Crítica de Supergirl, película dirigida por Craig Gillespie, con Milly Alcock, Matthias Schoenaerts, Eve Ridley y Jason Momoa.
Es mejor que Superman, de James Gunn, pero no sale del estancamiento de la fórmula.
Una trama que gira en torno a la pérdida y a cómo superarla, y que llega a plantear algunos breves momentos de interés en una historia de muerte y resurrección, es más interesante y más sólida cinematográficamente que la episódica película de Superman que dirigió James Gunn. Sin embargo, comparte con aquella la misma superficialidad conformista que priva a las propuestas de los personajes de DC, en el nuevo universo que lidera Gunn, de todo carácter épico, cualidad imprescindible para sostener en la pantalla una sólida película de superhéroes. Lo sustituye por un argumento que parece escrito para un episodio de presentación de personaje en una serie de televisión.
Se queda así en un aseado entretenimiento veraniego, pero muestra elementos de que podría haber sido algo más: más interesante y menos repetitivo en sus fórmulas, ya vistas en numerosas ocasiones en películas de este tipo.
Dos elementos curiosos
Uno de esos elementos —o, mejor dicho, momentos— es el flashback del origen de Kara, una especie de micropelícula dentro de la película que resulta mucho más interesante que el argumento de joven malota en fase de redención que me están contando en el resto del metraje.
El otro elemento curioso es Lobo. Aparece poco, en la línea de algo más que un cameo, pero no lo suficiente como para darle verdadera identidad a la que podría haber sido una asociación muy curiosa, en el largometraje, entre Kara y el personaje interpretado por Jason Momoa. Recuerda a la abreviada contribución de Jared Leto como Joker en Escuadrón suicida. Y lo curioso es que, en su breve contribución, Lobo parece contradecir la supuesta autosuficiencia empoderada de Supergirl, lo cual resulta contradictorio con la premisa planteada, de manera un tanto repetitiva y videoclipera, por el resto de la película.

Conformismo minimalista televisivo con pinceladas de cine
La película tiene momentos de composición de plano y trabajo de fotografía —más en su segunda parte que en la primera y, sobre todo, en el flashback de orígenes— que invitan a pensar en que podría haber sido mucho más que lo que es: un entretenimiento veraniego para pasar el rato con un argumento que hemos visto mil o dos mil veces, mucho bicho suelto por todas partes y el acierto de plantear todo eso en un territorio más de ciencia ficción, con viaje turístico por las galaxias.
Pero cabía esperar más del director de Yo, Tonya a la hora de abordar un personaje tan carismático para el papel de las mujeres en el cómic de superhéroes como es Supergirl. A Craig Gillespie esta le ha salido más cercana a Cruella, y repite el mismo problema de dirección de actrices en las tres películas: todas ellas tienden a abordar sus personajes desde la sobreactuación. Pero cuando Margot Robbie se pasa de vueltas en Yo, Tonya, genera comedia; cuando Emma Stone se pasa de vueltas en Cruella, genera seducción y encanto disparatado. Ambas se ganan así la complicidad del público, mientras que cuando Milly Alcock cae en la sobreactuación de joven malota torturada en Supergirl, cae en la trampa del tópico y pierde nuestra complicidad.
No es culpa del todo de la actriz ese conformismo minimalista en el desarrollo del personaje, porque el guion no la respalda salvo cuando introduce la historia de orígenes del personaje, en el mejor momento para revitalizarlo, cuando se está consumiendo en su peripecia de arquetipo de rebeldía juvenil llevada más allá de la adolescencia. Pero el argumento es un repetitivo repertorio de carácter televisivo, sobreexplotado también ya en el cine, que difícilmente le da a la actriz la oportunidad de explorar con solidez y madurez los conflictos de superación de la pérdida, muerte y resurrección que se plantean en la película.
El viaje de Kara queda así muy bidimensional, cuando no en mero boceto previsible, aunque está bien envuelto en algunos momentos de composición de plano y trabajo con la fotografía que pierden su fuerza, anegados en una acomodada bidimensionalidad carente de ambición por explorar la fórmula más allá de lo ya contado muchas veces anteriormente con otros personajes.
Miguel Juan Payán
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