producción local, donde ni en su primera etapa —Joint Security Area, A Bittersweet Life o Encontré al diablo— ni ahora, en la segunda, se le ha dejado de considerar un actor más que solvente. Hasta su papel en El juego del calamar tuvo oportunidades más dignas que en las dos entregas de G. I. Joe o la infame Terminator: Génesis que le brindó Hollywood.

Al lado del director de Oldboy no desentona ni un ápice, como un engarce perfecto al preciso reloj artesanal con el que siempre compone su obsesiva arquitectura audiovisual. La fisionomía de Byung-hun se desliza con gracia reptiliana entre el sinfín de travellings, loquísimos paneos, picados y contrapicados que Park Chan-wook lanza al espectador con gusto estético exquisito, al mismo tiempo que asistimos al irregular conteo de víctimas, más descacharrante cuanto más presuntamente estructurado está. Cada paso hacia delante para dejar atrás el ignominioso paro es un paso hacia atrás en la felicidad del hogar y en la psique moral de este hombre, entre una espada y una pared autoimpuestas.

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Un Park Chan-Wook algo arrítmico

Si bien el ojo para convertir cada secuencia en una delicia pictórica sigue intacto, es cierto que esta venganza preventiva en tres actos adolece de una inflación tan exagerada que tal vez mereciese un ERE en parte de su desorbitado metraje. Cuesta creer que tenga exactamente la misma duración que esa obra maestra llamada Decision to Leave o que dure 20 minutos menos que La doncella, pero tiene un verdadero problema para terminar de despegar hacia el meollo virulento. Luego, su errático montaje alarga en exceso las incursiones criminales —especialmente la primera— en su búsqueda de la duda ética en su protagonista, encontrando únicamente un aplanamiento del suspense que espacia en exceso las risas y diluye el impacto global de la propuesta.

Afortunadamente, el tercio final se esfuerza por reordenar algunas decisiones cuestionables y entona mucho más hábilmente una conclusión pensada desde su inicio y anudada con genuina acidez a esa metáfora arbórea, o desde luego con un tino más fino que con el que se aborda el vaivén paterno-filial, dejando un regusto que recuerda el regalo cinematográfico para los sentidos y el disfrute intelectual que es cada nueva película de este director.

No hay otra opción que seguir adorando a Park Chan-wook.

Miguel Ángel Espelosín

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Miguel Ángel Espelosin
Amante del audiovisual cultivado entre las páginas de Acción y coleccionista de físico. Con la mirada siempre puesta en el cine de festivales y autores

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